No hay un solo día en que el mercado Miguel Hidalgo sea un espacio tranquilo, todo el tiempo hay movimiento y la gente no deja de pasar ni siquiera de madrugada. Este es uno de los mayores centros de abasto de la capital y aquí llegan toneladas de todo tipo de mercancías, pero también al día produce toneladas de lo que para muchos será basura y desperdicios, pero para otros una oportunidad de encontrar comida.
Ese es el caso de Francisca, sus dos hijas y su nieto, una familia que todos los días llega a los contenedores de este mercado a rescatar de entre la basura un kilo de jitomate –lo que más abunda entre los desperdicios–, tomates, naranjas, papas y alguna que otra fruta. O lo que sirva para alimentarse; a veces, hasta un bonito ramo de flores puede rescatarse.
La mujer, de unos 50 años de edad, dice que es del estado de Tlaxcala, pero por alguna razón conoce muy bien los problemas de las colonias del sur de la capital, como Castillotla y San Ramón. Dice que hace mucho tiempo trabajó en una fábrica, pero su marido la obligó a quedarse en casa para cuidar de los hijos –seis en total– y que luego la abandonó por “otra”, aunque en realidad nunca se casó. Recalca que no tiene dinero y que por eso tiene que lavar ajeno y limpiar casas donde le pagan, pero que nadie le quiere dar trabajo. Manifestó que tiene que pepenar entre la basura porque es a lo que la ha orillado esta sociedad que no le quiere dar una oportunidad; es más, dice que ni siquiera se llama Francisca.
Algunos, muy pocos, observan, mientras esperan a que el semáforo cambie de rojo a verde en la avenida Héroes de Nacozari y el bulevar Norte 5 de Mayo, que Francisca –o como quiera que se llame– busca comida en la basura. Se dan cuenta de la mujer, sus hijas y su nieto porque el olor que se desprende de los contendedores –y de los kilos y kilos de basura tirada alrededor de ellos– es insoportable, pero no para estas mujeres y el niño, a quienes no les importa ser observados como entes raros.
A veces por la mañana. A veces por la tarde, pero no falla. Ahí están, recogiendo del suelo los jitomates como si estuvieran ahí sembrados, levantando lo que pueden ser los ingredientes principales para una sopa, un caldo o un jugo. Sólo es cuestión de buscar bien entre los plásticos, entre los restos de comida podrida, entre los restos de lo que nadie quiere para dar con el alimento correcto, “con el que todavía sirve”.
Dice Francisca que es la primera vez que viene a pepenar alimentos, pero también dice que ya haciendo memoria será como la segunda o tercera ocasión que lo hace. Los mercaderes aseguran que tienen más de un año viéndola prácticamente todos los días; sólo dejan de observarla cuando no van al Hidalgo.
Sin embargo, la crisis es dura y sus efectos aun más caprichosos e incomprensibles. Resulta que hace unos días la presidente municipal de Puebla, Blanca Alcalá Ruiz, tuvo a bien inaugurar una nueva vialidad cerca de ahí, la lateral de la autopista México–Puebla, y como suele suceder en esos casos, la gente del ayuntamiento limpia, barre y pinta las calles por donde va a pasar la edil y sus invitados para que no se vea la casa tirada.
Y así, Blanca Alcalá se perdió la oportunidad de conocer a Francisca realizando su actividad más importante del día; y viceversa. Esto no habría ocurrido si la gente del Departamento de Limpia no hubiera cargado con toda la basura, y en unos días más hasta con los contenedores, porque eso se veo feo, huele muy mal y da mal aspecto a los turistas.
Nadie va a extrañar la basura, sólo Francisca, sus dos hijas y su nieto, quienes seguramente migrarán hacia otro basurero para seguir sorteando la crisis... y el hambre en sus estómagos.