La agenda política del país se define, exclusivamente, por las necesidades publicitarias y de legitimación del Estado. Más que informar y privilegiar la discusión racional y dialógica de los grandes temas nacionales, el Estado busca, a través de la redundancia y el efectismo comunicativos, crear un estado emocional en el receptor –a veces cercano al pánico–, elaborar un producto para su consumo, subestimando la inteligencia democrática de la nación.
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Aunque se aproximan, hay distinción entre engaño y seducción; la política franquea sus límites, sin confundirlos.
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Tout Ubu. En este país, la clase política es cada vez más patética: mientras más intenta engrandecerse se muestra más ridícula y simiesca
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El planeta de los simios. El planeta de los simios ha rebasado la pantalla televisiva para incrustarse en la cotidianidad política del país: un mundo dominado por monos que persiguen y aplastan toda huella de racionalidad humana
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Este país se hace cada vez más kafkiano, pero no por el retrato de la burocracia que hace el escritor checo en El proceso, sino por El castillo: eso que entendíamos por autoridad, o ya es solamente una fantasmagoría o ya ni siquiera se encuentra en Palacio
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Lo “real” siempre regresa, decía Freud. Lo sorprendente es el modo como la clase política lo ha precipitado sobre nosotros.