A la inversa de España, en México el aroma que trae el humo de los puros y la presencia bovina y equina llega con los fríos de noviembre, para armar ese olorcillo peculiar de las tardes de toros, hecho también de expectación, esperanzas y adrenalina. Por lo pronto, la inauguración de la temporada capitalina estaba anunciada para ayer, con un cartel a modo para el lucimiento de Enrique Ponce, que goza aquí de todas las prebendas, incluida la del canje, convenido con su socio Herrerías, de su participación fija en la corrida de aniversario –ahora que el 5 de febrero dejó de ser feriado según el calendario oficial–, por la del festejo de apertura, el único que ofrece ciertas garantías de buena asistencia a la Monumental, una vez arruinado el negociazo anteriormente seguro del día del villamelón. Enmarcará la vuelta del caprichoso valenciano –autor con el toro “Notario” de su mejor faena en la México el 8 de febrero último–, la despedida del veterano Manolo Arruza, que ya casi no toreaba. Y veremos qué tal anda Fermín Spínola, quien a despecho de su buen desempeño en la temporada grande anterior ha sido poco tomado en cuenta por las empresas del país. El ganado anunciado procedía de San José, vacada de origen del famoso “Notario”, y lógicamente, se trataba de un encierro apañadito y bajo, ideal para que el maestro de Chiva exhibiera su clase y poderío tan decantados..
Apoteosis del subdesarrollo
En radical cambio de táctica con respecto a la temporada anterior –que empezó con puros carteles a base de diestros mexicanos y una nula respuesta de público–, la administración del coso de Insurgentes ha optado esta vez por apuntalar cada cartel con un espada de importación, de modo que para los domingos que vienen están anunciadas las presentaciones de Manzanares, Perera, Cayetano, Morante de la Puebla, Daniel Luque, José Tomás, Antonio Barrera, El Capea, El Juli y Hermoso de Mendoza. Del lado nacional, sobresalen los nombres de Uriel Moreno El Zapata, Arturo Macías y Rafael Ortega, y se espera logren colocarse toreros tan prometedores como Spínola y José Mauricio –autor de la faena del año por un torero mexicano en la capital, por la que bordó con el noble “Azucarero”–, además de jóvenes de alternativa más reciente como El Payo y Mario Aguilar, productos de lujo de la escuela queretana Tauromagia; el resto huele a relleno, un flaco conjunto que incluye, entre otras lindezas, la reaparición de Miguel Espinosa. Y que hace temer que los muy puestos y toreados diestros hispanos exhiban hasta con saña las inconsistencias de nuestra exigua baraja.
¿Y el ganado?
Todo se acepta si por la puerta de toriles salen toros de verdad, es decir, con su edad reglamentaria, los kilos justos y limpios de pitón. Y de divisas que realmente se hayan ganado un sitio en los carteles, y no sólo de criadores afines a la empresa. Lo malo es que ésta se ha mostrado extrañamente omisa para informar sobre el tema, lo mismo que sus siempre serviciales publicronistas. Una buena pauta la dará el encierro de San José reservado a Enrique Ponce para la inauguración. Veremos si, contra todo pronóstico, se trata de toros auténticos. O son novillos inflados, servidos a la carta para complacer a la figura.
Ausencias
Aunque El Zotoluco, pese a su prolongado distanciamiento del empresario, tendría que formar parte del elenco por capacidad y trayectoria, la ausencia más inexplicable y lamentada es la del francés Sebastián Castella, triunfador absoluto de la última temporada europea –Madrid, Sevilla y Nimes para empezar–, y que se encuentra haciendo campaña en nuestra país con los mismos arrolladores resultados. Y entre los mexicanos jóvenes pero maduros, la de Ignacio Garibay. De nuevo, las listas negras a que tan aficionado es Rafael Herrerías privarán a los capitalinos del disfrute de una verdadera muestra de lo mejor del toreo mundial, representado también por espadas sudamericanos como el colombiano Luís Bolívar, reciente triunfador de Guadalajara.
Febril actividad
En realidad, la temporada empezó desde mediados de octubre, y varios ases extranjeros no limitarán este año su presencia a la cazuela capitalina y ya han roto a torear en cosos como Aguascalientes, Guadalajara, Pachuca, Monterrey, Tijuana, Morelia o Guanajuato. Sobresale, como siempre, la seriedad de la temporada en el Nuevo Progreso, donde andan ya por el sexto festejo de su serie mayor, que ha registrado sonoros triunfos de Castella, El Payo y Bolívar, y encierros de presentación y casta sobresalientes, de los cuales es ejemplo el de Barralva corrido hace dos domingos o el de Real de Saltillo que lidiaron ayer El Conde, Antonio Barrera y Guillermo Martínez, tercia más bien modesta pero con hambre de gloria y redaños para dar y prestar. El francés Castella ha triunfado fuerte en Aguas, Guanajuato y Guadalajara, y se presentaba ayer en Monterrey, con El Zotoluco y Macías. Ponce entusiasmó en Tijuana y cortó sendos rabos en Morelia y Guanajuato. Y Barrera también está muy activo y tampoco se ha quedado atrás. La respuesta más firme corrió hasta ahora a cargo de Eulalio, Macías y El Payo, aunque se espera una pronta respuesta de Garibay y suscita justas expectativas el recién alternativado Mario Aguilar. Es apenas la avanzada, pero ya ha traído calor y color a nuestras plazas.
¿Y Tlaxcala?
En una feria planeada para privilegiar la cantidad sobre la calidad, lo que más se ha echado en falta es el toro. La cosa empezó mal, con sendas mansadas de Marrón y Torreón de Cañas (en la primera, Zotoluco cortó oreja a un novillo de obsequio y el Día de Muertos, El Zapata dos al único medianamente potable, en tarde ensombrecida por la una leve cornada a Rafa Ortega). Anteayer se despedía Mariano Ramos y lo hizo desorejando a sus dos de García Méndez, al tercero de cuyos ejemplares, un berrendito de lo más simpático y embestidor, para el que hubo vuelta al ruedo, Alfredo Gutiérrez lo desorejaba por partida doble. Hubo además revelación de placa para conmemorar la faena de El Pana el 04.11.07, y orejita de consolación para el carismático Brujo de Apizaco. Lo malo es que todo esto, tan alegre y tan simpático, ocurrió con astados insignificantes, lo que difumina todo mérito de los diestros y convierte la fiesta en inadmisible pachanga. Presenciada, para colmo, por apenas media plaza.