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Lunes, 2 de noviembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 TAUROMAQUIA 

La feria de Tlaxcala

 
Alcalino

Antes de que el cambio climático lo complicara todo, los asiduos a la feria anual en la capital del estado más taurino del país hubimos de soportar ya algunos desarreglos atmosféricos más o menos contundentes. El peor, tras el mano a mano Manolo Martínez–Roberto Domínguez de 1976, malogrado por una mansada atroz y ensopado por la violenta tromba que, no bien estoqueó al cierraplaza el debutante vallisoletano, se precipitó sobre el coso, que por cierto no era la Ranchero Aguilar sino una portátil instalada en terreno aledaño a la feria. Recuerdo que la lluvia se hizo más y más intensa conforme la larga fila de coches con destino a Puebla avanzaba en su viaje de vuelta, al grado que, sin ponernos de acuerdo, decidimos todos detener la marcha y buscar precariamente la cuneta, un alto que duró sus buenos 20 minutos antes que la visibilidad fuese aceptable. Lo rememoro porque este año el clima tampoco pinta demasiado bien, para desazón de quienes decidan emprender nuevamente la ruta de cada noviembre rumbo a la hermosa Tlaxcala, por más que la cartelería se antoje esta vez un tanto disparatada, dándose la paradoja de que el cartel más rematado lo integraban los novilleros encargados de abrir feria este sábado 31.

 

Evolución de una feria.

 

Estado fundamentalmente ganadero, Tlaxcala tardó en decidirse a programar formalmente una serie anual de corridas de toros. Empezó con cautela, allá por los años 50, con algún festejo aislado, siempre en torno a la fecha de Todos Santos, y normalmente de cuatro toros para dos espadas. Hasta que a mediados de los 60, la feria tomó más visos de formalidad y, con el auge del regiomontano Martínez y la posterior rivalidad regional Villanueva–Ponce de León, pudo finalmente consolidarse.

 

Concurso de ganaderías

 

La historia empezó con un rasgo peculiar: las corridasconcurso. Cada ganadero aportaba un astado y un jurado de lo más competente premiaba jugosamente al de mejor lidia, atenido a los atributos de casta y bravura característicos del campo bravo tlaxcalteca. Continuaban los manos a mano de cuatro capítulos, pero ahora en series de 3–4 festejos. En 1967, el duelo Capetillo–Martínez paralizó al México taurino, con el faenón del reinero a “Ruano” de Mimiauhápam como la nota aguda de la feria. Un año después, Martínez se superaba a sí mismo al quedarse con una corrida de edad y trapío sobresalientes, el primero de cuyos ejemplares hirió de gravedad a un encastadísimo Gabino Aguilar. Manolo bordó portentosamente a los tres suyos, pero el punto más alto de su gran tarde lo alcanzó con el de Soltepec, burriciego y resabiado, al que obligó a embestir aún no se sabe cómo. Y al final se registró esta paradoja: el toro ganador sería el enrazado Zacatepec que había herido a Gabino, y no el abecerrado mimiahuapense indultado, bastante a fuerza, por Manolo, 4º de la misma corrida (04.11.68).

 

La Ranchero Aguilar,

antes y después

 

La plaza más torera del país, con su vieja torre franciscana y su tendido extramuros, no siempre llevó el nombre del torero más importante que ha dado Tlaxcala. La leyenda dice que Jorge Aguilar “nunca tuvo suerte en su tierra”... hasta que se encontró con “Joronguito”, un castaño de Mimiahuápam, bajito, prodigioso de clase y bravura, al que le cortó el rabo en 1963, cuando por primera vez se programaron dos corridas. El Ranchero se despidió en la feria del 66, y la plaza lleva su nombre desde que falleció súbitamente en Coaxamalucan, mientras tentaba becerras, el 28 de enero de 1981.

 

Indultos y recuerdos

 

Extrañamente, un coso asentado en la región ganadera más importante del país perdió pronto su afición al toro hecho y derecho, muy venido a menos conforme crecía el número de festejos y se admitían, a guisa de cuatreños, utreros sin trapío y convenientemente “arregladitos” para comodidad de los toreros. La fiebre triunfalista cobró fuerza y la feria perdió entidad. Aún así, recuerdo un puñado de faenas memorables, culminadas a veces con el populista indulto. Ya me referí al de “Sarape” de Mimiahuápam, claramente prefabricado. Pero el propio Manolo protagonizó otro, en 1979, sin duda más auténtico, con un toro de Garfias y lejos de la Ranchero Aguilar, en una incómoda plaza de tientas de la feria. Antes, en el coso franciscano, Raúl Ponce de León había inmortalizado a “Mandamás” de La Laguna, y David Silveti bordaría memorablemente a otro burel perdonado, aquel capachito de Pepe Huerta de la feria del 94, sin más música que la nacida de la expresión y la pureza de su toreo. Y al margen ya de indultos, recuerdo la triunfal corrida presidida por López Portillo en la que Manolo, Cavazos y Lomelín cortaron nueve orejas, la huella dejada por Curro Rivera, Mariano Ramos o Jorge Gutiérrez en sus respectivas épocas grandes, la solera derramada por Antoñete y El Pana, juntos en el mismo cartel de 1987 –año de la tremenda cornada de El Glison–, la transmisión directa a Colombia para Radio Caracol con motivo de la presentación de César Rincón en la Ranchero, en el 91, una faena cuasiperfecta de Manuel Caballero a otro noble Reyes Huerta en 2000, previa a un coloquio delicioso con los Victorino Martín, padre e hijo... Y no dude usted que será alentados por tantos buenos recuerdos que volveremos a tomar ahora la carretera, en busca del toro perdido y el toreo soñado.

 

¿Y Puebla?

 

En los últimos tiempos, la llamada corrida universitaria suele suscitar la única entrada del año parecida a un lleno en El Relicario. Esta vez se celebró la noche del viernes, con animación, pero sin apreturas en las gradas, y con un terciado encierro de José María Arturo Huerta en los toriles. Como era de esperar, Arturo Macías se movió como en casa, sabedor de que le festejarían hasta la risa. Y cómo no, se alzó máximo triunfador con las orejas del 3º. Es un joven con pleno dominio de la escena y muchas cosas de torero, difuminadas en la empalagosa chabacanería a que invitan públicos tan ingenuos y acríticos como el nuestro. Más sobrio en todo sentido, El Zotoluco demostró el desperdicio que supone enfrentar su sólida tauromaquia con ejemplares sin poder ni trapío, ante los cuales necesariamente parece demasiado sobrado. Tal vez por eso, la orejita del 4, incluso se la protestaron. El inevitable relleno fue esta vez Christian Aparicio, tan fuera de forma física y taurina que ni siquiera lo poco bueno que insinuó le fue tomado en cuenta.

 
 
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