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Miércoles, 3 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla - Secciones
 
 
MEDIEROS
desde los comunicadores
 

De Haití a Ciudad Juárez

Ana Lidya Flores

La convulsionada agenda mediática de las últimas tres semanas nos obliga a hacer un alto para cuestionarnos qué está pasando con nuestros consumos mediáticos y las fuentes de donde obtenemos la información. Haití, el caso Cabañas y la reciente masacre de adolecentes en Ciudad Juárez, Chihuahua, se suman a las polémicas coberturas de fin de año relacionadas con el narcotráfico, y muy en especial con la ejecución de Beltrán Leyva.

 

Haití

 

La catástrofe humanitaria más aparatosa de los años recientes plantea una serie de debates éticos sobre las coberturas informativas de los cientos de enviados a la isla caribeña. Para cualquiera que haya seguido a los teleinformadores quedará la impresión de que a una semana de su estancia en la isla se habían quedado sin elementos informativos cabales, y sus enlaces “en vivo” se fueron reduciendo a la transmisión de anécdotas en las que ellos (los enviados) se convirtieron en centro de la historia. Nada más lejano de las recomendaciones del maestro Ryszard Kapuscinski.

Muchos desconocían el contexto histórico de Haití, y sus productos informativos fueron amplios en adjetivos y escasos en contenido. La construcción de imagen del “reportero del desastre” está tomando carta de naturalización, y éste se acompaña de un semblante grandilocuente: rostros sin afeitar, chaleco multibolsos color caqui, rostro grave y voz dramatizada. Como telón de fondo, el cuadro del dolor, donde los damnificados son escenografía, objeto más que sujeto. Indudablemente, la televisión sensacionalista en su máxima expresión.

La prensa también tuvo sus excesos. Fotografías que nos hacen dudar de la aplicación cabal de los manuales de estilo. Textos visuales en los que los sujetos son tratados como objetos... tampoco escaparon de estos excesos los medios de prestigio con la difícil decisión de incluir fotografías donde la dignidad de sus protagonistas no fue respetada.

Hay honrosas excepciones en las coberturas informativas. Está el caso una de las reporteras más respetadas en el ámbito nacional e internacional por el cuidado con el que trata a sus interlocutores, es decir, Blanche Petrich, enviada de La Jornada a la cobertura en Haití. A través de los textos publicados en este diario, podemos constatar que sí hay manera digna de tratar a las realidades más duras y a sus víctimas. Ahí, los lectores podemos dar cuenta de que siguen existiendo reporteros que están, ven, oyen, comparten y piensan, es decir, que usan los cinco sentidos del periodista a los cuales se refirió el polaco Kapuscinski.

 

Masacre de adolecentes

en Ciudad Juárez

 

En un reportaje de 2009, El País Semanal calificó a Ciudad Juárez como “la ciudad más peligrosa del mundo”. Una conmovedora imagen muestra una morgue. En primer plano, un grupo de tres hombres que permanecen impávidos ante el cuerpo inerte y desnudo de una mujer que yace en la plancha. Esta imagen motivó un encendido debate entre los lectores del semanario español, cuestionando el tratamiento indigno a la mujer sin vida.

Muy poco tiempo transcurrió antes de la incalificable matanza de adolecentes ocurrida el pasado domingo 31 de enero. Sumo este espacio a la petición que hicieron Lorenzo Meyer en el programa de análisis Primer Plano en Canal Once (lunes 1 de febrero) y Carmen Aristegui en su programa radiofónico de MVS (martes 2 de febrero): tenemos que revisar como sociedad nuestra respuesta ante este crimen. Lo hizo Estados Unidos ante la matanza de Columbine.

¿Qué está pasando con nuestros jóvenes? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué así? ¿Cuál es el mensaje para sus padres, maestros, amigos y hermanos? ¿Qué nos toca hacer frente a este crimen? ¿O nos vamos a quedar con los brazos cruzados? Parece que el caso Cabañas y el excepcional despliegue informativo de la mediocracia televisiva ya deben concluir. Hay temas que requieren no sólo nuestra atención. También urgen respuestas ciudadanas que trasciendan a un gobierno errático y desarticulado. No sobra decir que por aquí pasa nuestra responsabilidad como consumidores de información.

 
 

Y otra vez...

RAFAEL G. HERNÁNDEZ GARCÍA CANO

El puente del pasado fin de semana sin duda resultó amargo. Las páginas electrónicas de varios periódicos daban cuenta de que la madrugada del domingo 31 de enero, un grupo fuertemente armado irrumpió en una fiesta de estudiantes, en su mayoría de preparatoria, en una casa del fraccionamiento Salvarcar, en Ciudad Juárez Chihuahua, y disparó contra ellos. El resultado: 16 muertos y varios heridos.

Y otra vez, Ciudad Juárez, Chihuahua. ¿Qué tiene esa ciudad, de gente amable, solidaria, emprendedora, que sin embargo se ha convertido en el lugar donde el miedo cohabita porque se le ha metido debajo de la piel a sus habitantes? ¿Lugar clave por su situación fronteriza con el país número uno en consumo de estupefacientes? ¿Corrupción por años de autoridades, no sólo locales?

Y otra vez los epítetos guerreros contra el crimen organizado, alguno desde Japón, pues hasta allá le llegó la noticia al jefe del Ejecutivo, que se dio tiempo –mientras pretendía persuadir a los empresarios solnacentistas de las bondades de invertir en México– de hacer declaraciones a la prensa y manifestar que... “Ciudad Juárez muestra desde hace muchos años un deterioro institucional” (...) “el crimen organizado ha ampliado sus esquema de operación al amparo de la corrupción” (...) “la trágica muerte de estos jóvenes refleja que el crimen organizado ha tocado población civil...” Lo anterior según la nota de Jorge Ramos, publicada ayer por diario El universal (www.eluniversal.com.mx/notas/655681.html).

¿Qué declaración puede, en mínima parte, consolar a los deudos de estos jóvenes? ¿Cuáles palabras de aliento para la madre, el padre, que confiados en que sus hijos estarían seguros en una casa particular –no estaban en el antro– hoy enfrentan su muerte?

En un comunicado divulgado ayer por varios medios de comunicación, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) lamentó la masacre de los jóvenes. En dicho comunicado se subraya que la violencia en todas sus formas “se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana” y es responsabilidad del Estado evitar que ese problema “ensanche su radio de acción” en el país. (www.eluniversal.com.mx/notas/655815.html). Pero, ¿cuál Estado? Hace ya tiempo que el Estado mexicano evidencia su incapacidad para brindar a los ciudadanos el objeto fundamental por el que fue creado: seguridad. Seguridad jurídica, económica, política y sobre todo, social...

Y otra vez los medios de información, particularmente la televisión, –sin soslayar la desgracia sufrida por el pueblo haitiano y la humana desgracia de un futbolista–, ¿nos pondrán un velo de aparente humanitarismo, velo perverso en el fondo, para no dar cuenta de lo que nos ocurre...?

Y otra vez, ¿habrá cosas más importantes que la perentoria necesidad de plantearnos –en serio– qué vamos hacer con este país, en donde la evidencia de que el tejido social está alarmantemente descompuesto, nos escupe a la cara todos los días? ¿Cosas más importantes como el juego político y de intereses económicos, en donde sólo importa ganar posiciones de partido, de finanzas o simplemente de apariencia, para ostentarnos como los dueños absolutos de la verdad?

Y otra vez, como sociedad ¿nos rasgaremos las vestiduras para decir que estos crímenes se deben a que hemos perdido valores trascendentes, cuando en la cotidianeidad justipreciamos más al poder, al dinero y a la frialdad?

Y otra vez, en este tiempo que se nos agota, tendremos la oportunidad de decir: ¿y otra vez...?

 
 

 
 

 
 

 
 

 
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