Hay quienes, imbuidos acaso por absurdas supersticiones e ideas sin fundamento, piensan que el año 2010 tiene algo de cabalístico. Y es que encuentran dos coincidencias, tanto en 1810 como en 1910 fueron años del inicio de la Independencia, uno, y de la Revolución, el otro. E inclusive un famoso muralista le añadió uno más, el 1957, por aquello del 1857, año de la Constitución y de la consolidación, no del inicio, de la Reforma. Sin embargo su pronóstico también falló. Falló como fallarán los de aquellos que piensan que estamos al borde de un estallido social. Como si en los anteriores no hubiera habido múltiples barruntos previos, conmociones anteriores. Y como si los estallidos sociales se dieran de la noche a la mañana, aún sin líderes y sin ideas.
Y aunque algunos ya quisieran mandar al diablo a las instituciones, estas aún parecen sólidas, aunque no sean muy respetables. ¿Una nueva revolución, sin cabezas y sin ideología? ¿En un país donde el narco es tanto o más poderoso que las fuerzas armadas y puede “levantar”, ejecutar, asesinar, a más de 7 mil mexicanos en la casi absoluta impunidad? Pues solo que sea la delincuencia organizada esté preparando un golpe espectacular para organizar el primer narcoestado, junto al país que más drogas consume en el mundo.
Los pronosticadores abundan, como ya sabemos, y desafortunadamente casi nadie conserva sus augurios para poder contrastarlos con lo ocurrido durante el año. Y por si no se han dado cuenta el mundo no se acabó como lo aseguraban muchos, en el año 2000, y tampoco se terminará en 2012. A pesar de que algunos aseguren que los mayas y Nostradamus así lo predijeran hace muchos siglos.
Lo que si tenemos es un país revuelto y temeroso, que no acaba de hallar su rumbo. Un país que hace no mucho tiempo fuera líder político y económico de Latinoamérica y que ahora palidece frente a Chile, Uruguay, Brasil e inclusive Bolivia. Y que se halla muy por debajo de Colombia en materia educativa. Un país que sigue siendo líder en corrupción y en disparidad en la distribución de la riqueza. Un país donde el cinismo de los políticos alcanza niveles de caricatura, ya no de escándalo porque ha alcanzado niveles que ya no generan asombro ni indignación.
Un país donde el procurador de la República, obediente y sumiso, enfrenta derrota tras derrota en los tribunales, aprehende a decenas de funcionarios públicos de Michoacán, desde el subprocurador hasta 17 alcaldes, previo a la celebración de una elección federal, los exhibe públicamente, los trata como a delincuentes, solamente para verse obligado a liberarlos seis meses después... por falta absoluta de pruebas que los relacionaran con el crimen organizado, y que ahora dice preocuparse sobremanera por las posibles consecuencias de los matrimonios homosexuales, así como de la posible adopción de menores huérfanos por parte de estos y decide emprender una acción de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte, en vez de dedicarse a investigar los miles de homicidios que asuelan al país y que permanecen impunes.
Y es que dice(n) que los homosexuales no nacen sino que se hacen. Y partiendo de ahí crea(n) una extrapolación ilógica, tan ilógica que conduce inevitablemente a la formulación de muchas otras preguntas: ¿de que clase de matrimonio salieron los homosexuales actuales?, ¿de que clase de matrimonio nacieron los sacerdotes pederastas que abundan por el mundo?, ¿el matrimonio heterosexual es garantía de hijos mentalmente sanos?, ¿es preferible seguir huérfano y solo, que tener dos padres o dos madres?
No cabe duda que la mente humana es un instrumento sumamente complejo, traicionero y muy falible. Que los miedos y los prejuicios nos pueden conducir a cualquier aberración, aún a la más increíble e inesperada. Como ejemplo de lo anterior puedo citar aquel documental titulado el El silencio y la furia, el cual revela la brutal resistencia de los padres sordomudos de hijos sordomudos, para que a estos se les implante un dispositivo auditivo que les permitiría escuchar. Los argumentos eran muchos, pero ante todo consideraban como una traición el que sus hijos dejaran de pertenecer a esa “cofradía del silencio” que habían creado; que se rompiera esa pertenencia a un grupo al cual ellos habían pertenecido toda su vida; que sus hijos tuvieran necesidad de oír para triunfar en la vida cuando ellos lo habían hecho sin necesidad del oído, etcétera.
El miedo a que fueran diferentes a ellos podía más, inclusive, que el amor filial y el deseo de que fueran normales, o casi.
Miedos como esos miedos, como el miedo a intentar nuevos modelos económicos y políticos, el miedo a intentar nuevas relaciones laborales y sociales, el miedo a permitir candidaturas ciudadanas, el miedo a la libertad (Fromm), a todas las libertades, y a la de asociación principalmente, el miedo al plebiscito y al referéndum, y hasta a las nuevas relaciones swingers entre partidos políticos, ha conducido al país a una parálisis, a un estancamiento que nos impide romper viejos moldes, viejas conductas, viejos vicios.
Y es que somos un pueblo, de acuerdo a los resultados de las encuestas, que basa su felicidad principalmente en la cercanía y en la pertenencia al núcleo familiar, en permanecer dentro de aquello que es lo más parecido a nosotros mismos. Mientras tanto enormes movimientos migratorios están conduciendo a un intenso intercambio de ideas, de genes, de formas de convivencia, de integración y desintegración familiar.
Mientras que aquellos europeos que hace seis décadas se mataban entre sí experimentan con éxito diferentes formas de relacionarse y convivir pacíficamente, algo impensable durante siglos, los mexicanos parecemos sufrir de una extraña parálisis que nos impide avanzar, y experimentar, cuando menos al mismo ritmo que nuestros vecinos del cono sur.
Requerimos de una revolución, sí, pero del pensamiento. Necesitamos urgentemente salir a combatir, pero a combatir el miedo que nos atenaza y nos paraliza.