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Lunes, 7 de septiembre de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Estado
 
 

Abraham Paredes, el gran amante de Puebla

 

 

A la izquierda, Paredes echa mano del garbo para la lente de un espontáneo. A la derecha, con su amigo Enrique Aguilar, posando en la cima de Don Goyo. Fue la primera de muchas expediciones al coloso  n  Fotos Archivo personal de Abraham Paredes
MARTIN HERNANDEZ ALCANTARA

Abraham Paredes García vio la luz el 7 de septiembre de 1939. En esa casa del Centro Histórico de Puebla ­–8 oriente 409–, el constructor Manuel Paredes Cano y su esposa, Guadalupe García Cordero, recibieron al primero de sus 12 hijos, quien a lo largo de su vida ejercería de alpinista, socorrista, operador de camiones de cinco toneladas y, sobretodo, de fotoperiodista.

La mudanza fue la constante de su instrucción primaria. Dividió los seis años del nivel entre las escuelas Motolinía, Simón Bolivar y otra cuyo nombre ya no aparece en la memoria.

En su cumpleaños número 11, su padre le regaló una cámara fotográfica de la marca Brownie. El aparato le descubriría a Paredes su vocación.

A los 14 años desertó de la Prevocacional y su padre lo hizo machetero, oficio rudo que el chamaco tomaba como un juego por resultarle más entretenido que los estudios formales. Y cómo no iba a gustarle la faena si a esa edad, los 14, ya manejaba un camión Ford 39 de cinco toneladas y frenos mecánicos, que no siempre respondían como se esperaba, y por eso el copiloto lo tenía que auxiliar aplicando la palanca de paro o empleándose a fondo para meter una viga.”Siempre teníamos que frenar media calle antes del lugar donde nos íbamos a detener”, recuerda.

A los 15 años, Abraham emprendió un cortejo que incluía desplazamientos diarios en bicicleta a Tepeaca, donde residía la pretendida. 45 minutos de ida y otro tanto de regreso eran cubiertos sin dificultad por la gracia del amor y la disciplina del joven Paredes, quien tiene alma de atleta y por esos días practicaba religiosamente el ciclismo y la natación.

Pero su corpulencia robusta y su insaciable curiosidad le demandarían retos de más envergadura. A los 16 años subió por primera vez a la cima del Popocatéptl; la cámara que le obsequió su padre lo acompañaba, y así plasmó un retrato al lado de su amigo, Enrique Aguilar. Era el 12 de octubre de 1955.

Paredes se enamoró del volcán y se enroló en el Club Panamericano de Montañismo. Ahí conoció a tres aficionados a la fotografía: Raúl Martínez Got, Eduardo Aguilar y Rosendo Pérez. Ellos eran un lustro mayor que él.

Hasta entonces, Abraham Paredes había desarrollado un gusto por las imágenes que satisfacía tomando fotografías del equipo Puebla, que por entonces jugaba en el Parque del Mirador en la liga de la segunda división profesional de futbol. La influencia de Got y compañía le contagió la pasión por los paisajes y otras composiciones más ricas y complejas.

Abraham incorporó a su equipo una cámara Retinette y se hizo socorrista. En la Cruz Roja apreciaron mucho su experiencia con los bólidos de gran tamaño y lo pusieron al volante de una ambulancia. También pensó volver a la escuela, la vida le exigía más habilidades. A los 18 años se matriculó en la secundaria nocturna. Obtuvo su certificado a los 21.

El ojo espontáneo

 

Su vocación de fotoperiodista se fue revelando en los hechos. En una ocasión recibió de su jefe la orden de salir volando hacia la super carretera Puebla–Orizaba. Abraham se subió a la ambulancia, pero se percató de que no llevaba su cámara. Regresó por ella. Otra ambulancia se le adelantó, pero llegando al lugar del accidente no pudo dar atención a los heridos, pues el conductor perdió el control y fue a estamparse contra el vehículo de los heridos a los que se iba a socorrer. Cuando Paredes llegó a la escena, se dedicó a tomar fotos. Sus compañeros socorristas le reprocharon que le importara más obtener el registro gráfico que prestar la ayuda que se precisaba.

A los 25 años Abraham se casó con doña Filogonia González Rosas. La prole de ambos cuenta hoy día con cuatro hijos –dos varones y dos mujeres–, un par de nietos y un bisnieto.

Aficionado al futbol, Paredes no dejó de fotografiar al Puebla. Cada fin de semana subía a su esposa y descendencia en un camión Ford 53 de cinco toneladas e iba a tomar placas del equipo de la franja, que recién había logrado su ascenso a la primera división y estrenaba el estadio Zaragoza.

Una cosa llevó a la otra: conoció en el estadio a los periodistas José Lezama y Daniel Fortis, que trabajaban en el diario Novedades. Trabó amistad con ellos. De vez en vez se las arreglaba para darles un aventón a la redacción del matutino, ubicada en el portal Morelos del Centro Histórico.

Paredes seguía por su propia cuenta y patrocinio al Puebla a sus encuentros fuera de la ciudad. Iba a Zacatepec, Naucalpan y Pachuca, y eventualmente mandaba sus fotografías a las oficinas de El Sol de Puebla, al frente de cuya redacción estaba otra leyenda del periodismo poblano: Enrique Montero Ponce.

Intentó por todos los medios formar parte del equipo de El Sol, pero no tuvo resultados. De todas formas sintió que no quería ser otra cosa en la vida que fotógrafo, y le dio la noticia a su padre. Dejó el negocio familiar en octubre de 1968 y lo contrataron en Novedades. Sus primeras coberturas como fotoperiodista profesional las hizo en justas de la Olimpiada.

Ese año, el 68, Abraham Paredes también estuvo a punto de perder la vida en un accidente automovilístico en Tepeaca. Iba con su familia y un amigo. Todos resultaron heridos menos su hija Bety. La camioneta siniestrada quedó poco menos que inservible, así que sus hermanos le cooperaron al novel periodista para que se comprara un Opel que le permitiera desenvolverse en su nuevo oficio con soltura.

En 1969 ganó su primera portada. Se trató de la secuencia de un espontáneo que bajó al redondel y, tras ejecutar algunos capotazos, fue rescatado en brazos por la porra que, sin embargo, no pudo protegerlo de la correteada que le dio la Policía.

Otras primeras planas vinieron casi enseguida. Cuando casualmente pasaba por una rotonda del fraccionamiento Jardines de San Manuel, que tenía una fuente, una combi se volcó y empezó a incendiarse. El conductor, desesperado, acarreó agua para apagar el fuego. La secuencia captada por Paredes apareció al otro día en el rotativo.

 

Ojo clínico

 

Abraham Paredes fue asignado a la fuente de sociales y cubría fiestas de caché. Pero su talante siempre apuntaba al retrato de las expresiones populares. Así, empezó a captar las fiestas de los barrios de La Luz, El Carmen y Santiago. También las celebraciones en San José. Las tomas eran bien recibidas por los editores y el público.

Se interesó en el arte formal y aprovechó festivales como Puebla Ciudad Musical, para darse gusto con la lente.

En 1971 montó su primera exposición en la Casa de la Cultura. A la fecha lleva 120 muestras de su trabajo.

En el año 1973 captó a los Niños Cantores de Viena teniendo como fondo el impresionante retablo del templo de Santo Domingo. La imagen dio la vuelta al mundo convertida en un poster promocional hecho por los mánagers de los infantes austriacos.

 

Ocho años estuvo Abraham Paredes en Novedades. En febrero de 1978 dejó el fotoperiodismo para trabajar cuatro años en la extinta Junta de Mejoras de Puebla, al servicio de Francisco González Gatica y Francisco Sánchez.

En 1982 volvió a los rotativos; esta vez publicó ocho años bajo el cabezal de El Heraldo de Puebla, dirigido por Arnaldo Fernández y cuyo jefe de redacción era Mauro González.

Por esa época también tuvo la oportunidad de conocer el estado. Trabajó al lado del arqueólogo Eduardo Merlo en un programa que se llamaba Los Pueblos de Puebla, cuyo cometido era incentivar a los ciudadanos a conocer la historia de las comunidades locales.

 

“Durarán

un año”

 

Conoció a los fotógrafos John O’ Leary, Everardo Rivera y Javier González, más abocados a la fotografía antropológica y artística. Paredes disfrutó con ellos de muchas bacanales en los pueblos de Puebla y encontró a tres colegas que compartían su aprecio por la cultura popular.

En 1989 González presentó a Abraham Paredes con Aurelio Fernández, quien estaba afinando, con otros amigos, la confección de lo que sería La Jornada de Oriente, primera edición regional del diario capitalino La Jornada. Paredes se integró al equipo e hizo un vaticinio: “este periódico no va a durar ni un año”, le dijo a Fernández. Pero el destino no le hizo caso.

En La Jornada de Oriente Abraham Paredes dice haber encontrado la libertad periodística: “lo que más me gustó es que tú sugerías la foto, tú escogías lo que se iba a publicar. Era diferente a otros periódicos, en donde el director, otro fotógrafo o el jefe de redacción te escogía la foto”, expresa en la entrevista que sirvió para hacer esta semblanza.

La Jornada de Oriente apareció en 1990 a manera de semanario. El formato obligaba a la confección de reportajes de profundidad, y eso le dio a Paredes la oportunidad de fotografiar aspectos crudos de la realidad poblana, pero también de hacer una revisión de las manifestaciones más ricas de la cultura local.

Varios momentos recuerda Paredes de su trabajo en estos 19 años. Pero hay uno que brilla en su corazón. Sucedió en 1996: Aurelio Fernández le habló el último día de ese año y le pidió que se presentará muy temprano en un helipuerto para sobrevolar el Popocatépetl:

“Ese año fue muy duro para mí. Me fue mal económicamente, cometí muchos errores, se casaron tres de mis hijos, me dio cólera. Pero cuando volamos sobre el Popo, lo gocé mucho, me sentí muy emocionado, vi el lugar que había subido muchas veces y cuando bajé del helicóptero me sentí alegre. Era como si hubiera vuelto a nacer”.

Para variar, la placa  que tomó en esa ocasión ganó la primera plana en La Jornada de Oriente y La Jornada. Días más tarde, el fotoperiodista recibió una llamada de la embajada francesa. Le compraron la fotografía.

Abraham Paredes es hoy un hombre de 70 años al que le es difícil pararse en cualquier lugar sin que alguien no lo reconozca o no lo salude.

Él dice que lo mejor que le sucedió fue haberse convertido en fotoperiodista. “Cuando encuentras lo que quieres ser, lo haces bien. Como dicen, si te gusta lo que haces no es un trabajo, es una forma de vida”, expresa.

Hoy cumple 70 años de vida y más de 50 de fotoperiodista.

 
 
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