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Lunes, 30 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

La nostalgia por el ferrocarril reunió a 5  mil personas para escuchar Sinfonía vapor

 

La Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz bajo la dirección del maestro Antonio Tornero ¦ Foto
Abraham Paredes
YADIRA LLAVEN

La nostalgia por el ferrocarril reunió a 5 mil personas para escuchar, en la segunda sección del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, el recital Sinfonía a vapor, ejecutado soberbiamente por la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz (OSJEV), bajo la dirección del maestro Antonio Tornero, que en boca del compositor Arturo Márquez, “está a la altura de las mejores de Latinoamérica en su género. Y estoy tomando en cuenta las orquestas de Venezuela”.

A propósito de los anticipados festejos del centenario de la Revolución Mexicana, el programa incluyó además de la emblemática pieza de Melesio Morales –ejecutada por vez primera el 16 de septiembre de 1869, para inaugurar la Estación Ferrocarrilera de Puebla–, Música para charlar, de Silvestre Revueltas; Tocatta ferrocarrilera, de Leonardo Coral, y Las cuatro estaciones, de Arturo Márquez.

Horas antes del anunciado recital, al que acudió gente de la ciudad de México, Oaxaca, Veracruz, y de diferentes ciudades de la entidad poblana, las dos secciones del museo lucían abarrotadas. Al igual veían a niños que a jóvenes, pero la mayoría eran los llamados adultos mayores, los abuelitos, algunos de ellos jubilados desde 1993 por Ferrocarriles Mexicanos, como don Narciso Nava, maquinista por cuatro décadas, pues “al ferrocarril se entraba desde joven. Yo me enlisté desde los 16 años de edad, y me inicié como garrotero”.

Los festejos iniciaron a las 11:30 horas con la inauguración de la exposición 1909: un tren directo a la Revolución, y después se presentó la restaurada locomotora de tracción de vapor O de M2, construida por la H. K. Porter Locomotive Works, con número de constructor 7463, en 1942. La máquina pesa más de 50 toneladas y operó en la base militar en San Bernardino, California, durante la Segunda Guerra Mundial, hasta que en 1948 la adquirió el Ferrocarril Occidental de México. En 1997, el museo la registró dentro del Programa Nacional de Rescate del Patrimonio Histórico, Cultural y Artístico de los Ferrocarriles Nacional de México, y tras su primera restauración, en 2001, remolcó a los príncipes de Gales, por cinco kilómetros, en la estación de Veracruz.

Para entonces, niños y jóvenes se habían apropiado de la diversidad de vagones varados en el museo, subiendo y bajándolos, pues nos descubren, de manera viva, cómo se transportaba la gente de la época del porfiriato a la década de los años 90, cuando el ferrocarril dejó de ser un medio de traslado para los mexicanos.

Con la presencia de Coral y Márquez, como invitados especiales, apareció el maestro Tornero para recibir de pie los primeros aplausos de bienvenida e iniciar con Música para charlar, pieza evocativa y casi descriptiva del ambiente ferroviario, que se apreció en los movimientos: Durmientes, Arena y agua, Rieles, Telégrafos y Tractores.

Con Toccata ferrocarrilera, los escuchas y la orquesta eran una sola pieza. Se unieron para disfrutar los sonidos que emulaban a una locomotora de vapor en movimiento.

Con Las cuatro estaciones, el gentío se dejó abandonar entre los trenes y la melancólica música de Márquez, que nos evocaba a otro tiempo, tal vez a tiempos mejores.

Coral y Márquez agradecieron la magistral ejecución con un apretón de manos al director de la OSJEV. Era el mejor preámbulo a la pieza más esperada, Sinfónica a vapor, que sería interpretada conjuntamente con la Banda Sinfónica Municipal de Puebla, que apareció, como los maquinistas, con paliacate anudado al cuello.

Sin espacios, entre temas, el público llegó al éxtasis y a las lágrimas con la obra cumbre de Melesio Morales, pues, a la mitad, entre el estruendo de los timbales y los discos apareció la locomotora O de M2, sorprendiendo con su puesta en marcha, por su ensordecedor silbato y el humo que exhalaba de su chimenea. Los más pequeños, como si un imán los jalara, rodearon la portentosa máquina. Era una emoción indescriptible.

 
 
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