Carlos Ruiz Camino se volvió Carlos Arruza –el segundo apellido de su madre– al calor de la celebridad que le dieron sus dos temporadas como pareja de Manolete en España. Su posterior consagración en México acabaría para siempre con esa leyenda de juventud, urdida por la prensa venal, empeñada en restarle méritos por haber nacido de padres españoles (Distrito Federal, 17 de febrero de 1920), como si con ello pudieran negarse su inmensa casta torera y la incuestionable mexicanidad de su expresión, atributos que lo proyectaron en pocos años a la dimensión de figura mundial del toreo. A Arruza lo conocí poco antes de su trágica muerte (carretera México–Toluca, un lluvioso viernes 20 de mayo de 1966). Era ya un rejoneador consagrado, indiscutido y unánimemente aclamado, y aunque reconozco que esa modalidad ha conquistado en las dos últimas décadas territorios inverosímiles, no recuerdo un torero a caballo más gallardo ni más completo que el Ciclón Mexicano, autor de los mejores pares a dos manos que recuerde en jinete alguno.
Despedida triunfal
Su hijo Manolo Arruza, casi sin contratos y con su carrera prácticamente hecha desde 10 años atrás, fue el eje de una tarde –la de su despedida oficial en la México, inauguración de la temporada 2009–2010– que llenó de sabor y solera con sólo ponerse delante del toro. Gran novedad en un torero calificado con frecuencia de correctamente gélido, lo que de hecho le impidió escalar más altas cumbres pese a disponer de un bagaje artístico irreprochable. Y que a última hora, rebasada ya la cincuentena y exornado de canas, iba a regalarle a un público muy diferente del que aclamó a su padre el aroma y el sabor del toreo, sentido en profundidad y comunicado con fresca gallardía. A su lado, el almíbar de Ponce se antojaba más artificioso y recargado que nunca, y la sequedad de Fermín Spínola tuvo que pagar su tributo de cara a las gradas, que tardaron una eternidad en adentrarse en la torería del ya no tan joven ni juncal tercer espada, que estaba cuajando una tarde poco menos que histórica ante espectadores distraídos y etílicos porristas dispuestos a exhibirse como unos perfectos incompetentes con sus inoportunos coros de toro–toro.
El homenajeado
Parco y lidiador con el capote, Manolo se elevó a las alturas en dos tercios banderilleros de escándalo, que devolvían su gallarda autenticidad a una suerte dominada hoy por un exhibicionismo circense. Estuvo, con los palos, sencillamente cumbre. Y muleta en mano, profundizó con suave cadencia el derechazo y el natural, especialmente ante “Dulce de coco”, su primero, un torito cárdeno nevado del que extrajo la buena clase que anidaba en los recovecos de su alarmante carencia de brío. La faena fue en un palmo de terreno y además mató muy bien. Todo lo contrario que a “Veracruzano”, el último de su vida, con el cual se las había arreglado para acompañar su alta e incierta embestida con una suave maestría a media altura, en redondos y naturales de cintura flexible y sentido trazo. La costumbre de premiar con un trofeo la trayectoria del diestro que dice adiós quedó rota, pero al corte de coleta, la gente se le entregó como nunca.
Tarde redonda
Con el capote, Fermín Spínola había desempolvado la fregolina para vestirla de gala, un airoso juego de brazos y percal con las zapatillas ancladas en la arena. Banderillero poderoso, el mismo tinte tuvieron sus faenas a sendos bureles de acusada nobleza y buen recorrido. Sin andarse con probaturas, los fijó en la muleta con total seguridad y casi sin transición fue al grano. Es decir, al desgranamiento generoso y templado se series completas y perfectamente ligadas, a derecha e izquierda, rematadas con imaginación y torería, y colofoneadas con completísimos pases de pecho zurdos. A su primero, el berrendo “Huasteco”, que amenazó siempre con rajarse y terminó peleando flojamente en tablas –fue el del absurdo torotoro, y el despistado del biombo le recetó un insostenible arrastre lento– lo maté a toda ley, volcándose sobre la cruz. Aún así, le protestaron la segunda oreja. Y al sexto, el mejor del encierro, lo bordó de principio a fin, alcanzando incluso los linderos del arte en la fase final de su bien redondeado muleteo, que incluyó una arrucina en tácito homenaje al primer espada. Pero lo pinchó y la petición solamente alcanzó para un apéndice. Tan bien ganado que todos los aplaudieron y nadie lo discutió. Con una mayor expresión, que contagiara al público su invariable entrega, pudo tener su tarde más gloriosa. De todos modos, se alzó como máximo triunfador.
Ponceadicción
Con el torero de Chiva, el público capitalino –lo que queda de él– ha batido sus marcas históricas en materia de idolatría. Ninguno de los ídolos de antaño –de Gaona a Manolo, pasando por Cagancho y El Capea– fue capaz de despertar tan acrítica admiración, donde tender el capote o pestañear con estudiada elegancia es suficiente para recibir aclamaciones, y actitudes tan abusivas como saltarse el sorteo o pasear apéndices protestados por los escasos restos de una afición con fama de conocedora son tenidos por gestos merecedores de comprensión y tácito respaldo. Ese público que no perdió la objetividad y supo tratar con dureza a todos los citados –y cualquier otro gran torero, incluido Manolete– cuando dieron lugar a ello, se derriten cual quinceañeras en presencia del valenciano, que es quien más lejos ha llegado en su especulativo irrespeto al reglamento y en las ventajas de su alianza con un empresario propiamente gansteril, sin que tan poco recomendables manejos y amistades afecten la adoración de sus incondicionales. Por lo pronto, al inaugurar la temporada los obsequió con larguísima faena a un mazapán pobremente astado, entre salerosos paseos y esporádicos medios muletazos que, por supuesto, provocaban cataratas de aplausos, y al final una inusitada petición hasta de dos apéndices –el juez dejó las cosas en la inevitable orejita. Y luego, lo de siempre: ferocidad varilarguera como si los alfeñiques de San José fuesen miuras, y porfías interminables haciendo como que hacía, tanto con el parado 5º como con el novillejo de obsequio, antirreglamentariamente lidiado ya que, una vez devuelto el chivo que emergió de chiqueros a título de “toro” de obsequio, la autoridad consintió en permitirle al divo disponer de una nueva oportunidad. Eso por no mencionar el incalificable irrespeto que supuso su tardío arribo al coso, inexplicablemente tolerado por el juez, que debió ordenar se partiera plaza en cuanto estuvo hecho el despeje. Pero con Quique el rasero es otro, justamente el que Herrerías ha impuesto para él y los suyos. Sobre todo tratándose de su socio del alma.