Con sus pasos cansinos va por las calles de Tlaxcala. De su brazo cuelga una canasta que pesa más de 30 kilos, pues en ella lleva sus polvorones, unas ricas galletas de vainilla o nuez que ofrece de casa en casa o a los transeúntes, con la ilusión de que al final de la jornada tenga las ganancias suficientes para vivir.
Aunque la carga es pesada, para Cecilia Jiménez, una mujer de 60 años de edad, no lo es tanto como la loza que aplasta su corazón. Desde hace año y medio tiene que trabajar en esta actividad porque sus dos hijos –“los que veían por mí”– murieron trágicamente.
Todas las mañanas, al alba, sale de la casa de una de sus hermanas, en donde ahora duerme como una visita, para salir a buscar el sustento diario. No importan los fríos de la mañana ni los rayos solares del medio día que casi calcinan su cuerpo, doña
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