–¡Te he estado buscando! –dijo casi en un grito la mujer a su amiga en tono angustiado.
–Aquí he estado. ¿Por qué no me hablaste por teléfono? –respondió la amiga.
–Pensé que estabas con tu galán.
–Aunque esté con mi galán, háblame cuando me necesites. Yo te llamo cuando te necesito.
–Ayer me pasé un día de la chingada.
–¿Por? ¿Qué pasó?
–No sé qué me pasa. De repente me entra una tristeza tan profunda...
–¿Te has dado cuenta qué te lo dispara?
–Estaba viendo una pelicula con mis hijos, y de repente sentí unas ganas enormes de llorar.
–¿Cuál era?
–La de Crepúsculo.
–¿Te recordó a alguien?
–No, la verdad no. Como que el llanto me viene sin motivo. Te quiero preguntar algo. Eres mi hermana. Necesito que me contestes con la verdad.
–Si dime. Ya sabes que somos sinceras. La verdad aunque duela.
–¿Tú has visto algo raro en mí? ¿Me ves normal? Digo: ¿estoy loca?
–¿Hablas en serio?
–Sí weya. Es en serio.
–Bueno mira, eres una mujer muy sensible. Inteligente. Desde luego eso no es lo más normal en este mundo. Pero no es anormal tampoco.
–Es que eso me dio una enorme angustia ayer. En eso pensé y a ti es a la que le puedo hacer esa pregunta con toda franqueza y sé que me vas a decir la verdad.
–Mira llevas una buena vida. Tus hijos son dos chamacos lindos, sanos, alegres. Eso habla de que has hecho bien tu chamba de madre. Que estás sola. Eso se quita, tarde o temprano.
–Es que me siento muy angustiada.
–Ese es el pedo.
–¿Cuál?
–La angustia, ¡pendeja!
–No entiendo.
–Mira, la locura nos ha hecho felices. No lo podemos negar. Nos da la mejor medicina que es la risa. Nos ha hecho ser atinadas, alegres. Estamos muy bien, pues, con nuestra locura. Es parte esencial de nuestras vidas. ¡Estamos locas pendeja! Eso está muy bien. Somos felices. El problema no es la locura. El problema es la angustia. Hay que quitarse la angustia, no la locura.
–¡No manches!
–Si weya. Ataca la angustia y olvídate de la locura, esa no se cura. La angustia sí.
–¡Eres una pendejaaaaaaaaaa!
–¿Ya ves? ¡Ya te curasteeeeee!
–¡Estúpida!