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Viernes, 6 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 EPIDEMIO–LÓGICA 

De pelos

 
José Gabriel Ávila Rivera

Cada vez es más común escuchar expresiones que, con un significado distinto al original, enuncian otra cosa. Esto no es raro y tampoco constituye un motivo de preocupación, ya que los idiomas son dinámicos; sin embargo, fácilmente se cae en la vulgaridad y en la ignorancia, condición que es criticable, sobre todo, cuando “comunicadores” de medios masivos las emplean en una forma indiscriminada, lastimando al idioma, provocando un fenómeno de inducción a la falta de educación y estableciendo un fomento a la cultura mal encaminado.

Cuando algo llama la atención y es, digamos, bueno o bonito se dice que “está de pelos”. El origen de esta frase provine de los espectáculos que solían dar bailarinas exóticas en teatros. En un intento de hacer artístico y erótico el baile, el público solía gritar: “pasarela, pasarela, pasarela, pasarela”, invitando a la dama a un recorrido entre el gentío, mostrando sus dotes físicas (retirando parte de su ropa) y la habilidad en el baile; pero ya después de haber transitado por ese espacio la gente gritaba: “pelos, pelos, pelos, pelos”, solicitando que la mujer se desnudara para mostrar el vello púbico. Esto no siempre sucedía, pues la exhibición de la anatomía era una decisión de la bailarina, que si era tratada en forma vulgar no determinaba que se quitara ni los aretes.

Al otro día, cuando alguien preguntaba cómo había sido el espectáculo y se le respondía “de pelos”, con discreción ya se sabía detalladamente todo. Contrariamente, una negativa implicaba que no se presentó el tan anhelado desnudo. Últimamente he escuchado a señoritas que se comunican entre sí denominándose “wuey” o “güey” cuando la palabra en sus orígenes era un insulto derivado del animal buey, bovino sojuzgado que, halando el arado, sin capacidad de pensamiento e imposibilitado para tomar decisiones, lento y pesado, se la pasa siempre haciendo lo mismo. Y mientras encontramos gente que se atreve a salir en la televisión para decir que su voz no es su voz, pero sí es su voz al escuchar una malhadada grabación, se les llama a las niñas “botellitas de cogñac”, brindando el adjetivo de precioso, a un individuo más feo que el mismo satanás. Pero los médicos no nos quedamos atrás cuando explicamos que una infección tiene como característica “la pus”, siendo un sustantivo masculino y debiendo denominarse el pus. El primer dedo del pié se llama ortejo, de modo que es un pleonasmo llamar “primer ortejo” al dedo gordo y constituye un desatino hablar del segundo, tercero, cuarto o quinto ortejos. Cuando nos referimos a un trabajo de investigación abusamos de la palabra “reporte”, que según el diccionario de la Real Academia Española es sinónimo de noticia o chisme (por lo que es mejor hablar sobre un informe).

La palabra “severo” quiere decir riguroso, áspero, duro en el trato o en el castigo. Decir que un estado de salud es grave establece una descripción preferible. Pero bajo el interrogatorio elaboramos historias clínicas y nos vemos en la necesidad de preguntar ¿cuándo se inició la vida sexual activa? o ¿cuántas parejas sexuales ha tenido? se me hace difícil encontrar una forma lo suficientemente sutil para evitar herir susceptibilidades. ¿Me entenderán si pregunto el número de veces que le ponen “Jorge al niño”? Y tratando de descifrar cuando un paciente me explica que tiene un dolor que no es dolor, pero como que sí es dolor; hay quienes llaman a la comezón “armonía” y a la dificultad respiratoria “ahoguillo”. El dolor abdominal no es de “estómago”, sin embargo, se acepta la palabra retortijón como sinónimo de cólico.

El léxico en medicina es complicado y nuestra ignorancia lo hace más. Hace poco una persona me decía: ¿me puede revisar porque siento que tengo patas de gallo? Y al acercarme con la lupa en la mano y ver el rostro, de repente, se comenzó a desabrochar el zapato.

 

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