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Martes, 11 de agosto de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

La moda animalista

 
Alcalino 

Aprovecho la entrevista al documentalista apizaquense Hazael Herba (La Jornada de Oriente, 10 de agosto de 2009) para ofrecer algunos puntos de vista contrarios a las razones que lo llevaron a filmar Bravo, un análisis de la llamada Huamantlada –que no Pamplonada–, que por agosto se verifica cada año en calles de la ciudad tlaxcalteca.

En la columna “Tauromaquia”, que se publica aquí cada lunes, he expresado más de una vez mi rotundo desacuerdo con dicha modalidad de la tauromaquia popular, fundamentalmente por su nulo valor estético y la falta de respeto al toro en que incurren organizadores y participantes, la mayor parte de estos envalentonados por el alcohol. Los primeros hablan de un atractivo turístico “tradicional”, pero la realidad es que ni la Huamantlada alcanza esa condición ni los espectadores tienen más móvil que una forma bastante primitiva de morbo. En cuanto a los “toreros”, no llevan más propósito que experimentar la subida de adrenalina derivada de su vacilante deambular entre las reses. Evidentemente, en tal hacinamiento es imposible torear, aunque los más osados agiten vanamente capotes y muletas; en cambio, la befa y el escarnio a los pobres “toros” –algo absolutamente ajeno a los valores auténticos del toreo– están tristemente garantizados. Un espectáculo, en suma, degradante y vejatorio. Y peligroso, por añadidura.

Sin embargo, no es menos inquietante la causa de ciertos derechos de los animales –si tal entelequia fuese posible– que, por lo visto, el documental Bravo promueve haciendo tabla rasa a partir de su crítica de la huamantlada, con todas las tauromaquias habidas y por haber. Habría que hilar un poco más fino cuando se habla de sufrimiento –categoría psicológica específicamente humana– y de dolor –percepción sensorial que el toro de lidia, como cualquier mamífero, puede llegar a experimentar–, pero que de acuerdo con estudios recientemente practicados por veterinarios y bioquímicos de la Universidad de Córdoba es muy raro que se presente durante la corrida; sí lo registran, quejándose a viva voz, el perro que acaba de recibir una dura pedrada o la vaca lechera cuando el ordeñador le oprime de más un pezón, pero en la plaza el toro de lidia no se queja prácticamente nunca; sin embargo, al no ser experto en el campo de la psicología ni en el de la sensorialidad animal, preferiría referirme al significado cultural de la tradición: hay un método validado académicamente para desglosar los valores éticos que subyacen al mito, y relacionarlos con la simbología presente en el rito. Mito y rito: si estas dos categorías clave ensamblan simétricamente entre sí, tendremos la mejor prueba de la vitalidad de una tradición, y resulta que así analizada, la fiesta de toros se revela viva y actual en su ética y en su estética, desafiando la prescripción censora de los animalistas a la moda.

Esto es lo que puedo decir, antes de verlo y basado sólo en dichas aseveraciones antitaurinas, reforzadas por la anunciada presencia en el estreno de distinguidos miembros de la Asociación Mexicana por los Derechos de los Animales (Amedea), del documental del joven Hazael Herba. A quien, una vez superadas las novilleriles ansias del debut, deseo sinceramente una carrera larga y fructífera en el oficio.

 
 
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