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Jueves, 10 de septiembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Alfonso Castillo abrió brecha a los artesanos  de Izúcar en el extranjero: Martha Hernández

 

 

Alfonso Castillo Orta y Martha Hernández Baez  n  Fotorreproducción Abraham Paredes
YADIRA LLAVEN / I DE II

Alfonso Castillo Orta (1944–2009) fue todo un personaje de la cultura popular de Izúcar de Matamoros. Fue un hombre completo, dotado de una gran imaginación y maestría en las manos, que lo distinguió del resto de los artistas de su natal pueblo, habilidad que lo llevó a la cúspide del éxito artístico. Sin embargo, fue a la vez un ser sencillo, honrado y discreto, como pocos, que abrió brecha a sus compañeros artesanos, y difundió a nivel internacional el particular barro policromado izucarense, que ahora es tan cotizado en el extranjero. 

Tuvo un gran corazón, que no le cabía en el pecho. Además de buen amigo, fue un gran padre para Verónica, Alfonso, Marco Antonio, Martha Angélica y Patricia, y una pareja incondicional. Pero sobre todo, fue un ser generoso que trasmitió a su familia el amor por el barro, por encima de todas las cosas.

Así lo recuerda doña Martha Hernández Baez, su compañera, alma y motor de los Castillo Hernández, que sigue impulsando a su familia a seguir en el sacrificado, pero bondadoso oficio de la alfarería, que los ha llevado a recorrer infinidad de países de Europa y la Unión Americana.

Ayer por la mañana nos recibió en la intimidad de su casa, ubicada en el barrio de San Martín Huaquechula, para hablarnos de su Mano, como cariñosamente llamaba a don Alfonso. Aunque reconoce que el patriarca de la familia falleció a finales del mes de enero, por una complicación médica mal atendida en el IMSS, él sigue siendo el motivo de inspiración de sus hijos y nietos.

Visiblemente conmovida, doña Martha nos relata: “yo aprendí a amar el barro, por mi Mano. Éramos bien locos”, rememora, mientras su risa se confunde con el llanto. “A veces nos despertábamos a las 3 de la mañana para poner en práctica algún diseño que habíamos soñado, antes de que se nos borrara de la mente”.

“Recuerdo claramente cuando doña Ángeles Espinosa Yglesias (fundadora del Museo Amparo) nos vino a visitar aquí, al taller, para que mi Mano tuviera una exposición en Puebla. Esa vez yo le dije: ‘cuanto tiempo nos da’, porque hacer una pieza nos llevamos meses, para que realmente quede bien terminada, de concurso, y nos dio dos años. Hicimos 18 piezas, unas grandes y otras chiquitas, pero todo salió muy bien. Después vino Humberto Hernández, un promotor cultura, que nos pidió una pieza única, y sí que era única, ni nosotros la teníamos, un árbol de la vida de casi cuatro metros de altura”.

“Sufrimos mucho, compartimos hombro con hombro las desdichas, pero también las alegrías. Él todavía alcanzó a disfrutar de viajes, de salidas al extranjero, la que no tuvo la oportunidad fue su madre, doña Catalina Orta. Al año que nos casamos ella falleció. Fue una mujer muy luchadora, y es ella quien realmente dio a conocer el barro policromado en el mundo, aunque diga lo que quiera la demás gente. Doña Catalina y después Alfonso dejaron el corazón en cada obra, volcaron su vida de lleno a la artesanía, aunque a veces no hubiera para comer”.

“Estos aretes que llevo puestos me los regaló ella –señala con el dedo índice–, y cuantas veces necesité ir a empeñarlos, porque no teníamos nada para comer, allá estaban. Una y otra vez. Nos sacó de muchos apuros”.

Doña Cata, quien murió a los 62 años de edad, nació en el barrio de La Magdalena y también fue la primera persona que trasladó el oficio a San Martín Huaquechula. “Ella heredó la tradición del barro de sus padres, y lo más importante ella es quien busca mercado para la comercializar del árbol de la vida, de los sahumerios, los muñequitos, y los candelabros. Sin su trabajo nunca se hubiera reconocido la artesanía en otra parte, porque estas piezas nada más eran utilitarias en Izúcar, en el día de muertos, para quemar el incienso, y en la fiesta de la cofradía de los 14 barrios, pero nada más”.

 

El gran hacedor de diseños mágicos

 

La enorme casa de los Castillo Hernández se ha convertido en una galería, en un museo de selectas piezas de colección que muestran orgullosamente a quienes lo visitan. Por todas partes se puede apreciar la mano mágica del maestro artesano, que se inició en la alfarería cuando apenas tenía 12 años de edad, que con la guía de su madre llegó a dominar soberbiamente la técnica.

Después de 50 años dedicados con cuerpo y alma al oficio, es fácil diferenciar sus piezas del resto de los artesanos de Izúcar, por su delicado trazo, colores brillantes, y especialmente por sus innovadores diseños, que materializaba de sus sueños más profundos.

Así, en cada esquina de su casa podemos ver cráneos con flamas ardientes, mariposas en vuelo, mariquitas, dijes, personajes en miniatura, máscaras, ollas ecológicas con brillantes especies en extinción, que nos retan a preservar nuestra flora y fauna, todo un abanico de formas y colores en el que destacan los árboles de la vida, donde expresó una diversidad de temas: la historia de la creación del mole, las diferentes danzas tradicionales, además de figuras de calaveras que simulan la silueta de Frida Kahlo, entre otros conceptos del folklore mexicano.

Amenamente, doña Martha nos enseña desde la cocina hasta el taller. “Ese muñequito que ven ahí, es de doña Cata. El candelabro amarillo con naranja, en forma de herradura de la suerte, es diseño propio, de nosotros, se vendió muchísimo; y el cráneo con el caracol en el ojo, fue el primero que inventamos mi Mano y yo, hace unos 40 años”.

–¿Han buscado registrar la invención de los diseños?

–No, es imposible. No se puede impedir que la gente los copie. Ya nos pasó, en varias ocasiones. Alfonso inventó un árbol de la vida con todos los oficios, que después vimos copiado en Metepec.

 

La herencia familiar

 

Desde el más pequeño hasta el más grande de la familia Castillo Hernández participa en la creación de las bellísimas piezas. “Mi marido se esforzó por mantener el legado artístico, en cada uno de sus hijos, pero no fue envidioso, también le enseñó a otras personas”.

En respuesta a la gente que señala que los Castillo se han apropiado de la artesanía de Izúcar, responde segura: “mi esposo tuvo mucho imaginación. Se inspiró en la recuperación y fabricación de los colores naturales –con los que pintaron nuestros antepasados–, como la grana cochinilla, el palo de brasil, el índigo, y la planta de muicle. Tomó a Frida como su amuleto, después que los dos leímos su vida y obra, y nos gustó tanto. Él no la inventó, ahí está en los libros de arte, plasmada en la historia misma de México. Y su madre fue la primera que hizo la china poblana, en forma de candelabro, para que mentir. Los demás no tuvieron esa visión, por eso nos criticaron tanto”.

Actualmente, las obras de don Alfonso son muy valoradas y forman parte de colecciones privadas y de museos en varios países. Los afamados árboles de la vida de don Alfonso han sido exhibidos en Alemania, Austria, España, Estados Unidos y varios estados de México. Entre otros reconocimientos obtuvo el primer lugar en Alfarería en el Premio Nacional de Artesanías “Las Manos de México”, en 1993, y tres años después el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en 1996.

 
 
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