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Miércoles, 3 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 MEDICINA E INVESTIGACIÓN 

Adicción y motivación

 
RAFAEL H. PAGÁN SANTINI

Las adicciones son un índice negativo del grado en que el proyecto reflexivo del Yo se traslada a un puesto de plataforma central en nuestra sociedad. Son modos de conducta que se introducen en este proyecto, aunque se intente impedir que queden incorporados en el mismo. Las adicciones parecen haberse incorporado, quizás en forma muy consecuente, al estilo de vida actual. Hoy más que nunca es posible llegar a ser adicto, entre otras cosas, a las drogas, a la comida, al trabajo, a fumar, a ir de tiendas, al ejercicio, al juego y, además del componente específicamente sexual, también al amor y a las relaciones1.

En nuestra sociedad, donde amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, como en las sociedades tradicionales, el individuo se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida. Al haber eliminado la tradición como nunca antes y al no contar con un modelo social particular que es obedecido y sancionado, donde es normal hacer hoy lo mismo que se hizo ayer, el individuo está obligado a descubrirse a sí mismo en sus hábitos y acciones.

El proyecto reflexivo del Yo asume una importancia especial en su identidad, y las opciones de estilos de vida ya no son aspectos “externos” o marginales de las actitudes individuales, sino que definen dónde “está” el individuo. En otras palabras, las opciones de estilo de vida son constitutivas de la narrativa del Yo2. La pérdida temporal de esta preocupación reflexiva por la protección de la identidad genérica, en muchas circunstancias del diario vivir, es parte de la experiencia adictiva.

Cuando la conducta es gobernada por la búsqueda constante del estímulo, y esta no es una opción libre en lo que respecta al proyecto reflexivo del Yo, en este caso debemos hablar de la adicción como de cualquier otra forma de conducta. Los comportamientos habituales, como parte de la identidad individual, en la adicción se traducen a la búsqueda de reforzadores que permitan obtener respuestas gratificantes. Los reforzadores entendidos como estímulos cuya percepción se traduce en un aumento de la probabilidad de respuesta, pueden ser estímulos positivos, en contraposición a los que reducen la probabilidad de aparición de la respuesta, que se denominan estímulos de castigo.

Los reforzadores, además, pueden ser naturales o artificiales. Entre los primeros están la ingesta de comida y bebida, las relaciones sexuales y el cuidado de la descendencia, todos ellos esenciales para la supervivencia de la especie.

Entre los segundos se encuentran la estimulación cerebral, las drogas de abuso, los juegos de azar y los videojuegos, por poner algunos ejemplos. Tanto los reforzadores naturales como los artificiales parecen incidir sobre los mismos sistemas neurales de modo que, a consecuencia de un uso indebido de esos estímulos artificiales por parte del individuo, se produce una alteración en los sistemas neuronales que regulan el esfuerzo natural, lo cual se traduce en la aparición de comportamientos poco saludables, que persiste a pesar de sus consecuencias adversas y que desembocan en algunos individuos en una patología que denominamos “adicción”3.

Hoy se admite que un sustrato neural básico que mantiene las conductas adictivas radica en el sistema meso–cortico–límbico dopaminérgico, que se localiza en la parte anterior del cerebro y está formado por una serie de núcleos interconectados entre sí de forma que permite una circulación relativamente fluida desde la porción ocupada por los núcleos del circuito límbico–estriado–pálido hacia los sistemas motores piramidales y extrapiramidales. La vulnerabilidad a los efectos adictivos de los reforzadores positivos es diferente entre una y otra persona.

Esta diferencia consiste en los diferentes factores psicosociales y al hecho de que puede haber una susceptibilidad a los efectos de los reforzadores muy diferentes en cada sujeto. En algunos sujetos las deficiencias en ciertos elementos reguladores de la transmisión sináptica de sistemas como el dopamnérgico y el opioidérgico pueden participar como factores de vulnerabilidad. Sin embargo, excepto en el caso de la existencia de patologías psiquiátricas asociadas y previas a la drogadicción, el riesgo biológico de adquirir drogodependencias es muy similar para todos.

La naturaleza de la adicción se expresa en una conducta compulsiva que incluso, en el caso de la dependencia química, la adicción se mide de facto en términos de las consecuencias que tiene el hábito sobre el control del individuo sobre su vida, más las dificultades inherentes para librarse de este hábito. La adicción puede ser definida como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; sustraerse a la misma proporciona una ansiedad incontrolable. Éstas proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero su experiencia es siempre más o menos transitoria.

La compulsión genera una forma de conducta donde el individuo se encuentra muy difícil o imposibilitado de detener por sí solo un comportamiento determinado. El poder de voluntad secuestrado, su comportamiento, se reduce a la obediencia del estímulo inmediato. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el Yo. Actuar a impulsos de la misma produce la liberación de tensiones y el no hacerlo causa un exceso de ansiedad4.

Los factores psicosociales son el elemento distintivo en la facilitación del camino hacia la adicción. Esa facilitación puede verse aumentada si, además, hay factores biológicos que hacen más susceptibles a los individuos a los efectos positivos de los reforzadores y a las alteraciones emocionales y cognitivas que producen estos estímulos. Las adicciones, en el cerebro, se traducen en una modificación de la comunicación neural normal de las células nerviosas. Esta modificación se ejerce sobre redes neuronales que regulan comportamientos importantes para la supervivencia de la especie humana, como la ingesta de comida y bebida, el cuidado de la descendencia y la reproducción.

En el caso de las sustancia químicas, al actuar éstos sobre los circuitos neurales que participan en estas actividades, es como si los “secuestraran”, poniéndolos a sus servicios. Mientras afectan a esas redes neuronales, las drogas van cambiando el cerebro de una forma muy sutil hasta llegar un momento en que el cerebro queda “marcado”, sensibilizado, por las drogas. Tras el consumo continuado de las drogas, el cerebro de las personas ya nunca es igual en lo que se refiere a su relación con las drogas. En cierto modo, aunque la persona esté deshabituada, su cerebro sigue sensibilizado de forma permanente. Esa marca, esa sensibilización, es la que hace vulnerable al sujeto para el consumo de drogas tras una abstinencia prolongada y provoca recaídas, ya sea por el consumo de pequeñas dosis de droga, por la presencia de estímulos ambientales y psicológicos asociados al consumo previo de drogas o, simplemente, por recuerdos asociados al consumo de drogas5.

Podemos considerar comer, trabajar o cualquier otro comportamiento como compulsivo cuando la conducta personal queda gobernada por la búsqueda constante de este comportamiento que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación. Cuando la conducta no es una opción libre en lo que respecta al proyecto reflexivo del Yo personal, es una adicción. En el caso de la sexualidad, debe ser entendida en medio de la gama de circunstancias en las que la experiencia sexual es más libre que en otras etapas anteriores y donde la identidad sexual forma una parte nuclear de la narrativa del Yo6.

1  Ditzler Joyce, Ditzler James; If you really love mehow to survive an addiction in the family, Londres, McMillan, 1989.

2 Giddens, A.; Modernity and Self–Identity, Cambridge, Polity, 1991, p.75

3 Ambrosio Flores, Refuerzo y Adicción, 2010, Viguera, p 435–442

4 Giddens A., La transformación de la intimidad, (p 72)

5 Ibid, Ambrosio Flores

6 Ibid. Giddens, (p 77)

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