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Viernes, 13 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 EPIDEMIO-LÓGICA 

Archaea

 
JOSÉ GABRIEL ÁVILA–RIVERA

La biología siempre ha ejercido una fascinación que difícilmente puedo describir. Cuando en la escuela preparatoria supe que los seres vivos se clasificaban de acuerdo a un orden que Carl von Linee, o Carolus Linnaeus (1707–1778) propuso hace más de 200 años, no me cansaba de repetir la taxonomía con una soberbia que hasta la fecha presumo (obviamente sin que la gente sepa que fue una de las pocas cosas que aprendí en esa época): reino, phylum, clase, orden, familia, género y especie. Entonces mi definición de ser humano era del reino animalia (por ser multicelular); phylum chordata (palabra derivada del latín y que quiere decir “cuerda”, pues toma como referencia a lo que será la columna vertebral); clase mammalia (ante presencia de glándulas que secretan leche para alimentar a los críos); orden primate (característica de poseer ojos frontales y dedos pulgares); familia hominidae ( por el desarrollo de corteza cerebral y visión estereoscópica); género hommo (debido a la posición bípeda, es decir, en dos pies y la espina dorsal “curveada”) y especie sapiens (por la capacidad de hablar y tener lo huesos craneales delgados).

Identificar seres vivos de acuerdo a sus características era una experiencia muy estimulante desde el punto de vista mental, pero cuando recibí las clases de microbiología y supe que el biólogo, filósofo y médico alemán Ernst Haeckel (1834–1919) propuso dividir a los organismos unicelulares y los multicelulares, para culminar con cinco grandes reinos planteados por el botánico Robert Harding Whittaker (1920–1980) que organizaba a los seres vivos en animal, vegetal, protista, fungi y monera, ubicar descriptivamente a un microbio comenzó a volverse una cuestión mucho más compleja que la simple memorización de latinismos “rimbombantes” con la que pudiese dejar boquiabierto a cualquiera que me escuchara. La vocación de merolico se vino abajo, dejando a los hongos en el reino fungi y a todos los otros microbios dentro de los protistas. Pero hace poco supe que mis complicaciones en la comprensión de la naturaleza biológica no se gestaban en mi ignorancia.

El siglo XX tendría un dinamismo extraordinario en la búsqueda de la clasificación de la vida. En los años 80 se propuso como determinante la historia evolutiva de los seres vivos. Surge así el concepto de filogenia (derivada de las palabras griegas que significan “tribu o raza” y “origen o procedencia”). Hay entonces organismos monofiléticos, lo que quiere decir que han evolucionado de un antepasado “común”. Así, en 1990 se pudo reducir, mediante estudios de material genético, a tres grandes dominios denominados bacteria, archea y eukarya. Este sistema brinda a los biólogos una mejor forma de ubicar a los seres vivos independientemente de que aún sea válida la clasificación de Linee.

Los archeas fueron descubiertos en lugares con ambientes extremos, como sitios con fríos que aparentemente son incompatibles con la vida, o lo contrario, como zonas con calor incluso ligeramente mayores a los 100° C. Pueden estar en lugares que tienen concentraciones muy altas de sal y hasta en pozos petroleros. Pero esta característica no los hace raros sino particularmente abundantes, llegando a ser considerados como seres que representan el 20 por ciento de la biomasa microbiana marina. En la tierra pueden prosperar prácticamente en todos los medios, incluso en zonas contaminadas o en el mismo suelo. Por eso es fácil pensar que constituyen unos de los más abundantes organismos en el planeta. Curiosamente no son responsables de enfermedades en nosotros (aunque se ha propuesto que pueden causar algunos problemas periodontales), pero esto nos puede inducir a pensar que su baja capacidad de ocasionar enfermedad se debe a su extraordinaria facultad de adaptación y por lo mismo, su implacable permanencia en el medio, a pesar de la brutal alteración de los ecosistemas que provocamos los seres humanos. Se discute la probabilidad de que hayan sido los primeros en condicionar el fenómeno que conocemos como vida; sin embargo, cuando los imagino, no puedo dejar de percibirlos como los patronos imperecederos de la evolución. Nos es difícil imaginar que, gracias a ellos, a pesar de ser unos microbios diminutos, nosotros estamos aquí.

 
 
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