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Martes, 10 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

Carga Cecilia con una loza en su corazón

 

Pese a que sólo vende galletas, autoridades del municipio de Tlaxcala hostigan a doña Cecilia, por lo que pide su comprensión / Foto Alejandro Ancona
JUAN LUIS CRUZ PÉREZ

Con sus pasos cansinos va por las calles de Tlaxcala. De su brazo cuelga una canasta que pesa más de 30 kilos, pues en ella lleva sus polvorones, unas ricas galletas de vainilla o nuez que ofrece de casa en casa o a los transeúntes, con la ilusión de que al final de la jornada tenga las ganancias suficientes para vivir.

Aunque la carga es pesada, para Cecilia Jiménez, una mujer de 60 años de edad, no lo es tanto como la loza que aplasta su corazón. Desde hace año y medio tiene que trabajar en esta actividad porque sus dos hijos –“los que veían por mí”– murieron trágicamente.

Todas las mañanas, al alba, sale de la casa de una de sus hermanas, en donde ahora duerme como una visita, para salir a buscar el sustento diario. No importan los fríos de la mañana ni los rayos solares del medio día que casi calcinan su cuerpo, doña Cecy siempre está puntual en sus ventas.

Originaria del Distrito Federal, llegó a Tlaxcala hace año y medio para instalarse con una de sus hermanas que la apoya al darle un hogar, pues desde que murió el mayor de sus hijos no tiene una casa propia ni quien se haga cargo de ella.

“La verdad es que trabajo por necesidad, como muchas mujeres. Hasta hace unos meses yo estaba en la casa de mi hijo, le ayudaba con los nietos y no tenía necesidades. Pero la vida a veces se pone dura, mi muchacho sufrió un accidente en carretera y ya no volvió jamás, se me murió”, rememora entre sollozos.

Aunque de inmediato limpia las lágrimas de sus marchitas mejillas, refiere que “se acabó mi familia. Él y sus hijos eran mi mundo, pero con su muerte se rompió mi familia, ya que al no estar conmigo las cosas cambiaron, mi nuera tuvo que buscar su vida, la de sus hijos y ni modo que cargara conmigo, por eso me vine a Tlaxcala”.

Sólo con una maleta en la que acomodó su ropa y sus recuerdos, doña Cecy llegó a Tlaxcala a invitación de su hermana, pues hace tres años su otra hija murió de manera inexplicable. “No por favor, no quiero entrar en detalles de eso, me duele mucho recordarlo, pero creo que me la mataron y ni el gobierno ni los policías lo aclararon. Me quedé sola y así voy a terminar”, refiere.

Por esta razón y para “no volverme una carga”, como nos explica, encontró en la venta de polvorones un trabajo para mantenerse y “para entretenerme, pues a mi edad, recordar estas cosas es muy difícil, que no me gustaría que nadie las pase”, acota.

Desde las 7 de la mañana, después de tomarse un café y un desayuno “bien fuerte”, sale a vender. Ataviada con dos suéteres “por este frío que está muy fuerte”, así como un sombrero de palma “para taparme del sol”, la mujer se pasa hasta 12 horas tratando de comercializar sus galletas por las calles de la ciudad capital.

–¿Cuántas galletas hace  todos los días?–, se le inquiere.

–No joven, qué bueno fuera que yo las hiciera. Sólo me alquilo de vendedora, pues el negocio es de un señor quien me da a vender el producto y me paga según lo que venda. Son casi 15 centavos por galleta o un peso con 50 centavos por bolsa, así que debo apurarme para ganarme mis centavos”.

Un día de buenas ventas le da a doña Cecy para llevarse a su bolsa 70 o hasta 90 pesos, pero son los menos, ya que “hay ocasiones que saco 30 o 40 pesos, pero no nos queda de otra, si tienes ventas ya la hiciste, y si no, pues te amuelas”.

–¿Entonces se pasa todo el día en la calle trabajando?

–Sí, prácticamente sólo llego a cenar a la casa de mi hermana, pues me la paso en las ventas y después voy a hacer cuentas para que me paguen.

– ¿Y dónde come usted?

–Hasta que llego a la casa. Dejo bien desayunado, me traigo una botella con agua y de ahí hasta que llegue a la casa, pues este trabajo no alcanza para comer en la calle, responde.

A pesar de esta situación, doña Cecy asegura que le ha tomado un cariño especial a su trabajo, a su nueva vida, porque “la gente, mis clientes son amables, no tengo nada que decir, pues me compran las galletas y hasta me hacen encargos, por eso la vida se me ha hecho menos pesada”.

Sin embargo, el trato que tiene de parte de las autoridades municipales no es lo mejor que a ella le haya pasado, pues el comercializar sus galletas en la vía pública le ha traído sus sinsabores, comenta.

“Me han querido detener o me asustan de que me van a recoger la mercancía, pero si les digo que no hago nada malo, más que ganarme mis pesitos, por eso a través de usted le pido a las autoridades municipales que no me persigan, no hago daño a nadie, pues viene un señor que es del ayuntamiento que es muy grosero conmigo y me niega el trabajo”, sostiene.

A pesar de esta situación, doña Cecy reconoce que todos los días los inicia con una bendición y un agradecimiento a dios, a quien únicamente le pide “que me dé fuerzas para seguir adelante y que viva sin muchas necesidades, que me prepare para cuando él me llame para estar con los míos”.

 
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