Para el sistema educativo, con extremada razón y por asunto de índices, estadísticas y denuncias, las prioridades han girado en torno a problemas de deserción escolar, enfermedades de transmisión sexual, consumo de alcohol, cigarrillo y otras drogas de adicción, el embarazo no deseado, y otros adversos de carácter académico, lo cual es totalmente comprensible. Sin embargo, al presente, el juego patológico (la ludopatía juvenil) es un cáncer “moderno” que está expandiéndose silenciosamente entre muchos adolescentes de forma alarmante y progresiva, y por tanto, debe ser sumado a la lista interminable de dificultades que el sistema de educación tiene por atender.
Los estudiantes ludópatas al igual que los adultos hayan placer en el hecho de jugar. Algunos de ellos dicen ganar dinero jugando y también los hay que afirman ser unos expertos en los trucos del azar y que son capaces de detectar cuándo por ejemplo, la maquina “está caliente” y se dispone a dar premios cuantiosos (en el caso de traga monedas); otros se declaran expertos en el conteo de cartas y dicen poder predecir qué carta se avecina en el juego de póker.
La vulnerabilidad del adolescente, ante el encanto de esta sirena, es superior a la del adulto. La adolescencia marca la entrada a un periodo de cambios neurobiológicos sustanciales, con efectos significativos en la cognición, en lo social y en el desarrollo emocional. Específicamente se ha propuesto que la adolescencia involucra cambios en la dirección del control del comportamiento. Se piensa que estos cambios neuronales subrayan el remplazo de un comportamiento dirigido por impulsos afectivos por uno basado en las consideraciones de las consecuencias futuras, tanto personales como sociales. En términos neuropsicológicos es la sustitución del cerebro emocional por el cerebro ejecutivo1. Al desarrollar comportamientos basados en impulsos emocionales, motivados por la posible ganancia, lo habitúa a expectativas erróneas, dando pie a una posible adicción.
Las últimas evidencias indican que el juego patológico es una adicción similar a las químicas. Se ha visto que algunos jugadores patológicos tienen menores niveles de norepinefrina que los jugadores normales. De acuerdo con un estudio dirigido por Alec Roy, M.D.2, la norepinefrina se secreta en condiciones de estrés o amenaza, de modo que los jugadores patológicos juegan para elevar sus niveles. Las personas con un nivel bajo de norepinefrina se pondrán en situaciones más riesgosas que otras para así elevar sus niveles sanguíneos de norepinefrina. De esta forma logran un estado de euforia y excitación. Otro neurotransmisor que ha sido estudiado es la serotonina. Este neurotransmisor ha sido vinculado con el comportamiento impulsivo y puede contribuir a una conducta compulsiva, lo cual incluye una adicción al juego. Se ha documentado baja actividad de la serotonina en jugadores. Lo que sugiere su posible participación en el desarrollo del comportamiento compulsivo del jugador patológico.
Se plantea que el juego patológico (ludopatía) es un tipo de “adicción natural”, caracterizada por el comportamiento compulsivo en la adquisición de recompensa, como en el caso de las adicciones al comer o en el sexo. La Harvard Medical School Division on Addictions presentó un informe sobre un estudio de reacciones cerebrales en apuestas. En el experimento se observó las reacciones de varios sujetos en situaciones en las que podían ganar o perder en un entorno que simulaba un casino. Este estudio utilizó la técnica de neuroimagen con resonancia magnética nuclear funcional. Los resultados señalaron que las “recompensas en metálico en un ambiente que reproduce un ambiente de juego produce una activación cerebral muy similar a la que se observa en un adicto a la cocaína recibiendo una dosis.”, esto lo explicó el doctor Hans Breiter, codirector del Centro de neurociencia de la motivación y la emoción del Hospital General de Massachusetts. Estudios recientes han demostrado que el medicamento nalmefene, utilizado en el tratamiento de adiciones opiáceas y de alcohol, es efectivo en personas ludópatas. El mecanismo de acción de este medicamento consiste en bloquear los receptores de opio en los centros neuronales3. Estos resultados, en cierta medida, confirman que el juego patológico comparte alguna de las vías moleculares de la adicción, ya sean estas naturales o con drogas.
La ludopatía o juego patológico es, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSMIVTR; Asociación Psiquiátrica Americana, 2002), un trastorno de conducta caracterizado fundamentalmente por la incapacidad crónica y progresiva en resistir los impulsos de jugar, la sensación creciente de tensión o activación antes de llevar a cabo la conducta de juego y la experiencia de gratificación o alivio en el momento de ejecutarse. Esta urgencia para llevar a cabo la conducta y el malestar experimentado por la persona ludópata si se le impide realizar la conducta de juego deseada es muy similar al deseo compulsivo y al síndrome de abstinencia sufrido en personas que sufren toxicomanías4.
Entre los diferentes tipos de jugadores (patológicos u ocasionales) existe una diferencia en la forma en que se percibe o se interpretan los distintos elementos implicados en el juego y en sus resultados. Los ludópatas mantienen la ilusión de control sobre el juego y son incapaces de percibir en desventaja para detener la conducta de juego. Aunque, todos sabemos que si se llaman juegos de azar es porque no hay forma de controlar sistemáticamente los resultados del juego y, por tanto, apenas intervienen las habilidades de la persona para saber cuándo se cantará bingo, si la ruleta se detendrá en tal o cual número o si el premio de la lotería se venderá en tal o cual localidad, el ludópata se mantendrá firme en su capa para controlar el juego. Entre los jugadores novatos se pueden encontrar escusas como la de jugar para liberar tensiones cotidianas, les divierte y les distrae, o les permite albergar la esperanza de un futuro sin problemas económicos. El jugador patológico jugará porque mantiene pensamientos erróneos o irracionales sobre el juego y sus posibilidades de influir en los resultados, a pesar de que los juegos de azar son incontrolables e impredecibles. El juego patológico debe verse como una enfermedad, en este caso una adicción sin substancia externa pero con un fuerte contenido de estímulos internos y externos que favorecen el desarrollo del comportamiento compulsivo. La alteración en los niveles de norepinefrina y serotonina nos hablan de la predisposición genética a la enfermedad. Ya sea porque hay un nivel de producción bajo de estos neurotransmisores o porque hay pocos receptores celulares para ellos, la relación es la misma, es una variación estructural en el cerebro que predispone a ciertos comportamientos. El tratamiento medicamento en cierta medida confirman el componente nuerobiológico de la adición. Lo más importante es recordar que los adolescentes se encuentran en una situación de desventaja, carecen de las estructuras cognitivas y neurobiológicas para enfrentarse a la industria del juego, la cual cuenta con el aval gubernamental para su expansión. En este caso la salud pública está en conflicto directo con el interés económico de las empresas del jugo de azar.
1 PNAS Vol 105, no. 9
2 Arch. Gen. Psychiatry, 1988; 45: 36973
3 Am. J. Psychiatry 163: 2
4 Echeburúa, E. et, al. 1994. Adicciones psicológicas: Más alá de la Metáfora. Clínica y Salud, 5. 251258
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