Febrero 25 de 1999. No lo puedo creer, voy en avión rumbo a La Habana. 23 años después se hace el milagro de regresar a esa tierra tan querida, tan apetitosa, tan similar a mi tierra natal. He dormido poco, la tensión previa a un desplazamiento, como este, siempre altera. Se me cierran los ojos, pero es difícil dormir volando. Mis compañeros se durmieron antes que guardaran el tren de aterrizaje.
3 de la tarde. Llegamos. La luminosidad raja retina, de no ser por las negras y los negros, podría pensar que descendimos en el Puerto de Veracruz o en Villahermosa. A un lado de nosotros, un jet de Air Jamaica. Está pintado de amarillo, rojo, anaranjado y azul. ¡Coño!, un carnaval con alas.
El vedado. El Museo Rodante del Automóvil. Mulata, mulatica, mulatonas, exhibición permanente de las mejores nalgas del mundo. ¿Quién tuviera 20 años menos?, por vida de dios. Mira esta luna Lezama Lima, toca Eliseo Diego esta transparencia. Miren esos ojos efervescentes que me ven pasar envejeciendo.
Dice Micdalia, una muchacha que maneja el transporte, “aquí hasta las hormigas caminan al ritmo de un guaguancó, de Chano Pozo”. El bollo se enseña desde chiquitica, porque a los 20 años ya está vieja.
Hotel Capri. Rentamos un auto. Visitamos a “Bienvenido”, el babalao del Barrio de La lisa. No hemos visto el mar, aunque se siente en el aire su oleaje. Después de comer un plato de carne de chivo, partimos a San Luis, en la provincia de Pinar del Río.
Noche en la carretera. No hay señales. Se alinean las palmeras plateadas. Se distinguen claritas las constelaciones. Juego de béisbol por la radio, narrado como sólo los cubanos saben hacerlo. Me descubro feliz y conmovido. Siento que todo esto ya estaba en mi geografía. ¿Será cierto que mi bisabuela llegó de Cuba?
Cena en la casa de la mamá de Carlos Luna. Arroz blanco, frijoles negros y langosta. Alabao.