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Viernes, 11 de septiembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Fundar un museo dedicado al barro policromado y a don Alfonso Castillo, un proyecto de su familia

 

Martha Hernández Baez concedió una entrevista a La Jornada de Oriente / Foto Abraham Paredes
YADIRA LLAVEN / II Y ÚLTIMA

El arte que por un lado nos remite a la memoria histórica, que nutre y al mismo tiempo reedita las ofertas simbólicas en una cultura con tendencias cada vez más abigarradas y dispersas, no merece llamarse simplemente artesanía, como connotación a un arte menor, ni solamente popular, como algo circunscrito a lo meramente folklórico.

El arte de Alfonso Castillo Orta, Martha Hernández Baez y familia está en esa línea delgada. Además tiene el mérito adicional de estar inserto en una realidad contemporánea donde la memoria es más heterogénea y las innovaciones parecen, en numerosas ocasiones, propuestas inconclusas.

Más allá de la novedad de las modas, la celebridad individual, y las firmas de autenticidad que lo ubiquen en lo cosmopolita, como en lo estrictamente nacionalista, don Alfonso y los suyos reivindican con su arte lo lúdico, asegura el especialista en arte mexicano, Ernesto Eduardo Figueroa, en el libro El arte de la familia Castillo. Ecos desde un vientre de barro.

En justa correspondencia con el prestigio alcanzado, muchas de sus obras ya forman parte de valiosas colecciones reunidas en diferentes países del mundo, como bien lo ejemplifican las piezas: Vida y muerte, que esta en la Casa de Arte de Munich, en Alemania; Trajes típicos y ofrendas, en el Museo de Londres; Árbol de la vida y China poblana, en Viena, Austria; además de Trajes típicos, en la residencia del rey Juan Carlos de España.

Tan brillante trayectoria, avalada por distinciones y reconocimientos, dista mucho de haber sido una tarea sencilla: abandonar el oficio de agricultor, que le daba modestos beneficios, le habían permitido sobrevivir durante varios años de trabajo.

Fue una decisión muy difícil para don Alfonso, esposa y familia, dejar la crianza de 10 vacas –que compraron con un crédito de Banrural–, la venta de leche, y la elaboración de quesos y cremas, implicaba muchos riesgos sin la menor certidumbre de que su labor artesanal sería recompensada. Imposible suponer entonces, salvo como una remota ilusión, los incontables éxitos que le estaban deparados.

Tiempo después probarían suerte con un pequeño restaurante, negocio en el que invirtieron todos sus ahorros, que lamentablemente perdieron a causa de la devaluación de la moneda, que los obligó a cerrar el establecimiento. También don Alfonso le entró a la desgranada de maíz, y doña Martha a la costura.

 

El reconocimiento vino después de tres décadas

Fueron muchas las vicisitudes que el maestro Castillo y su familia tuvieron que pasar para llegar a la cúspide del éxito artístico, pero nunca abandonaron la artesanía. Tal vez motivados por su arraigada tradición familiar, pero sobre todo bajo el impulso de una firme convicción personal que ha inspirado y sostenido su creatividad.

Más de 30 años pasaron antes de que don Alfonso y su familia consiguieran el renombre de ceramistas. Un largo camino de carencias y sufrimientos, en el que no han faltado momentos de profunda desilusión, superados en gran parte gracias al apoyo incondicional de doña Martha, quien también aprendió a ser una gran artista del barro.

Fue ella quien concedió una entrevista a La Jornada de Oriente, para hablar de los proyectos que están pendientes, como la conformación de una asociación, que aglutine a los 14 talleres registrados en la localidad, que será presidido por su hijo Alfonso, tras una elección, y la fundación de un museo dedicado al barro policromado.

Dicharachera, como es doña Martha, nos platica amenamente de una y otra cosa que le recuerde a don Alfonso, flashazos que se le vienen a la mente. “Anduvimos de un lado a otro con nuestras piezas. Hay gente que no sabía ni le interesaba, otros nos apoyaron mucho… buscamos y buscamos, nunca paramos. Nos íbamos en un autobús a México, a Oaxaca, y después en camioneta hasta Los Ángeles, a San Francisco, y otras ciudades de Estados Unidos, porque las piezas son muy delicadas, y no nos confiábamos del avión”.

“Hubo gente en Puebla que nos apoyó, como los Samaniego; don Eduardo Barragán; don Francisco Adame, ex director del Museo de Santa Rosa, y doña María Teresa Pomar, directora del Museo de Arte Popular en México, que nos compraba muchísimas piezas. Así pudimos sostener a nuestros hijos”.

Luego vino el primer concurso de artesanías, en 1976, que ganaron con un nacimiento; y también solas llegaron las propuestas a exposiciones en diversas partes de México y el mundo.

–¿Qué es lo que sigue ahora, tras la muerte de don Alfonso?

–Estamos en la creación de una asociación que reúna a los talleres en Izúcar, para que registremos la marca colectiva de la técnica del barro policromado, porque Metepec ya nos ganó el registro del árbol de la vida. Ellos sí que están más unidos, que nosotros.

Otro de los proyectos, es la realización de una galería, en el centro de la ciudad, porque no hay un espacio que reúna y comercialice la obra de diferentes artesanos. También está la propuesta de apoyar la Casa de la Cultura de Izúcar, y rescatar otras cosas que tiene el pueblo, que se han perdido, y que por desgracia nadie apoya.

–¿Tengo entendido que la familia está planeando la creación de un museo dedicado al barro policromado y a don Alfonso?

–Sí, tenemos pensado realizarlo en la casa (ubicada en el barrio San Martín Huaquechula). Pero todo es paso a pasito. No sólo será de Alfonso, de mi Mano, también de su familia, de mi suegra doña Catalina Orta, porque ella es la que dio a conocer el barro fuera de Izúcar, e integraremos a otras personas, como a Aureliano Flores.

 
 
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