III. El nuevo paquete fiscal: el lado del gasto
En una situación de recesión, con el consiguiente alto margen de capacidades de producción ociosas, la demanda o gasto que puede ejercer el gobierno pasa a jugar un rol vital.
Si observamos el proyecto de gastos del sector público para 2010, podemos resaltar algunos rasgos que pasamos a señalar.
El gasto primario, en términos absolutos y a precios constantes de 2010, cae en 0.6 por ciento respecto a 2009. Y como por ciento del PIB, pasa desde 23.3 por ciento en 2009, a un 22.4 por ciento en lo programado para 2010. Que estos movimientos hacia abajo tengan lugar en una fase recesiva bastante profunda es algo que llama la atención y que vamos a comentar más adelante.
Para el gasto programable tenemos que un 78 por ciento se aplica como gasto corriente y el otro 22 por ciento como gasto de capital, una cuota bastante baja. Para el gasto corriente se pretende un crecimiento del 2.7 por ciento y para el de capital, un descenso de 13.5 por ciento.
En el gasto corriente puede ser útil distinguir dos rubros gruesos de interés: los destinados a pagar sueldos y salarios y los que se aplican a programas de asistencia a los segmentos más pobres y desamparados de la población. El primer rubro acapara un 45 por ciento de los gastos corrientes, y de él se tiende a sostener que una parte excesiva se destina a los altos mandos. Por ejemplo, a la Suprema Corte de Justicia se le asigna un presupuesto de 4,4476 millones de pesos, cifra superior en un 6 por ciento al de la Universidad Autónoma Metropolitana y casi ¡2.6 veces superior al presupuesto programado para el Hospital General de México!
En cuanto al gasto asistencial no hay una partida que los agrupe con claridad y por ello, en ausencia de una investigación especial, sólo podemos esbozar una aproximación. La clasificación del gasto por funciones para 2010 aplica un 57.2 por ciento a desarrollo social (educación, salud, programas asistenciales, etcétera), un 33.8 por ciento a desarrollo económico y un 9.1 por ciento a funciones de gobierno. El rubro subsidios (que es parte de otra clasificación), donde entran programas como el de Oportunidades y el de Seguro Popular, copa casi un 16 por ciento del gasto corriente. Si se le suman otras partidas conexas, muy probablemente se arribe a un 25 por ciento o más del gasto corriente.
En general, la composición del gasto refleja algunos aspectos que interesa subrayar y que son tendenciales; es decir, que van más allá de la coyuntura.
Uno: el muy bajo nivel de la inversión estatal, el que gira en torno al 4.0 por ciento del PIB. Algo que afecta directamente a la tasa de crecimiento e indirectamente, por el lado de las “economías externas” que provoca la inversión estatal, termina también por debilitar a la inversión privada.
Dos: el creciente parasitismo de la actividad estatal, su disociación de las actividades productivas y de impulso al crecimiento. Además, en muy alto grado, la transformación de las finanzas públicas en una especie de botín para los intereses privados. Esto, en un marco de corto–placismo que sólo busca ganancias y efectos inmediatos, del todo ajenos y contrapuestos a lo que sería una visión de largo plazo (o “proyecto nacional”) del país.
Tres: la creciente aplicación de fondos a los programas de asistencia social. Se trata de una especie de “caridad católica” encubierta con ropaje estatal. En otros tiempos se hablaba de la “sopa de los conventos” repartida por los curas. Y de las limosnas y óbolos que concedían las “nobles y ricas señoras” a los desarrapados de este mundo. Hoy, estas funciones han pasado a ser asumidas por el Estado neoliberal. Para el régimen su funcionalidad es clara: se trata de evitar la inanición y rebelión de los sectores más pobres y marginados. El punto resulta hasta siniestro: el sistema primero explota y marginaliza a buena parte de la población y luego, por la vía del gasto asistencial, busca hasta el agradecimiento de estos grupos sociales. Como quien dice: primero te robo 100 y luego te devuelvo 10. Con lo cual me pasas a deber apoyo y sumisión. El problema de estos programas, más allá de las apariencias, radica en su depredador impacto moral: extender y difundir aún más el estilo clientelar de lacayos y mendigos. Asimismo, se trata de programas muy poco productivos: ¿no sería mejor aplicar tales gastos a crear ocupaciones productivas que le permitan a la población vivir de su trabajo y no de limosnas?
IV. Sobre el eventual impacto de la politica fiscal propuesta
Nuestro análisis se hace primordialmente a partir del proyecto fiscal presentado por el gobierno. Ciertamente el paquete efectivo que debe ser aprobado por el parlamento será diferente. En este sentido, el examen del impacto queda sujeto a fuertes calificaciones. 5 No obstante, su utilidad básica va por otro lado: al examinar el proyecto y sus consecuencias, podemos sacar a la luz los reales propósitos que se persiguen con la propuesta.
En este sentido, y empezando por un planteo inicial muy sinóptico, podemos afirmar: i) el proyecto en cuanto tal, tendrá efectos recesivos en la economía. Es decir, ahondará el nivel de la crisis ya existente. Por lo mismo, podemos calificar como pro–cíclica a la política fiscal que se esgrime; ii) el proyecto también debe provocar un impacto regresivo en la distribución del ingreso. Afecta poco o nada a los grandes capitales y más a los medianos y pequeños. Asimismo, perjudica en mayor grado a asalariados y segmentos más pobres de la población; iii) acentúa el carácter parasitario de la intervención estatal: conserva gastos improductivos y subsidios a la pobreza, a la vez que mantiene en niveles mínimos a la inversión pública.
A primera vista, un cuadro evaluatorio como el indicado pudiera creerse que es hasta irracional, poco entendible. Sin embargo, debe aquí aplicarse el viejo díctum hegeliano: todo lo que existe tiene su razón de ser, aunque a simple vista esa razón no se encontrara. Y puestos a buscar esa “razón de ser”, nos podemos apoyar en la vieja pregunta de los latinos: ¿cui bono? Es decir, ¿a quién sirve este tipo de políticas recesivas? Para el caso, la respuesta ya no presenta mayores dificultades: es la fracción del capital que ocupa posiciones hegemónicas en el patrón neoliberal, la que trata de desplegar esta política fiscal procíclica. Es decir, opina que es favorable a sus intereses objetivos y, a la vez, percibe que una política diferente, anti–cíclica, provocaría exigencias y transformaciones incompatibles con su dominio e intereses. Estos son los intereses del capital financiero especulativo y de las grandes corporaciones que trabajan para los mercados externos. Estas, por ejemplo, no se interesan por vender dentro del país y aquí sólo buscan fuerza de trabajo barata, algo muy asociado al estancamiento económico y altos niveles de desempleo. En cuanto al capital financiero, baste un ejemplo: a éste le interesa mantener la liberación de los flujos externos, un tipo de cambio fijo y/o sobrevaluado, algo que asocian a tasa de inflación cero, altos niveles de desocupación y muy bajos ritmos de crecimiento. 6
En suma, desde el ángulo de los intereses objetivos de la fracción hegemónica del modelo neoliberal, la política que comentamos es coherente y racional. Por lo mismo, no debería sorprender a nadie y, asimismo, no llevarnos a caer en la ingenuidad de pensar que se trata de un “error”, atribuible a “mala información”, a “desconocimiento de la materia” y demás. Valga también agregar: tal racionalidad lo es para el grupo en el poder. Para el resto de la población (90 por ciento o más del país) tal política para nada es racional.
1 UAM Iztapalapa.
5 Terminado este ensayo, está casi ya aprobado el presupuesto de ingresos. Los cambios importantes son el rechazo del impuesto del 2 por ciento sobre el gasto en consumo y su reemplazo por un aumento de un punto portcentual en el IVA. Las consecuencias más gruesas, no serían muy diferentes respecto al proyecto inicial.
6 Aquí nos basta ejemplificar. El tema lo abordaremos en otro texto. Ver J. Valenzuela Feijóo, “Estacamiento y crisis en el México neoliberal”, cap. II. Edic. Universidad Autónoma de Chapingo, México, 2007.