Le faltaron unos meses para centenaria, pobre, su sueño fue no dejar este mundo sin ser precedida por su hijo, a quien adoraba, pero fui un egoísta, lo reconozco, no me dejé. Todavía hoy me cuesta referirme al asunto, a este triste asunto: mi abue y mi mami me tenían absolutamente prohibido comer queso sin pan y tampoco jamón sin pan. Las interpretaciones psicoanalíticas a la orden del día, fácil me sería echarles la culpa de cuanto me ha salido mal en la vida, que no es poco. Pero no lo haré, no sería justo, al punto que, ya mayor, me harté de jamón sin pan y de queso sin pan... ¡y no me supieron a nada especial! Faltaba aquello que yo agregaba: el sabor de lo prohibido.
Por su parte, mi padre tampoco estaba conforme con el veto; toda vez que podía tomaba jamón y queso para comérselos sin pan, aprisa, que no lo vieran, metida la cabeza dentro del refri y luego, a los estornudos, sacándola cubierta de escarcha. Como si súbitamente hubiera encanecido a causa del disgusto que le daba verse forzado a actuar como un ladrón en su propia casa. Yo admiraba a mi padre por su osadía frente a mami y abue, nunca me atreví a tanto, mi táctica era guerrillera, consistía en capturar lo que podía de jamón o queso y salir corriendo a comérmelo fuera del área controlada por el par de brujas.