Conocí a Pedro hace un poco más de cuatro años. Mi primer recuerdo suyo: él parado en los portales, cámara colgando al cuello, carga una canasta con restos de paella, me mira y me sonríe con su boca llena de
braquets, se pone la canasta en la cabeza y baila zamba mientras tararea Brasil, Brasil.
A Nadia la conocí en el mismo lugar dos años después. Estábamos en la inauguración de una exposición fotográfica. Me la señalaron: ella es la escritora del Distrito Federal. Nadia toma vino blanco, mira las fotografías entusiasmada, nota que hablamos de ella, voltea, me mira y sonríe con su boca llena de
braquets.
Reconozco mi predilección por definirme con todo eso que no soy, que no tengo, con mis omisiones, mis vacíos, mis carencias. Sin embargo, sabemos también soy todo eso que sí elegí: mis lecturas, el color de las sábanas en las que duermo, el nombre de mi correo electrónico, mis amigos. Yo soy Nadia y Pedro.
Me reconozco en Nadia cuando escribe; cuando me cuenta tristísima todo ...
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