Una de las experiencias más comunes que comparten los partidos políticos en Tlaxcala es vivir una vida prestada. Así sucedió en el PRD a partir de 1998 y así ocurre con el PAN desde 2004. Su crecimiento es producto del poder.
Los dos partidos políticos que arribaron al gobierno del estado tenían una existencia marginal hasta que la suerte les permitió ser tomados en cuenta para que sus siglas cobijaran las rupturas en el PRI.
El trabajo que como oposición realizaron a lo largo de su existencia, que no es poca cosa, se les olvidó y repitieron la experiencia del tricolor, al convertir el Poder Ejecutivo particularmente en una gran bolsa de trabajo.
La formación de cuadros y el fortalecimiento de la estructura se consideraron que eran sustituidos por las lealtades derivadas de la integración de sus militantes y simpatizantes a una chamba y con ello al usufructo de lo público.
El PRD se fracturó casi al final del sexenio anterior porque muchos de los líderes y sus grupos fueron marginados de la decisión principal y con ello eran retirados de lo que durante seis años les había permitido crecer: el dinero público.
En el PAN sucede una cosa similar, los liderazgos no son tales y a pesar de que muchos blanquiazules se desempeñan en la primera línea del gobierno estatal, su operación política es casi inexistente, por no decir nula en su propio partido.
Una vez elegidos los delegados y habiendo en Acción Nacional tres fuerzas en un partido, sólo resta esperar cómo se agrupan dos de los tres grupos para dejar dos de ellos: uno afiliado al gobierno del estado y otro como oposición a éste.
En el proceso interno para renovar la dirigencia local y el Consejo Estatal no se observa el verdadero poder de la Alianza Ciudadana, sin el cual el blanquiazul es algo así como nada. Sin duda que la definición del Comité Directivo Estatal será la primera prueba en la que los pansitas descubrirán que, como el rey, andan desnudos.