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Viernes, 5 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

San Felipe de Jesús

 

San Felipe de Jesús
Eduardo Merlo

Hace ya muchos años, pero muchos, el 5 de febrero, las campanas de todas las iglesias del país, a las 12 del día, repicaban a vuelo en señal de alegría. Ninguno iba a trabajar porque era día de fiesta, muy concurrida por cierto, ya que en las plazas mayores de cada ciudad o pueblo se organizaba una animada verbena. Incluso después de la Independencia el Congreso Nacional, en una aclamación, aprobó que el 5 de febrero fuera considerado como día festivo y los ayuntamientos debían preparar luces de artificio y lo necesario. El motivo lógico era conmemorar con alegría, la entrada triunfal al cielo del mártir novohispano llamado Fray Felipe de Jesús, quien murió crucificado por los japoneses en Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Se llamaba Felipe de las Casas Martínez y nació en la muy noble y muy leal ciudad de México, el 1 de mayo de 1572, y como tal día se conmemora al apóstol san Felipe, ese nombre le fue impuesto por el cura, cuando lo bautizó en el Sagrario anexo a la Catedral. Sus padres arribaron a la Nueva España un año antes, pobres de solemnidad, él Alonso de las Casas, castellano puro y ella Antonia Martínez, sevillana salerosa. Fue el hijo mayor de nueve, que hicieron la felicidad de sus padres y obligaron a don Alonso a trabajar intensamente. Resultó buen comerciante y sus negocios prosperaron a tal grado que llegó a ser uno de los más ricos de la ciudad, inclusive se reporta que en ocasiones hizo préstamos a la Real Hacienda. Compró una casa en la calle de Tiburcio, espaldas del convento de Capuchinas, la cual contaba con una amplia huerta. La mansión, junto con el convento y unos baños famosísimos, fueron inmisericordemente demolidos por capricho del Turco: Plutarco Elías Calles, para abrir la calle 20 de Noviembre.

Felipillo, como le llamaban, era travieso e incansable. Su nana que era una negra frondosa, se quejaba de sus travesuras y exclamaba, refiriéndose a una higuera seca del jardín: “es más fácil que la higuera reverdezca que Felipillo llegue a santo”. El niño creció en ambiente de trabajo, y siendo vecino de talleres de platería, jugando, aprendió el oficio, de tal manera que logró excelentes piezas del argentífero metal. En el tesoro de la catedral se guardaban objetos, como una custodia y relicarios, elaborados por Felipillo, lo que no evitaba su actitud rebelde y aventurera; sin embargo, en un acto totalmente ajeno a su carácter, decidió seguir la vida religiosa, siendo enviado por su padre a la ciudad de Puebla, para que ingresara como novicio en el convento de San Antonio. Aún se conserva el edificio y se guarda la celda que habitaba. Poco duró el gusto a don Alonso, pues Felipillo escapó del noviciado y retornó a México, haciendo una vida más disipada que antes, por lo que su padre, para que el joven se hiciera responsable, decidió enviarlo a Manila, donde tenía ya negocios de telas, lo que sucedió en 1590. Poco requirió Felipillo, pues su tenacidad e ingenio lo llevaron a entablar negocios hasta China, Japón, Indonesia y la India, multiplicando la fortuna familiar. Cuando todos alababan su habilidad, nuevamente sintió el llamado religioso y sin más, tocó a la puerta del convento de Santa María de los Ángeles, cumpliendo cabalmente con su obediencia y preparación, por lo cual sus superiores decidieron retornarlo a la Nueva España, para que fuera ordenado sacerdote, así que embarcó en el buque “San Felipe”, el 12 de julio de 1596. La larga travesía que les esperaba, fue interrumpida por el más terrible tifón, obligando a echar al mar la carga preciosa de mercaderías finas y luego cortar los palos con las velas, para ser llevados por la corriente hasta las costas del Japón. Los seglares no tuvieron problema para alojarse, pero los religiosos tenían prohibida su permanencia en la isla, dado que el Taiko Sama había emitido un decreto para condenar a muerte la práctica del cristianismo. El convento clandestino donde se refugiaron los franciscanos fue descubierto, y hechos prisioneros, fueron conducidos, encadenados y descalzos por la nieve, desde la ciudad de Meaco hasta Kioto, la capital imperial, donde 22 franciscanos, dos jesuitas y dos seglares japoneses fueron condenados a muerte, previo corte de narices y orejas, de lo cual solamente sufrieron la pérdida de la oreja izquierda y llevados, sin comer, descalzos y con sus hábitos destrozados, hasta Nagasaki, donde se tenía que cumplir la sentencia. Había pasado más de un mes de penoso camino, azotes, hambre y terrible frío. A las 11 de la mañana del 5 de febrero de 1597, entraron los prisioneros a Nagasaki; había mandato imperial de que ninguno se acercara a ellos, ni presenciara la ejecución, no obstante, muchos japoneses convertidos ya al cristianismo desobedecieron, acompañando a los religiosos y dándoles ánimo. En la colina más alta, cerca de las murallas de la ciudad, estaban ya preparadas 26 cruces de madera, con argollas de hierro en el centro y extremos, dado que la ley no permitía que fueran clavados, sino alanceados. Al llegar los prisioneros y ser desencadenados, Felipe corrió a abrazarse de una cruz, con lo cual los verdugos se apresuraron a colocarlo, mientras él clamaba lo afortunado que era, pues muy pronto –en unos instantes– estaría ya en la gloria. Tanta era su emoción que ya colocado el hierro en su cuello y manos, perdió el tocón donde apoyaba sus pies y quedó colgado del cuello, asfixiándose lentamente. Los verdugos diestros, decidieron clavarle sendas lanzas en los costados, la primera de las cuales atravesó su corazón, no permitiéndole, por la asfixia, más que murmurar: “¡Jesús, Jesús, Jesús!”, muriendo de inmediato. Después del mediodía, todos los demás le habían acompañado en su martirio. La orden del Taiko Sama era dejar los cadáveres expuestos al escarmiento público hasta que los cuervos y aves de rapiña dieran cuenta de ellos. Los cristianos aprovechaban la noche para arrancar pedazos de los hábitos o para limpiar con paños la sangre derramada, lo cual quedó como reliquia. Incluso a Felipe lograron quitarle una de las argollas y un dedo que estaba milagrosamente conservado. Ese dedo se guarda actualmente en la catedral de Oaxaca. Ocho meses estuvieron los cuerpos en esa colina, hasta que fueron retirados por los españoles y portugueses avecindados en la ciudad. Los huesos y despojos se enviaron a Manila. Mientras esa tragedia se daba en Japón, en la nobilísima ciudad de México, en la casa de la calle de Tiburcio, la nana negra, ya anciana, salió a regar el jardín, descubriendo asombrada que la vieja higuera había reverdecido, gritando desaforada: “¡Felipillo es santo!” La certificación de lo dicho por la nana se corroboró hasta el día último de octubre de 1598. Los restos de Felipe fueron traídos a la ciudad de México y depositados en la catedral. Hubo primero consternación y luego, interpretando la voluntad divina, el regocijo por tener un mártir novohispano cundió por todas partes.

Fue el 14 de septiembre de 1627 cuando el papa Urbano VIII proclamó beatos a los mártires de Nagasaki, con lo cual, el 12 de enero de 1629, el cabildo de la ciudad proclamó a “san” Felipe de Jesús –realmente beato– como patrono y especial protector de la capital virreinal. De inmediato los plateros lo nombraron también su patrono. Asimismo, las monjas capuchinas, cuyo convento era vecino a la casa de la familia De las Casas. Cabe decir que la higuera se hizo frondosa y renuevos de ella se trasplantaron por todas partes –uno de ellos florece en el campus de la UPAEP– y en las catedrales se dedicó una capilla o un altar al mártir mexicano. Todo estuvo bien en esta historia, hasta que, ya en el siglo XIX, entre los planes de Napoleón III para traer un príncipe europeo a México, se le ocurrió pedir al papa Pío Nono, la canonización del beato Felipe de Jesús, lo que concedió en ceremonia solemne en Roma el 8 de junio de 1862, en presencia de los prelados mexicanos expulsados por los liberales, proclamando su festividad cada 5 de febrero, día de su martirio. Así, sin deberla ni temerla, san Felipe de Jesús quedó marcado como “santo conservador”, y su culto fue decreciendo hasta el más extremo olvido. No cabe duda que somos ingratos los mexicanos.

 
 
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