Todos los días en este país y en Tlaxcala se tejen historias de violencia en contra de las mujeres. Seres humanos agredidos física y emocionalmente por sus padres, hermanos, cónyuges, parejas e incluso por las de su mismo género, por el sólo hecho de considerarlas inferiores.
La realidad parece indicar que de nada han servido las campañas de difusión de los distintos entes públicos y privados para erradicar este flagelo social. Las cifras de mujeres golpeadas o sojuzgadas aumentan a diario, al igual que el número de muertes relacionadas con la violencia
Los gobiernos y los poderes legislativos federal y estatal, han intentado frenar su avance a través de leyes, reglamentos y comisiones, sin que hasta la fecha se perciban cambios significativos. Tal vez la razón estriba en que las normas han sido elaboradas en su mayor parte por las propias mujeres.
Y además que quienes componen las comisiones de Equidad y Género en los legislativos son mujeres. En el Congreso de la Unión son miembros de ese comité tres varones, en los congresos de Puebla e Hidalgo dos y en el de Tlaxcala ninguno.
Y no es que ellas no sepan de qué se trata el problema y la manera de resolverlo, lo saben y son capaces; el asunto es que se les deja solas, cuando el tema involucra a mujeres y hombres. Se firman convenios internacionales y se emiten leyes sólo para la foto, para fingir que los hombres participan en su erradicación.
Y al final del evento se les deja a su suerte. La violencia hacia las mujeres no es sólo cuestión de ellas, pues los hombres son parte del problema. Acabar con este azote se requiere de la participación decidida y activa de los varones en todos los niveles.
Es en la escuela, en el trabajo, pero primordialmente en el hogar donde los varones pueden aportar gran parte de la solución. Dejar de lado los estigmas con que fueron educados y formados; mirarlas de igual a igual, respetando su dignidad. Ceder un asiento, convivir sin acosar o lavar los trastes, no disminuye los niveles de testosterona, los hace tan dignos como ellas.