Suena una alarma aguda. Los cuatro Veinn forman una cadena tomados de las manos. Luego una ráfaga de viento que entra por la espalda y eriza sus cuerpos.
El estallido, la exhalación enorme de luz. La cinta amarilla de no pasar, colocada a distancia larga y prudente según los expertos, se rompe imantada hacia el centro de la casa. Los Veinn, frente al hongo de cemento molido, ven derrumbarse los muros de lo que alguna vez fuera su hogar. El rugido. Marcelo Veinn cierra los ojos, se hunde; un crepitar dentro de él, como si algo también se le resquebrajara para siempre. El piso tiembla, luego cinco estruendos menores, no tan prolongados pero intensos, como copas de cristal frente a un megáfono, rompiéndose.
Tres segundos y el enorme bloque cae sobre sí mismo, levanta una nube de casi una manzana. El calor aumenta; como dolor vivo, ardiente, regodeado en su desproporción. Tres segundos y el hongo crece, se hace denso. Crece, se vuelve más negro, crece, erguido, sólido; crece hasta ocupar todo el cielo..... (+)