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Martes, 1 de diciembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 BINARIO 

Delegar o no delegar, esa es la pregunta virtual

 

esquizzo@gmail.com

 

Una de las series más geek de la televisión estadounidense de los últimos tiempos es sin duda The Big Bang Theory, título que refiere inmediatamente a aquella teoría sobre el origen del universo. En la producción –transmitida por la cadena CBS– un grupo de cuatro físicos que no rebasan los 30 años, y con más coeficiente intelectual y títulos de posgrados que todo el Congreso mexicano junto, batallan diariamente por comprender las dinámicas de interacción social más básicas, como invitar a una chica a tomar un café o el salir un fin de semana de copas.

En un capítulo de su primera temporada –La Polarización Cooper–Hofstadter–, los cuatro nerds muestran entusiasmados a su vecina –una simple mortal como la mayoría de nosotros– cómo encender su lámpara de mesa con una señal enviada desde su computadora a través de “cable de fibra óptica a la velocidad de la luz a San Francisco, rebotando en el satélite en órbita geosíncrona a Lisboa, Portugal; los paquetes de datos pasarán a cables trasatlánticos sumergidos llegando a Halifax, Nueva Escocia, y transferidos por el continente vía microondas de vuelta a (Los Ángeles) a nuestro PSI (proveedor de servicio de internet)”. Todo para encender un simple foquito...

Sin duda las posibilidades que ofrece la red de redes y otras herramientas tecnológicas del siglo XXI son tan sorprendentes –y ociosas– como el delegar la responsabilidad de accionar un interruptor a una computadora.

No obstante, existen ejemplos de experimentos aún más extremos en su nivel de ociosidad y aprovechamiento de la tecnología y, sobre todo, más reales. Ese es el caso del escritor neoyorquino A.J. Jacobs, editor de la revista Esquire. En septiembre de 2005, Jacobs publicó My outsourced life (Mi vida subcontratada), uno de sus artículos más famosos y cuyo título refiere a la tendencia actual de las empresas de contratar a otra compañía para realizar trabajos que van desde la contratación de sus empleados o proporcionar el servicio de atención a clientes, hasta la responsabilidad de manufacturar sus productos.

En su experimento de un mes, Jacobs decide contratar a una empresa de Bangalore, India para que cumpla sus responsabilidades laborales, como investigar ciertos datos para sus artículos de Esquire; pero también para que tome el control de su vida personal, realizando acciones como el ofrecerle disculpas a su esposa Julie en su nombre, comprarle flores, o leerle cuentos a su hijo antes de ir a la cama.

 

Es el cumpleaños de Julie, y he mantenido ocupada a Asha (su asistente india) con labores relacionadas con la celebración. Órdenes de comida, correos de recordatorio a los amigos de Julie, y cosas así (...) En los siguientes días, delego un montón de pendientes en línea a Asha: pago de cuentas, compras en drugstore.com, el conseguirle a mi hijo un Elmo Cosquillas. (De hecho, la tienda ya no tenía Elmos Cosquillas, así que Asha compró un Elmo–Baile–del–Pollo; buena decisión).

 

Aunque las locuras de este hombre sirven originalmente para reflexionar sobre la capacidad de países como India para ofrecer sus servicios de outsourcing a naciones anglófonas como EUA e Inglaterra, My outsourced life es también una muestra de los alcances de la red, y la eliminación de distancias en nuestro mundo globalizado.

Unos años atrás, el máximo servicio que nos prestaba internet en la vida cotidiana –o al menos así lo veíamos– era el mandar cartas instantáneas a kilómetros de distancia. Hoy, si bien algunos dudan de la confiabilidad de los servicios de compra en línea, sin duda resulta más cómodo el hacer uso de estos para comprar un regalo para un amigo o familiar que no está en nuestra propia ciudad, que enviarle algo por mensajería, con el peligro de que el paquete se pierda o su contenido llegue en estado deplorable.

Pero, no importa qué tanto usemos la red, no podemos negar que vino a voltear nuestras vidas. Desde el hacer llamadas internacionales sin pagar un solo centavo con Skype –sin contar lo que pagamos por usar internet, obviamente...– hasta el poder coordinar una boda, o tomar o impartir una clase vía remota, como sucede en México con universidades como el Tec de Monterrey, o el sostener juntas de negocios con socios que están a varios continentes de distancia.

El internet vino para quedarse, de eso no hay duda. Y si existiera, compártanla con este bloguero en papel al correo esquizzo@gmail.com. Bytes.

 
 
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