Catalina tiene ocho hijos. Todos ellos han migrado a EU y sólo uno está de regreso desde hace dos años; además de dólares, trajo consigo la enfermedad del alcoholismo que su madre ha tratado de combatir con poco éxito, afirma. Al tomar el micrófono, los ojos de Cata se llenan de lágrimas. Con voz entrecortada relata que los hijos se van por querer algo mejor para sus padres; sin embargo, “el vacío que tengo en el corazón no se llena con casas o las otras cosas que nos compran; siempre seremos unos padres abandonados”.
Dios me regaló ocho hijos, pero el virus de la migración me los arrebató. Eso nos genera enfermedad, porque uno sabe cómo los humillan allá, cómo tienen que sobrevivir a la corrupción; porque Estados Unidos es un lugar muy triste...
Todos mis hijos se fueron muy chicos, saliendo de la secundaria, entre los 16 y 18 años. El primero que se fue ya tiene 12 años allá. Antes venía cada tres años, pero desde hace cuatro ya no porque tiene esposa y un bebé y ya tampoco manda dinero. Con todos hablo cada ocho o 15 días por teléfono, pero a veces pasan meses sin que sepamos de ellos. Ya tengo a tres casados, con hijos. De mis nietos sólo conozco a una, los otros cuatro ya nacieron allá y nunca los he visto.
Se fueron porque aquí no hay mercado para vender nuestros productos. Por eso migran, porque aunque haya tierra, la gente prefiere comprar en los grandes almacenes extranjeros, en lugar de hacerlo en los pequeños puestos donde nosotros ofrecemos nuestras verduritas. Esos mercados como Wal Mart están acabando con nosotros, y ellos ni siquiera pagan impuestos y no pagan luz.
¿Y del otro lado qué hacen? Pues algunos trabajan en un restaurante. En barra, dicen ellos, preparando cubas de diferentes sabores de licor. Otro trabaja en construcción; él es el único que gana mejor, pero tiene esposa y tres hijos y paga renta para todos. Y otro más en un hotel haciendo limpieza y todo eso.
¿Mi esposo qué hace? Pues compra aguacate y lo va a vender a Izúcar. También siembra cacahuate y maíz, pero ya casi no. Yo tampoco voy tanto al campo como cuando tenía a mis ocho hijos, cargando la escopeta al hombro y llevándole comida a mi marido. Ahora a veces vendemos esquites y elotes en las noches, pero pues la necesidad ya nomás es sacar dinero para comer, pues ya no hay hijos que educar o mantener.
El cruce
Mis hijos me cuentan que los pasan por el Río Bravo y luego otros los levantan en camionetas al otro lado. Dicen que el desierto está lleno de víboras y marranos–jabalí y garrapatas, que cuando llegan ya a donde van se tienen que quitar la ropa para quitarse las garrapatas. “Y también está el peligro de caer al voladero, mamá”, me dicen.
Y luego dicen que los suben a una camioneta como mercancía, todos juntos. Y a quien le toca ir hasta abajo, cerca del escape, pues le toca el mero calor y toda la gente encima, y cuando sale, pues tiene todo el cuerpo a punto de explotar.
Y luego dicen que los polleros apartan a las mujeres y pues abusan de ellas. O después los mentados zetas las matan o las destazan. Y luego los mentados zetas o los polleros van drogados y no en su juicio.
“Creo que las oraciones tuyas y de mis tías que viven acá, del otro lado, son las que hicieron que no me pasara nada”, me contaban también.
*Tlapanalá es un municipio cercano a Huaquechula e Izúcar de Matamoros. De acuerdo con los datos del último conteo del INEGI (2005), su población es de 7 mil 994 habitantes, con 2 mil 836 concentrados en la cabecera del mismo nombre. Algunos de los productos cultivados en la zona son maíz, frijol, sorgo, jitomate y limón.