Aunque no deja de ser un rumor, es público y notorio que en nuestra sociedad existe una gran cantidad de médicos que ejercen la medicina sin un título. Este hecho ha dirigido la atención, a últimas fechas, directamente al seno de la Secretaría de Salud (Ssa) en Puebla. Políticamente se ataca a las instituciones porque la lógica marca que son precisamente los establecimientos públicos (encargados de regular la salud como un bien social), los que deben seguir lineamientos precisos para establecer normas que regularicen las actividades de todos aquellos encargados de atender, resolver, satisfacer y prevenir enfermedades. Pero en México, las cosas son al revés. Es muy fácil criticar y quejarse de las anomalías que se perciben con bastante claridad desde el mismo momento en el que se pone un pie en el umbral de cualquier edificio público que debería (como marca la Constitución) brindar el derecho a la protección de la salud en todo mexicano. Pero cuando uno dirige la atención a la exigencia de que cualquier consultorio particular debe exhibir el título universitario a la vista de los pacientes, resulta curioso que ninguna institución lo pone en práctica. Pero entonces se cae en la exageración. He visitado oficinas de médicos que tapizan sus paredes con documentos enmarcados que llegan hasta la ridiculez. Lo cierto es que he conocido profesionistas titulados que se desempeñan bastante mal y a personas que hacen muy bien su trabajo, independientemente de un documento que avale el haber aprobado un examen profesional. Sin embargo, antes que otra cosa, se debe analizar en dónde comienzan las quejas, los errores médicos, los efectos secundarios adversos y las insatisfacciones que cotidianamente se perciben en el ámbito general. Tratando de ser imparcial, el hecho de que una persona esté enferma, ya la hace en sí vulnerable, física y emocionalmente. Sin embargo, las respuestas a esta condición pueden ser variadas y tan opuestas como la postura de extrema sumisión, hasta la actitud agresiva e irracional. Si el médico no cumple con las expectativas de una persona violenta, hay una ruptura de comunicación que va a condicionar la difusión de un descrédito, que en el peor de los casos buscará la demanda legal para apaciguar el sentimiento de insatisfacción que originó la queja. Si en un acto impulsivo se recurre a resolver el problema a través de la denuncia pública y si se acude al Ministerio Público, lo que implica someter el asunto a un proceso de investigación, en la que participan personas que no necesariamente poseerán una visión especializada del problema, se inicia un pesado y lento juicio que desgasta a todos. Por esta razón fue creada la Comisión Nacional de Arbitraje Médico (Conamed) el 3 de junio de 1996, que como órgano descentralizado de la Ssa, plantea conciliar los conflictos generados en el ámbito asistencial de pacientes y profesionistas. Si un médico no cuenta con el título, obviamente tiene todas las de perder, por más que demuestre habilidades, destrezas, conocimientos y experiencia. Pero entonces, si pensamos en la negligencia y el error, tan malo es que el médico sea apático, desinteresado, abúlico o pasivo, como el que sea abusivo, metalizado, insensible o desconsiderado. También en este sentido, un médico sin título estará sin protección. Por último, al dirigir la atención a los efectos adversos de un procedimiento y las insatisfacciones por un resultado no esperado, desde el punto de vista clínico y estadístico, siempre se espera que exista un margen de error. De ahí que en muchas ocasiones, es difícil acusar a un médico cuando se llegan a presentar reacciones adversas que si bien, pueden ser muy leves o tan graves que pongan en riesgo la vida, claramente tanto médicos como pacientes asumimos el riesgo con un buen grado de confianza. En resumen, efectivamente constituye un motivo de alerta el que la Ssa tenga laborando personal con títulos apócrifos o incluso sin ellos (pues a final de cuentas, en un proceso legal, tiene todas las de perder aquella persona que no poseé un título universitario debidamente acreditado y no la institución en sí); pero es más grave que a nivel social existan charlatanes en la medicina, entendiendo como tales a esos individuos que hacen de la estafa una práctica por medio del artificio, la superchería, la mentira o el engaño.
Valga también como ejemplo al que se hace llamar antropólogo... por la condición cotidiana de andar yendo cada día de antro en antro.
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