Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Viernes, 6 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 ENTREPANES 

Todo lo todo que todo es

 
Alejandra Fonseca

La muerte niña llegó con vestido humilde y huaraches de llanta. Con carita triste abrazó y cubrió a la niña. La enfrió. Los ojos de la niña quedaron fijos, a medio cerrar. Sin brillo. Opacos. La muerte niña se quedó un momento para levantar y llevarse a su par, al otro lado. El padre, solo, acostado en el suelo del hospital, aguardaba esa mañana. Eran ya 15 días que se había venido de su pueblo para estar al pendiente de su hija.

“Es la de en medio de cinco niños”, me dijo. “Tenía asma y ya no se compuso. Mi esposa no pudo venir. Donde vivimos no hay camino y se acabó de caer el cerro. No pasan los coches ni camiones. Tenemos que caminar mucho para agarrar transporte. Los otros niños lloran porque no querían quedarse solitos. Están chiquitos. Ésta tenía sólo siete años. Estoy solo aquí con mi niña.”

Sin llanto, sin impacto, sin rictus, la conformidad lo consoló por anticipado, rendido ante lo inevitable, el padre se ocupó de ver cómo la enterraba.

–¿Quiere usted que la llevemos a su casa, a que en el pueblo la entierren? –pregunté.

–No. No pasan y el panteón es muy chiquito. Ya no caben los muertos ahí, me explicó.

–¿Quiere usted que la crememos para que se pueda llevar las cenizas a su casa y ahí la familia, la tenga entre ellos un tiempo?

–¿Cómo es eso?

–Se quema el cuerpo, se vuelve cenizas y se las puede lleva en una cajita.

–¿Cabe en mi mochila?

–Sí.

–¿Y no me multan?

–No, ya son cenizas y nosotros le damos un escrito donde dice de quién son las cenizas, le entregamos los documentos que dicen de qué murió y todo es legal.

–Bueno, eso está bien, pero mejor no.

–¿Quiere que la enterremos?

–Sí, aquí en Puebla.

–¿Y su esposa va a venir?

–No puede. Tiene que cuidar a los otros niños. Lloran si viene.

–¿Ya comió usted?

–No, sólo tomé café.

–¿A qué se dedica usted?

–Soy albañil. Mi esposa lava ropa allá en el pueblo. Me vine a Puebla pa’ tener dinero pa’ que coman.

Había un aire extraño en la capilla con el pequeño ataúd blanco al centro. Llevamos flores, una veladora y una cruz. Nos sentamos con él un rato mientras devoraba unas tortas que le llevamos, con refresco. Platicamos. Lo dejamos otra vez solo con su niña hasta el día siguiente lo acompañamos a sepultarla. Le dimos algo de lo que necesitaba en esos momentos. El y su familia necesitan todo. Y cuando digo todo, es lo todo lo todo que todo es.

Así estamos en este país.

 
 
Copyright 1999-2009 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV