De poco sirvió el apurado 1–0 sobre el Atlas del miércoles anterior –gol del Negro Velázquez, aprovechando la marca que arrastra Acosta en los tiros de esquina–, porque el sábado, la Franja fue una grupo sonámbulo ante la contundencia del Cruz Azul. Podrá discutirse la fatalidad de esos nueve minutos finales del primer tiempo, cuando entre Villalpando y una zaga calamitosa se las ingeniaron para abrir la puerta de par en par, permitiéndole a Vila subir su cuota de goles a 16, y a Mario Ortiz machacarnos con un 3–0 insuperable. Y podrá asimismo hablarse en pro de la resistencia que los diez poblanos que quedaron en liza tras la expulsión de Salinas, nada más arrancar el complementario, pero lo cierto es que el Puebla jugó empeñado en desmentir la madurez como equipo que había anunciado el anterior Semanálisis (02.11.09). En los cuatro goles cementeros –el suplente Zaballos cerró la cuenta en tiempo de compensación, aprovechando la ausencia de marca para aplicar un cómodo frentazo sin necesidad de saltar—la confusión defensiva fue espantosa. Y en el se´gundo y el tercero, los rechaces de Villalpando, que volvió a las andadas, les cayeron a Villa y Ortiz a puerta abierta y sin obstáculo a la vista. Sabedor de que la mayor fortaleza del Puebla radica en su mordedor centro del campo, Enrique Meza eligió para la ocasión un equipo ligero y tocador (no alineó a Torrado), con la misión de transitar presto la media cancha y abrir juego a los extremos. Acertó plenamente. La desorientación camotera fue tan patente que no sólo la última línea se perdió en la bruma: tampoco adelante hubo capacidad para gestar una sola jugada de peligro, con lo cual se le dieron alas a un Cruz Azul que, resuelto el compromiso con su arrollador cierre de la primera etapa, se dedicó a sobrellevar la segunda, aprovechando la superioridad numérica y táctica para probar algunos suplentes y redondear la goleada.
Todo en contra. El resultado del sábado en el Azul tuvo un efecto balsámico para el América, que había sido alcanzado por la Franja a media semana y se encuentra de repente con la ocasión de desbancar al Monterrey del subliderato de grupo. Ahora el Puebla debe vencer al intratable Toluca en la última jornada, y aun así su calificación seguirá siendo improbable. Tal el doloroso doble efecto del tropezón sabatino.
Más de lo mismo. Que México –en este caso la Sub 17— pierda en penatis una eliminatoria no es ninguna novedad. Lo vienen haciendo desde que nació el mundial Sub 20, en 1977, cuando el Tri alcanzó la final sólo para caer ante la URSS por 8–9 (2–2 tras los 120’ de partido). Luego, la lista se alargaría tanto que resulta ocioso ponerse ahora a revisarla. Baste señalar que, en Nigeria, el equipo de González China había llegado a los cuartos con exceso de suerte, venciendo a un Brasil ínfimo gracias a grueso error de su portero, y a un excelente equipo nipón porque aprovechó sus dos únicas ocasiones de gol tras aguantar un aluvión que, entre remates devueltos por el marco y aproximaciones espeluznantes, consagró héroe del día al arquero Rodríguez, de lo mejor del cuadro azteca, aunque poco pudiera hacer por la causa cuando los sudcoreanos lo crucificaron en el desempate desde el punto de penal (2–4), luego que México había cedido una igualada de último minuto como castigo por encerrarse en su área dizque para conservar el 1–0 del primer tiempo.
Extraña paradoja. En la Champions, rumbo ya a su fase de definición, el momento estelar del que presume el futbol español no tiene por ahora más reflejo que la marcha del Sevilla al frente del Grupo G, líder invicto con 9 puntos, no obstante su empate en casa con el colero Stuttgart. Los otros tres hispanos saldaron la semana con otras tantas igualadas. Y para el Atlético, empatar en casa al Chelsea (2–2 con par de golazos del Kun Agüero) supuso liza y llanamente la eliminación. Pero Real Madrid (1–1 en San Siro ante Milán) y Barcelona (0–0 en su visita a la rusa y gélida Kazan) no están en un lecho de rosas precisamente, aunque se les supone lógicos favoritos para clasificarse a los octavos. Por ahora, merengues y rossoneros marchan codo a codo en el GC, ambos con 7 puntos por 6 del Olimpique de Marsella. Más comprometida parece la situación del Barsa, empatado a 5 con el Rubin Kazan y en tesitura de recibir al Inter, líder con 6 en el GF. Por el contrario, los ingleses ManU, Chelsea y Arsenal marchan desahogadamente, coincidentes en 10 puntos y el liderato de sus respectivos grupos. En cambio, el Liverpool perdió ya el tren (4 puntos y tercero del GE, que encabezan con 10 los franceses del Lyon, a los que sigue con 9 la Fiorentina). Otro fracaso estrepitoso –que, como el de los reds, tiene también amargo reflejo en la liga local—ha sido el del Bayern Munich de Van Gaal, cuya derrota en casa ante el Burdeos lo hunde con 4 unidades por debajo de los 8 del Juventus y los 10 del sorprendente cuadro galo, líder del GA. En general, a dos fechas del cierre, nadie tiene asegurado el potaje, ni encandila algún aspirante claro a la final de mayo en el Bernabéu.
Clásicos a la carta. En Estados Unidos llaman Clásico de Otoño a su (autonombrada) Serie Mundial de béisbol, que se juega una vez al año. En cambio, el planeta–futbol es capaz de reunir en pocas horas un montón de duelos realmente clásicos en las latitudes más diversas del ancho mundo. Este fin de semana, por ejemplo, Madrid, Londres y Guadalajara, y unos días antes Buenos Aires, donde la expectación levantada por el Boca–River se saldó con decepcionante 1–1. Lo mejor parece haber ocurrido en el Vicente Calderón, donde el Atlético no puede con Real Madrid desde hace 10 años. El sábado tampoco, aunque Forlán y Agüero aminoraran al final una desventaja de 0–3 en favor de los blancos (Kaká, Marcelo e Higuaín, puros goles sudamericanos). La misma tensión alta prevaleció en Stamford Bridge, fortaleza londinense del Chelsea, cuyo juego no justificaba la victoria mínima sobre un Manchester United más peleador que fino. El arbitraje fue tan negativo que el gol en offside (Terry) fue apenas una de las muchas pifias en que incurrió el nazareno. Y en nuestro país, otro par de clásicos llenaron el México 68 (el miércoles, en el 3–2 de Pumas al América) y el Jalisco, donde el decadente Atlas fue incapaz de detener su caída libre, favoreciendo así a un Guadalajara apenas un poquito mejor, pese al contundente 1–4 final.