Una gran devoción ha permitido que la figura infantil de Jesús destaque sobre las de la virgen María y san José, que muchas veces son mucho más pequeñas que el niño, pero esa desproporción podría justificarse con la importancia del personaje. La escultura permanece en el “nacimiento” hasta el día de los reyes; una vez pasada la fiesta y cortada la rosca, el niño dios se entrega a la madrina, para que proceda a elaborar la vestimenta de la imagen. Antaño se acostumbraba que la madrina hiciera la confección por sí misma; sin embargo, los avatares y tráfago de la vida moderna, han echado al olvido tal habilidad y diligencia.
Por estos días mercilleros o varilleros, expenden toda clase de complementos para la indumentaria: huarachitos de suelas y correas de “oro” o simplemente de cuero. Las “potencias” que son unos como rayitos, siempre tres, que se colocan en la parte superior y a ambos lados de la cabeza, respectivamente; por cierto que sólo Jesús puede usarlas, ya sea representado como niño o en su vida adulta. También los cayados o báculos de pastorcito español, puesto que tienen un calabazo o “guaje”. También se encuentran corazones de terciopelo o madera, con un alfiler para colocarse a la altura del pecho; el sombrero de ala ancha y redonda copa o de plano el gorro de bebé, coronas imperiales que curiosamente siempre se colocan más pequeñas que la coronilla y quedan muy simpáticas. Hay palomitas –ahora de plástico– canastas, cetros, ramilletes y otras muchas cosas La silla y la peana o base, son indispensables, pues entre más presentable quede el conjunto es mejor; la comadre quedará feliz si su “niño” destaca entre los demás.
Existe una “pequeña gran industria”, boyante en la ciudad de México, y que en el interior del país prospera en la última quincena de enero. En Puebla era tradicional buscar a las “modistas costureras del niño dios”, en la avenida 4 Poniente, justamente pegadas al atrio de Santo Domingo, luego los avatares del rescate del Centro Histórico hicieron que se distribuyeran en cada uno de los mercados de la ciudad. Los puestos son típicos y muy vistosos, ya que en la calidad y belleza del producto está la clave del éxito; así la clientela se acercará a preguntar el precio por vestir a la santa creatura. En el improvisado local se acomodan enormes figuras del niño Jesús ya vestidas, por supuesto a la venta, aunque no sea igual de valioso el comprarlas fuera de tiempo y llevarlas al templo, pues no estuvieron en el nacimiento y no fueron arrulladas, pero a veces no hay otra manera. Algunos aprovechan para adquirir su escultura, pues la guardarán para la siguiente temporada decembrina. Es increíble admirar la cantidad de figuras de todos tamaños y calidades, casi siempre siguiendo la misma pose, es decir un niño pequeño de pelo rizado, con un ligero copete, que levanta suavemente sus brazos y piernas; las manos en actitud de bendecir. Curiosamente las facciones, independientemente de la habilidad del artista, son las mismas en todas las estatuillas. Ciertamente la postura de los “niños dios” dificulta el colocarlos de pie, pues simulan un bebé que lógicamente patea al aire y mueve las manos; eso no importa mucho para los habilidosos artesanos del vestir, pues para eso se han confeccionado unas sillas en donde se les sienta a fuerzas, atados en los brazos y respaldo, para evitar una fatal caída; también hay bases que tienen unas varillas que sostienen la escultura quedando ésta parada, aunque es una forma no muy natural, pero eso no importa tanto. Hasta el siglo pasado, para evitar esos problemas se diseñaron figuras de goznes, es decir con brazos y piernas articulados, no obstante, al desnudarlos para colocarse en el nacimiento se veían muy feos, tal vez por ello pasaron de moda.
Aunque la tradición exigía que las madrinas lo fueran por tres años consecutivos, hoy ya no es tan drástica la medida; lo mismo en cuanto a la indumentaria, pues al niño hay que cambiarle el vestido cada año, según una costumbre antigua; el primer año de bebé, luego de “niño de las palomas”, posteriormente del “sagrado corazón”, de “divino pastorcito”, pero siempre hay que cuidar los detalles para imitar a las advocaciones reconocidas. Por ejemplo esa popular y prodigiosa imagen originaria de Madrid que es el “niño de Atocha”, que pasó con éxito al Nuevo Mundo, teniendo su santuario en Zacatecas; hay que ponerle, sombrero, capa y esclavina con unas pequeñas conchas, así como el báculo con guaje; todo ello símbolo de peregrino compostelano, como si fuera posible que el mismo Jesús tuviera la necesidad de peregrinar hasta ese santuario de Santiago el Mayor. También es posible ataviarlo con bata, pantalones y zapatos blancos, acompañado de un maletín y sentado en una silla tubular, como las usadas en consultorios y clínicas; entonces es el “santo niño doctor de los enfermos” cuyo original se venera en la parroquia de Tepeaca. Hay quien desea que se vista como la imagen del “santo niño cieguecito de sus ojos” (sic), famosa en el templo de Capuchinas de Puebla, pero poco atractiva para quien no le tiene mucha devoción, ya que sangra en las órbitas oculares.
Todo lo anterior es para que el 2 de febrero se le lleve en una charola, completamente adornada de flores, hierbas de manzanilla y romero, con sus ceras o veladoras, a “oír misa”, como quien dice: “una sopa de su propio chocolate”, dicho sea con todo respeto, y a ser bendecido. Esta costumbre vino fundamentalmente de España junto con los primeros predicadores franciscanos y se arraigó, primeramente en los conventos femeninos, ya que era acorde con las actividades de corte y confección de las religiosas para con las imágenes. Muy poco tiempo después se hizo popular, teniendo cada familia su propia esculturita. Famosos fueron los “niños dios” traídos de Guatemala, los que se sonrojaban al solo tocarlos, ya que en sus mejillas el artista colocaba cinabrio (mercurio) que se calienta con el calor de la mano.
El hecho de que sean llevadas a los templos para ser bendecidas, proviene de la celebración oficial de la iglesia, que es la “purificación de María”, pues la Sagrada Escritura dice en el Evangelio de San Lucas (Cap. 11–22): “cumpliendo asimismo el tiempo de la purificación de la madre, según la ley de Moisés, llevaron el niño a Jerusalén, para presentarlo al señor, como está escrito en la ley del señor: todo varón que nazca el primero, será consagrado al señor”. Efectivamente, según esto, la virgen María fiel cumplidora de la ley, obedece lo que dijo el señor a Moisés, respecto a la mujer que hubiere parido: “...ella permanecerá 33 días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa, ni entrará en el santuario, hasta que se cumplan los días de su purificación... Cumplidos en fin, los días de su purificación por hijo o por hija, traerá a la entrada del tabernáculo del testimonio, un cordero primal para holocausto y un pichón y una tórtola por el pecado, y los entregará al sacerdote; el cual los ofrecerá al señor y rogará por ella, y con esto quedará purificada... Pero si sus facultades no alcanzan para poder ofrecer un cordero, tomará dos tórtolas o dos pichones, el uno para holocausto y el otro para sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará oración por ella, y así será purificada”. (Levítico XII 48).
Además, la bendición que la iglesia dispone para el 2 de febrero, coincide con la antigua celebración romana a la diosa Lucina, en que los fieles llevaban candelas para tomar el fuego sagrado. Esto dio lugar a la festividad de la “Candelaria”, pero también, siendo inicio del ciclo agrícola, fue aprovechada para llevar las semillas a los templos, para ser bendecidas, lo cual se sigue haciendo en los pueblos del país.
Por lo demás, la imagen del niño dios se lleva hasta el templo para que reciba la bendición, luego se conduce hasta la casa de donde fue tomada, para que los propietarios la guarden en lugar visible y respetado, y para “amacizar” luego el “compadrazgo”, con una apetitosa merienda de chocolate y tamales, por lo menos.