Hasta el miércoles a las 5 de la tarde (el juego principa a las tres), la situación de México dentro del hexagonal premundialista de la Concacaf no será distinta de la que concemos: quinto lugar y eliminado de Sudáfrica 2010. La esperanza de todos es que una victoria sobre Estados Unidos permita iniciar la recuperación, perfectamente posible, que nos conduzca hacia uno de los tres primeros lugares, que son los que obtienen pase automático. Obran en favor la conocida magia del estadio Azteca –el mejor jugador mexicano, mientras otra cosa no se demuestre– y el hecho de que se trate del primero de tres partidos como local –los otros visitantes serán Honduras y El Salvador, mientras las salidas futuras se reducen a dos: Costa Rica y TrinidadTobago. No obstante ese panorama aparentemente halagüeño, la cosa tiene sus bemoles. En prevención de más malos tragos, vamos a repasar los escenarios posibles, derivados de cualquiera de los tres resultados que penden sobre el encuentro contra los norteamericanos. Y en realidad sobre cualquier partido de futbol.
México repite paliza. Aunque altamente improbable, el marcador de la final de la Copa de Oro les sigue haciendo escuchar imaginarias campanitas a muchos compatriotas. Digamos que en ese rango entraría cualquier resultado de 3–0 para arriba. Sabido es que el seleccionado gringo nada tiene que ver con esa versión B que, con desmedida arrogancia, pusieron en liza para intentar retener el título de la zona. Este miércoles, México se verá las caras con el plantel que rompió la racha invicta de España y le puso las peras a 25 a Brasil en la final de la Copa Confederaciones. Otro nivel, otro rival. A favor tenemos el influjo del Azteca y el ritmo endemoniado que, como una revelación, encontraron al fin nuestros Verdes en el memorable segundo tiempo de New Jersey, comandados por Gio y Vela, los veteranos de la Sub 17 que maduraron de golpe ese día. Como nada cuesta soñar, dejemos que la ilusión de otra goleada feliz nos envuelva por un momento. Y dejemos que la imaginación borde la reedición del mayor éxito del futbol mexicano en los últimos tiempos.
México gana “como sea”. Pero el realismo se impone y, la verdad, lo importante es rescatar esos tres puntos del día 12, aunque no sea a la manera gloriosa de la final de la Copa de Oro. Después de todo, se juega en casa y el Tri acaba de descubrirse otro, más capaz, más seguro, más fuerte, más equipo. De antemano, los vecinos del norte están curados de espanto, habrán analizado con calma los errores de su equipo B y las habilidades reveladas por los nuestros, y estarán dispuestos a evitar yerros propios y contrarrestar aciertos ajenos. Es decir, a invitar al ataque nuestro para hacerlo caer en su embudo defensivo, mientras ellos preparan con toda paciencia el contragolpe mortal. He ahí la trama más lógica del partido. Por otro lado, es de esperar que Aguirre –sin los lesionados Márquez y Guardado, y con Cuauhtémoc reservado para el segundo tiempo– plantee de arranque una ofensiva similar a la del segundo tiempo en New Jersey, buscando eludir con una anotación tempranera el temido esquema contragolpista que se presume han de plantearle. De la caída de ese hipotético gol a favor va a depender en gran parte el destino de la contienda. Pero si no cae, va a requerirse todo un ejercicio de perseverancia, suma de pasión y frialdad combinadas, para romper el cerco. Bajo este escenario, lo mejor que podría sucedernos es que, al fin y al cabo, tuerto o derecho, el asedio mexicano rinda en algún momento fruto, y la victoria llegue, ajustada y angustiosa si se quiere pero finalmente efectiva. Sin duda la saludaría un gran respiro de alivio, en el campo, en la tribuna y ante millones de televisores.
El temido empate. Pero si los embates mexicanos no encuentran red, o si al gol nuestro sigue una relajación que les permita a ellos alcanzar la igualada. O si, por el contrario, es el visitante el que se adelanta, obligando al Tri a un esfuerzo extra para nivelar el tanteador, entonces lo más probable sería una igualada como resultado de la contienda. Mala cosa. Querrá decir que los jóvenes en quienes tantas esperanzas depositamos, simplemente se aprovecharon aquel 26 de julio de las debilidades de un rival inepto y tierno. Y de paso, que su súbito despertar de entonces no portaba ningún mensaje positivo para el pie veterano del equipo. Por otro lado, esos encuentros con complicaciones inesperadas nunca se le dieron bien al Vasco Aguirre. No digo que sea probable que el partido del miércoles vaya a concluir empatado, pero la posibilidad tampoco es tan baja. Si la ubicamos en un 20–25 por ciento creo que estaríamos en lo justo. Ojalá no se dé, claro, porque no resolvería nada y agregaría toneladas de presión a los próximos encuentros de la eliminatoria.
Síscalo, síscalo diablo panzón. Hablando en plata, ¿qué tan real es la posibilidad de una derrota mexicana? Digamos de entrada que se ve poco probable. Aunque no imposible. Para que llegara a ocurrir, se requiere un cúmulo de situaciones adversas que, sin embargo, conviene revisar. No olvidemos la segura ausencia de Márquez y la dudosa de Guardado, lo que obligará a utilizar un cuadro bajo que ha flaqueado con cierta asiduidad, incluso durante aquella venturosa final de la Copa de Oro. Luego, habrá que ver si hay compatibilidad entre Giovani y Cuauhtémoc, porque dos armadores suelen estorbarse entre sí. Y adelante, está latente el problema del gol, disimulado por los cinco anotados a Estados Unidos B. Tan no tenemos un nueve confiable que, ese día, repitió gol y anotaron un defensa (Castro) y dos suplentes (Vela y Franco). Lo cual equivale a reconocer no sólo que México dista de ser el equipo perfecto, sino que ni siquiera contamos con una estructura básica. Y cuidado si el Azteca empieza a impacientarse. Desde luego, nadie piensa siquiera en la derrota, y es verdad que los gringos jamás ganaron en México, pero aquí se trata de sopesar posibilidades y, aunque remotas, alguna puede apuntar así de bajo si las cosas empiezan a torcerse desde el principio. Nadie lo desea, pero los estadounidenses disponen hoy de un equipo sólido y probado, mientras que los nuestros carecen incluso de una alienación base y, en materia de rendimiento, el Tri ha sido una auténtica montaña rusa. Nada mejor que volver página, pero antes de liquidar el desagradable tema, dejemos sus negras posibilidades en no más de 510 por ciento.
Puntito a puntito. Tres partidos del Apertura 2009 y triple repetición del 1–1 como marcador final. La Franja, que está por alcanzar el doctorado en materia de empates, fue a Querétaro y repitió resultado ¿Incapacidad para aguantar la ventaja o simple coincidencia? Lo cierto es que el equipo resuma optimismo, busca los partidos, sus hombres derrochan coraje. Infructuosamente hasta ahora. Un observador atento verá en el Puebla un equipo mentalizado para recuperar balones por toda la cancha, pero muy limitado para aprovechar su posesión para alcanzar posiciones de gol. Con la agravante de que las pocas jugadas de área que fabrica no encuentra quien las aproveche. El sábado abrió marcador en el primer suspiro –Borgetti, estrenándose–, malogró alguna ocasión franca (Mora), vio cómo la defensa rival salvaba en la mera línea una pelota de gol (Ruiz). Y dominó el complementario de cabo a rabo (mucho mejor el cuadro con Samba y Salinas) sin acertar una sola vez a puerta (tiro libre al poste del Pescadito como máxima aproximación). Y eso que el Querétaro, sin estructura ni empaque, parecía seguir en Primera A. Y eso que jugó media hora con 10 hombres Veremos qué pasa el domingo contra el Atlante. Pero por ahora, no se ve nada claro. Y el descenso sigue acechando.