Si bien el tema del cambio climático global, es un fenómeno socio ambiental aceptado por la mayoría de los científicos del mundo, existen voces que difieren de la existencia de este fenómeno, atribuyéndolo más a un efecto distractor de los gobiernos dominantes del mundo. Al respecto me permito compartir varias ideas.
La primera tiene que ver con mantener el espíritu crítico que debe acompañar a toda reflexión científica. En el caso contrario estaríamos ya no ante argumentos racionales si no ante actos de fe. Por ello resulta muy sano mantener siempre un estado de vigilancia epistemológica, como diría Gastón Bachelard, que no obstante se abstendrá de invalidar de antemano la teoría que se pretende cuestionar –en este caso, la sostenida por el Dr. Toharia Cortés durante su conferencia magistral del pasado 6 de octubre, en el Complejo Cultural universitario. En segundo lugar debo señalar que no se debe utilizar el “pretexto del cambio climático” para justificar los desastres socio ambientales, como fue el caso de las inundaciones de Tabasco o los deslaves en la Sierra Norte de Puebla. Caer en esta posición es irresponsable por parte de los gobiernos, y ofende la inteligencia del ciudadano bien informado. En tercer lugar debe mencionarse que el reto que plantea el cambio climático requiere el diseño de inéditos programas de educación e investigación, y de diseño y gestión de políticas públicas, en la medida en que las alternativas a las problemáticas derivadas de este fenómeno son, por la naturaleza del mismo, de un claro perfil interdisciplinario. Con esto quiero decir que las respuestas a tan grave problemática de ninguna manera es aconsejable provengan de la racionalidad instrumental positivista que, precisamente, gestó la crisis a la que nos estamos refiriendo.
La crisis del cambio climático implica un replanteamiento de las formas de gestionar y generar el conocimiento y las políticas públicas. En este sentido, el horizonte del desarrollo sustentable es una guía indispensable. Una cuarta idea tiene que ver con la existencia de voluntades e intereses políticos de “ver” o bien de “ocultar” o en el mejor de los casos minimizar la evidencia de que los problemas ambientales que el mundo afronta actualmente están asociados a un estilo de desarrollo tan depredador como excluyente. Me refiero a la evidencia de estudios e investigaciones de los más variados signos y procedencias, en un abanico que abarca desde la antropología y la sociología a las ciencias exactas, la geología y la historia ambiental. Pero además, desde la filosofía de la ciencia está reconocido con creces que las sociedades a lo largo de su historia establecen (construyen) y privilegian el tipo de problemas que deciden solucionar, así como la manera de abordar dichos problemas. Así pues, son las sociedades las que le dan sentido, importancia y jerarquía a los problemas ambientales, y no éstos los que se imponen por sí mismos a la percepción y a la conciencia. Hablo de un fenómeno de carácter eminentemente simbólico, mediante el cual las sociedades comparten valores y explicaciones ideológicas. De manera que un mismo problema ambiental (acceso al agua potable, digamos) o bien una misma estrategia de desarrollo ambiental (sustentable o sostenible), pueden cobrar significados completamente diferentes e incluso antagónicos, de acuerdo con la mirada del analista, inevitablemente ideologizada.
Una quinta idea reconoce que estamos arribando a un cambio de época civilizacional, que implicará muy probablemente un “switch” energético de proporciones inimaginables, con ajustes sociales nunca antes vistos a nivel planetario. Situación señalada por obras clásicas como los “Límites del crecimiento” de Dennis y Donella Meadows y colaboradores, así como el trabajo de “Energía y mitos económicos” de Nicholas Georgescu Roegen. El cambio climático probablemente representa un punto de inflexión en la historia humana, un punto de bifurcación y fin de una “imagen de desarrollo y progreso”, heredera directa de la modernidad. Lo que distingue la época actual es una percepción social, cada vez más generalizada, de estar ante fenómenos de magnitud imprevisible, de origen en gran parte antropogénico, que ponen en riesgo todo el aparato productivo del planeta. Los acompaña –y en esto coincido plenamente con el doctor Toharia– la irracional negativa de los gobiernos y de las empresas responsables por tomar radicales y efectivas acciones para frenar dicha crisis.
Una sexta y última idea –por lo que a este breve artículo se refiere– consiste en reconocer que la doble cara de la crisis ambiental. Por un lado, es una crisis epistemológica, esto es, que afecta las formas de construcción del conocimiento. Por el otro, nos enfrenta a un serio problema ético, que privilegia el conocimiento al servicio de los intereses particulares por encima del bien colectivo. Las implicaciones para los que trabajamos en la investigación de la interacción entre naturaleza y sociedad desde una crítica de los modelos de desarrollo dilapidadores de energía son tremendas. Implicará, necesariamente el abandono de los estilos de vida que conocemos, sencillamente porque despilfarran energía en beneficio de unos pocos. Y el obligado cese de este derroche tendrá que traer, si en verdad tenemos conciencia de lo que está ocurriendo con la humanidad, la paulatina abolición de la pobreza que ha hecho de nuestro modelo civilizatorio uno de los más injustos que hayan podido concebirse.