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Lunes, 16 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

Fito Páez pisa por vez primera Puebla y seduce hasta el más reacio a su música

 
YADIRA LLAVEN

Sencillo y llano, como sólo los grandes, Fito Páez se presentó ante un zócalo poblano que albergó a por lo menos 4 mil personas, para seducir hasta el más reacio a su música. El rockero argentino puso a flor de piel los sentimientos del público multigeneracional, al que advirtió: “seguro que no será la primera vez”.

Fito regresó a México, a través del Festival Internacional de Puebla (FIP), con la gira de su disco No sé si es Baires o Madrid, que le valió un Grammy Latino hace dos semanas, y que nació de esa espontaneidad que lo caracteriza, junto a sus camaradas de Coki and The Killer Burritos, un grupo de su natal Rosario, en Argentina, además del dueto con su “enemigo íntimo”, Joaquín Sabina, y del entrañable trovador Pablo Milanés. 

Dos días antes del recital del rosarino se especuló que éste sería cambiado a otro recinto, de última hora, ante la turba de gente que se dejaría caer al zócalo; sin embargo, el rumor se dispersó. Hay que reconocer que la música de Páez es un rock “fresón”, para un público muy específico, que difícilmente acarrearía 10 o 20 mil personas, como lo hicieron Calle 13 y Los tigres del norte.

La respuesta poblana fue positiva, superior a la que tuvo el músico en su última visita a México, en la Cumbre Tajín, demostrando que lo maravilloso que tiene la música es que puede conectar a gente de los más diversos ámbitos.

Si algo sorprendió en su concierto fue la marea de jóvenes que tienen menos edad que su carrera misma. Chavos de 18, 19 y 20 años de edad cantaban lo mismo Un vestido y un amor, tema de por lo menos 12 años atrás, que Sofi fue una nena de papá.

Pese al frío, la noche del sábado fue cálida. Fito Páez, enfundado en una camisa rojo carmesí y anteojos del mismo tono, que contrastaba con el negro de sus jeans, apareció por vez primera en el escenario local para dar fin a los gritos eufóricos de: “Fito”, “Fito”, “Fito”, y entonar Berlín.

La suya, así de natural y con la sorpresa como aliada, ha sido una de las mejores entradas en la temporada de recitales del FIP. Dejarse ver de repente, sin mayor preámbulo, fue como encontrarse a alguien muy querido por casualidad en la calle; y así, con un acto mínimo, el delgado rockero demostraba que la belleza radica en lo sutil.

Fito tomó la guitarra, entre gritos de amor desenfrenado de hombres y mujeres, porque si algo tiene el rock es que no es machista y los varones declaran su amor a todo pulmón a un artista.

Después interpretaría Taquicardía, 11 y 6, Enloquecer, Yo vengo, Sigue girando, Naturaleza sangre, ámbar violeta, Polaroid de locura ordinaria, Al lado del camino, Circo beat y Eso que llevas ahí, está última que fue cantada con tal fuerza que parecía desgarrarse la garganta, por una pena de amor.

Si el recital hubiera sido una prueba de esfuerzo, un examen para encontrar al fan más aplicado, Puebla hubiera ganado con la nota más alta, pues desde Sigue girando hasta Polaroid de locura ordinaria, el público se las sabía todas.

Ese hombre que evita las etiquetas y se siente incómodo con la condecoración de “embajador del rock argentino” que un periodista le otorgó sin su complacencia, cerró con el clásico Mariposa technicolor, pese a las insistencias de un público extasiado que pedía más, pero Páez no volvió.

Aunque la prensa estuvo pendiente de si el cantautor concedería unos minutos para hablar de su nuevo disco –que saldrá en abril de 2010–, de su visión del cine mexicano, pues también es guionista y director, entre otros temas, éste se negó a platicar con los medios locales.

El rechazo no importó; el objetivo se había cumplido: cautivar a quienes no conocían su música, pese a 25 años de trayectoria. Como desde hace muchos años y muchos discos, Fito Páez dejó de ser solo un argentino para ser un ciudadano del mundo. Su cita no tuvo fronteras ni banderas en Puebla.

 
 
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