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Lunes, 8 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 SEMANÁLISIS 

Invictus vs. Super Bowl

 

Arriba, Morgan Freeman interpreta a Nelson Mandela en la película Invictus. Abajo, escenas del Super Bowl
Horacio Reiba

Ayer se disputaba una edición más del Super Bowl, espectáculo fundamentalmente mediático, convertido en símbolo inapelable de la fértil cultura estadounidense al responder con fidelidad a esa necesidad de entretenimiento masificado, lucro feroz e identificación instantánea y pasajera que exhala la última nación anglosajona con destino de imperio. No es baladí que el referente convocador sea un deporte rudo y viril, cuya confesa estrategia consiste en vender “sexo y violencia” –lo señaló el dueño de los Dallas Cowboys– a un país amasado en idénticos ingredientes. Algo hay, además, en el alma pueril de Estados Unidos, que la hace vibrar de emoción con deportes más bien insulsos, inflados por la profusión de cifras que, de esa manera, consiguen saturar de falsos significados la mínima variante o movimiento (trivia viene de trivial, insignificante, sin importancia): aquí, el recordman con más yardas recorridas en la historia; allí, el referee que más veces ha marcado el touch down ganador en las sucesivas versiones del Super Bowl; en cuadro, la cuarta esposa del quarter back vencedor, apenas separada por unas cuantas butacas de la tercera; en vista aérea, los puntos multicolores de otras tantas tiendas de campaña que se esparcen como hongos en torno al estadio, confirmando la pasión viajera de miles de estadounidenses que no han dudado en desplazarse hasta Florida para asistir al acto del año. Y desde bien temprano hasta que es noche cerrada, cae el último segundo del último cuarto y estalla la previsible apoteosis, la omnipresente televisión, que sumara a la estadística las precisas cifras de tan peculiar día patrio, con su inevitable cascada de marcas rotas en materia de recaudación, costo en millones de 10 segundos de publicidad, cálculo de videoespectadores globales y demás adherencias numéricas. Una vez más, el Super Bowl se habrá superado a sí mismo, sin importar la crisis económica y sin que asome el menor enfoque crítico sobre el partido de marras. La felicidad como síntesis numérica y antítesis del análisis.

El rugby. En realidad, el futbol americano –flagrante contradicción nominal, pues salvo en la búsqueda de puntos extra mediante gol de campo, no existe contacto entre el ovoide y los pies de los jugadores– es una derivación bastante barroca del rugby inglés, que a su vez se escindió del futbol en 1863, al formalizarse las reglas para ambas modalidades. Como el fut, enfrenta a dos oncenas que buscan conquistar la valla contraria más veces que el adversario. En Estados Unidos, a finales del siglo XIX, sus particularidades fueron tomadas y remodeladas por los padres de lo que es hoy el deporte estadounidense por excelencia –aunque menos clásico que el beisbol y sin la atrayente dinámica del basquet, pues lo suyo es el músculo y no el ritmo. Pero conserva el rugby un encanto primordial del que su variante gringa carece, con esos cuerpos blindados a tope, de movimientos robotizados y antinaturales, y unas actitudes de matonería elemental que el original inglés rehúye púdicamente. Además, por encima de las marcas de telespectadores anualmente rotas por cada nueva versión del Super Bowl –mucho influye el adjunto show de celebridades del pop y el rock previamente publicitado–, el rugby es un deporte bastante más difundido a escala universal: aunque limitado a ciertos países, se juega en todos los continentes, y cuenta con una Copa del Mundo que 16 finalistas disputan cada cuatro años, como la de la FIFA. Un crisol de pasiones donde se afianza y renueva la nómina de los grandes episodios y actores de un deporte que ha elegido abolir la tentación de los estrellatos en beneficio del espíritu de equipo.

Mandela y los Springbocks. En 1994, un ex convicto llamado Nelson Mandela gana la elección para presidente del país que consagró el aparathaid como forma de vida desde su fundación hasta que la mayoría negra logró, a golpes de audacia y sueños de libertad y democracia, imponerse civilmente a sus amos blancos. Pero Mandela, cuyo único crimen había consistido en propugnar un país equitativo y justo, enfrentaba como presidente el reto de unificar a un pueblo profundamente dividido. Y entendió que no bastaba para lograrlo con la nueva constitución. Que enfrentaría una tarea virtualmente imposible si no identificaba cuanto antes un símbolo común, capaz de persuadir a blancos y negros de que su destino era convivir y decidir juntos la clase de país a que aspiraban. Contra el furor reivindicativo de las recién liberadas clases populares, Mandela decide jugarse su resto al mundial de rugby que Sudáfrica organiza para el año siguiente: les impide a los directivos de la asamblea nacional del deporte abolir los emblemas del representativo sudafricano –los Springbocks, de uniforme auriverde y gacela en el escudo, representaron históricamente a la clase blanca dominante–, y moldea con el capitán del team una estrategia de integración al nuevo país que incluye una gira de los jugadores por las escuelas públicas de provincia para impartir clínicas de un deporte poco conocido fuera de las élites, que sirva al mismo tiempo para publicitar la importancia del mundial que se avecina. Tal es el planteamiento básico de Invictus, la cinta de Clint Eastwood actualmente en exhibición, con Morgan Freeman como Mandela y Matt Damon en el papel de Francois Pienaar, capitán del equipo nacional sudafricano. Una película admirable por la economía del relato y la sobriedad de los gestos que definen a los personajes; entre ellos, el propio pueblo de Sudáfrica, ganado por la belleza y emoción del juego y la apuesta conciliadora de su presidente.

Sentencia. Una frase, a la que un siglo de circulación no ha sido capaz de arrebatarle su frescura, sentencia que mientras el futbol es un juego de caballeros jugado por bestias, el rugby es un juego de bestias jugado por caballeros... y el futbol americano un juego de bestias jugado por bestias.

Si usted vio el Super Bowl y decide no perderse Invictus, entenderá mejor los cómos y los por qués.

 
 
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