No es el primer año en que los cafeticultores poblanos enfrentan condiciones adversas para mantenerse en la producción. En este caso, cobran relevancia las afectaciones climáticas; otras han sido las batallas para sortear condiciones adversas de mercado frente a los procesos de liberalización económica; algunas veces las situaciones negativas se han presentado de manera conjunta y por periodos considerables de tiempo.
Cuando esas afectaciones tocan más dramáticamente a las zonas de pequeños productores, como es la porción nororiental de la Sierra Norte de Puebla, la situación plantea desafíos en varios niveles. Incluso, frente a escenarios tan adversos, muchos se preguntarán, como hace muchos años me lo pregunté yo misma, por qué y cómo un pequeño productor cafetalero logra seguir siéndolo.
Una primera explicación se asocia a las características del propio cultivo, que al ser perenne, puede permanecer en producción por largos periodos de tiempo, dependiendo la variedad de que se trata, reproduciéndose el ciclo debido a la ubicación y calidad de grano, aunque el productor lo abandone.
Pero además, hablamos de productores donde el grano ha sido uno de los pocos productos agrícolas que generaban ingresos monetarios seguros, y por ello se convirtió también en la base de la reproducción de las unidades familiares. Ante esa realidad, la caída del precio del aromático repercute de manera directa en el ingreso de los productores, lo que motiva cambios dentro de las unidades de producción y del propio sistema de cultivos.
Estos productores, la mayoría de ellos indígenas, tienen una producción diversificada en pequeña escala, que también explica y permite su sobrevivencia, aun cuando se cuente con limitados recursos, ya que la misma es realizada de manera familiar, pero además algunos de sus miembros complementan el ingreso que se pueda obtener por la venta de los productos mediante su empleo como asalariado, dentro y/o fuera de la región. Son productores donde la familia produce para el autoconsumo parte de los alimentos que requiere, como son maíz, frijol, algunas hortalizas y frutas como ganado y aves de corral.
Son productores que en términos del tamaño de sus predios no rebasan las dos hectáreas de tierra y si bien la extensión territorial de las parcelas no define por sí misma una forma específica de producción, ni determina por sí sola el acceso al resto de los recursos productivos que se reflejarán en diversos niveles de producción y productividad de la explotación, condiciona por lo menos en el país y en la región, debido a los procesos de apropiación privada y de redistribución de la tierra, una forma particular de producción de tipo familiar donde el producto obtenido es insuficiente para su propia reproducción.
Sólo en el caso de productores organizados mediante asociaciones locales y regionales han logrado modificar en cierta medida sus condiciones de reproducción; sin embargo, cuando los cafetales son afectados por condiciones climáticas como la del frente frío del 9 de enero, no sólo el café se ve afectado, sino todos los cultivos que conforman la diversidad que la región presenta, pero que al mismo tiempo son base de la reproducción y alimentación familiar.
Por lo anterior, y si bien los productores y sus organizaciones han demostrado históricamente una fuerte capacidad para la búsqueda y proposición de alternativas, que les ha permitido refrendar ciclo a ciclo su permanencia en la producción frente a todo tipo de inclemencias, empezando por las que buscan excluirlos de la misma. Un aspecto fundamental tendrá que ver con la eficacia de las políticas públicas, con el propio sistema producto café, que deberá atender de manera urgente a las regiones y cafeticultores afectados como los de la Sierra nororiental de Puebla.