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Martes, 3 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Estado
 
 

Noche de vela en Santa María Nativitas Cuautempan, como una máquina del tiempo

 
MARTÍN HERNÁNDEZ ALCÁNTARA

Como una muestra verdadera de amor, esta noche los vivos la pasan con los muertos. No hay llanto por los que adelantaron, pues los que se encaminan al mismo destino están seguros de que el olvido, al menos por una ocasión al año, no los acompañará a donde van.

Nadie se acuerda aquí, en Santa María Nativitas Cuautempan, cuando inició ni de dónde vino la costumbre de velar en el campo santo en el día de muertos. Los más viejos, quienes todavía parlan el popoloca, afirman que antes esa tradición se compartía en toda la región Mixteca, en parte de la Sierra Negra y llegaba hasta Tepexi de Rodríguez. Pero la verdad es que hoy hace falta avanzar 110 kilómetros hacia el sur, desde la capital poblana, y sortear una docena de municipios antes de arribar a esta junta auxiliar de San Vicente Coyotepec, para poder atestiguar un ritual que sólo puede verse en un puñado de localidades más a lo largo y ancho del territorio mexicano.

 

Máquina del tiempo

 

Como si fuera una máquina del tiempo, el panteón de Nativitas Cuautempan se convierte en el escenario para un encuentro de generaciones en tres temporalidades: el pasado, representado por quienes duermen en la eternidad. El presente, que pertenece a quienes honran a sus finados con alegría y nostalgia, esa emoción que, según dicen, es el  gusto de sentirse triste por algo o alguien que vale la pena.

Y el futuro, que se vislumbra en los rostros de los niños llevados de la mano y de los jóvenes alentados por la persuasión, quienes no podrán olvidar este rito pagano, el cual puede parecer macabro a muchos, pero que ellos no dejarán de repetir y, a su vez, heredar a sus descendientes, los no nacidos.

Aunque la majestuosidad en el cementerio de Santa María emerge cuando las sombras se ciernen sobre el pueblo, la verdad es que el ritual inicia desde las primeras horas de la mañana, cuando la gente acude a arreglar lo mismo las humildes tumbas que los sepulcros.

No hay en este lugar, empero, la fastuosidad de otros locales, donde se han edificado verdaderas capillas en honor a los difuntos, como una muestra de que hasta en la muerte los potentados se tienen que separar del resto de los mortales.

En Nativitas Cuautempan hay cinco o seis sepulcros pequeños, todos modestos. Incluso esa sencillez es guardada en el aposento de doña Blandina Torres de Marín, la madre del gobernador en funciones, Mario Marín Torres, quien, al igual que ella, nació en esta comunidad.

Las tumbas son regadas con pétalos de cempasúchil que, de tal abundancia, se convierten en sábanas de un intenso naranja, bajo las cuales parece reposar alguien que duerme. Otras flores como el clavel se colocan con menos profusión, pues hacen las veces de contraste.

Para la noche debe haber miles de velas largas y delgadas, de esas que sólo suelen observarse alumbrando ocasiones fúnebres. De los radios portátiles, los I Pod y los teléfonos celulares, sale preferentemente música del pueblo, aunque también se escuchan algunas rolas de moda y también el reguetón, uno de los muchos resabios de la diáspora.

Las conversaciones van de lo cotidiano al desahogo: una mujer sentada en una tumba, posando los ojos fijamente en una llama, platicaba a una pareja: “Ustedes no lo saben, pero yo volví aquí por mi padre. Yo vine aquí porque él me lo pidió en agonía. Si no hubiera sido por eso, yo andaría en otra parte, quién sabe dónde, pero no me hubiera quedado aquí, porque no me gusta. No soy tan buena como parezco”.

Del otro lado, cerca de la barda derecha que delimita al panteón, un hombre cuya edad apenas puede ser sospechada, parece dormitar o estar sumido en una remembranza hipnotizante dentro de la cobija de cuadros que le cubre todo el cuerpo.

De vez en vez, el hombre se despereza o retorna de ese viaje al pasado, a la reflexión del presente o al futuro, levantándose el sombrero de palma y acariciándose la cabeza. Está solo. Mejor dicho, está sólo con sus difuntos.

Pero el talante lúgubre hace sino minoría aquí, pues la mayoría está en la plática ligera, anecdótica, melancólica, pero también dicharachera, jocosa, graciosa y hasta alburera. Comparten tamales, tortas, sandwiches, tacos de suadero y longaniza, pan de fiesta, café, agua, refresco y chupe.

Son pocas las tumbas que no tienen la huella de la visita. De todas formas, para las dos de la madrugada del 2 de noviembre, ya hubo almas solidarias que ocuparon parte de su tiempo, flores y ceras para adornar la última morada de quienes hoy no fueron visitados, ya sea por descuido, por olvido fortuito, por las prisas o porque ya todos los sobrevivientes están del otro lado, en Estados Unidos o la capital.

Los que yacen bajo tierra deben estar de placemes, porque independientemente del lugar al que hayan llegado en el más allá, quienes los quieren –porque el verbo quisieron no existe esta noche–, están seguros de que arribaron sin contratiempos al paraíso. Y que por el anuncio de la agonía o por la vía rápida de lo inesperado, todos estarán algún día juntos, gozando de la paz eterna. Amén.

 
 
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