El objetivo de sacar al marinismo de Casa Puebla, que se han propuesto distintos actores políticos regionales y nacionales, tendría relevancia si, y sólo si, implicara la voluntad de revisar las características de nuestra vida política y el compromiso por elevar la calidad de nuestra democracia, de acuerdo a parámetros objetivos y mensurables. De lo contrario, “sacar al marinismo de Casa Puebla” sería otra más de las muchas formulas huecas que saturan nuestro espacio público, quedando reducida a la mera lucha por el poder
¡Sí¡ sacar al marinismo de Casa Puebla es condición necesaria, pero no suficiente, para empezar a transformar nuestra vida política.
Desde su inicio, el sexenio de Mario Marín estuvo marcado por el autoritarismo, la demagogia, la ineficiencia, la opacidad, el sectarismo, la intolerancia, pero sobre todo, por la pobreza intelectual y política que pudiera dar respuesta, más allá de la dimensión social, a las grandes demandas de la sociedad poblana en su conjunto; pienso sobre todo en la incapacidad particular del gobernador Marín, como del conjunto de su estructura de gobierno, para desarrollar una “competencia comunicativa” a la altura de nuestro tiempo : casos como el de Lydia Cacho, Juárez Acevedo, la ley de transparencia, el costo de los hospitales en el estado, la negativa a rendir cuentas sobre el presupuesto destinado a Comunicación Social, el tema de la despenalización del aborto, nuestra caída en el índice de pobreza nacional etcétera, son sólo algunos de los rasgos que conforman uno de los perfiles más lamentables del ejercicio del poder en México. Incluso, actos aparentemente alejados de la institución gubernamental, como la crisis que atravesó la UDLA bajo el rectorado de Pedro Ángel Palou García, o el perfil institucional que ha dominado la UAP los últimos años, o el caso Coofia o Sitma serían inexplicables sin el contexto y el peso políticos del marinismo.
Por supuesto, el Ejecutivo del estado no es el único responsable y en el caso de la política es necesario deslindar las categorías y los grados de responsabilidad. Junto al señalamiento a Marín, deberíamos preguntarnos por el grado de corresponsabilidad de nuestra Cámara de Diputados, del propio PRI y de los demás institutos políticos regionales y otras muchas instancias del estado. Pero no es menos inquietante la posible complacencia o complicidad del gobierno federal con el Ejecutivo estatal y el de una ciudadanía cada vez más empobrecida, económica y políticamente, por haber permitido la consolidación del gobierno de Marín, tras los muchos reveses que ha sufrido a lo largo de cinco años de ejercicio
La ya indiscutible imposición de López Zavala, “Z”, como candidato del tricolor a la gobernatura de Puebla conlleva al mayor riesgo que un hombre y una sociedad pueden enfrentar: el continuismo –no la continuidad–; un peligro latente no sólo para Puebla, sino para el propio PRI Para el caso de Puebla, mantenernos anclados, durante los próximos seis años, en los últimos lugares en materia de competitividad, educación, desarrollo social y cultura como hasta ahora hemos estado; para el PRI, permitir que se incruste en sus entrañas un poder que inmovilice los otros juegos de poder propios de todo partido político y transitar hacia la violencia
La primera limitación de “Z” es que su carrera política no haya tenido otro horizonte más que el ofrecido por su jefe y amigo, Mario Marín; la segunda, es la pobreza de su “capital simbólico”, que a todas luces le imposibilita para la elaboración de un verdadero proyecto de estado y para la comprensión de la singularidad del fenómeno político. Una carrera, la de “Z”, marcada por la lealtad al patriarca y no por esos valores básicos que Weber atribuía a un verdadero político. Pero lo que resulta más extraño es el empeño y la ceguera del propio gobernador por imponer a un candidato que, pese a las inyecciones que ha recibido, para posicionarlo en las preferencias electorales no garantiza, mínimamente, el triunfo de su partido, y sí en cambio, arriesga, si no la propia unidad de ése, sí el funcionamiento del voto duro del mismo, particularmente en la ciudad capital. Otros miembros del PRI como Blanca Alcalá, o incluso, Alejandro Armenta hubieran permitido un proceso interno más terso y una posibilidad de triunfo más sólida, sin el desgaste que ha sufrido el partido y sin tener que recurrir a las estrategias a las que se ha tenido que recurrir para fortalecer la imagen de López Zavala, amén de que, tanto Blanca Alcalá como Alejandro Armenta, encarnan otro perfil político ¿o acaso sea López Zavala la carnada para entregar el gobierno a Moreno Valle, entrega ya pactada desde Casa Puebla, mucho meses antes de las elecciones? Triunfe quien triunfe, lo que no se pondrá en riesgo es la impunidad del actual gobernador poblano.