Desde siempre, al nombrar un medio ambiente se hace referencia a todo aquello que nos rodea. Luego entonces, la moda de aplicar dicha frase solamente al aire y al campo, o a los pajaritos mañaneros y las especies en vías de extinción comporta un equívoco ligado al habla distraída e imprecisa de una época de analfabetismo funcional agudo. En realidad, naturaleza y sociedad forman un entramado inseparable desde que el ser humano existe sobre la Tierra, y a partir de la Revolución Industrial y sus efectos invasivos sobre el territorio, casi no existen en la Tierra espacios libres de intervención humana.
Pero la relación sociedad–naturaleza es menos simple de lo que de las líneas anteriores se podría desprender. Y es que de ella resulta, nada menos, la cultura. O las culturas, tan diversas que representan una riqueza no menos valiosa que la biodiversidad. Que, igual que ésta, se encuentra amenazada, arrinconada por los vientos arrasadores de la globalización, ese movimiento político–tecnológico que se nos propone poco menos que como un fenómeno natural. Irresistible, irreversible e inevitable. Materia para otro debate, porque ahora vamos a lo siguiente.
Resulta que hace menos de dos semanas, el lunes 27 de julio para ser precisos, fueron triturados por máquinas, para abrirle paso a un colector fluvial del drenaje, vestigios arqueológicos de la Cholula prehispánica, accidentalmente descubiertos sobre la prolongación de la recta que conecta con Puebla, en la jurisdicción de San Pedro pero en cercanía con los límites del vecino municipio de San Andrés. Los arqueólogos que tomaron conocimiento del caso y trabajaron en la zona durante la escasa semana que la autoridad local les concedió calculan que los 38 metros de basamento que la obra pública sacó a la luz datan del postclásico tardío (entre 1350 y 1519 d.C.) y, junto con la considerable cantidad de objetos que lograron rescatar –incluido un trozo de mural que conservaba en parte su colorido original, y 25 osamentas humanas–, debieron dar lugar a un estudio a fondo por parte de investigadores especializados. Era lo pertinente y lo que la buena lógica aconsejaba, pues no dudan que el potencial arqueológico e histórico del inesperado hallazgo hubiera permitido no sólo conocer mucho más sobre la milenaria ciudad sagrada, sino incluso modificar algunas de las hipótesis vigentes acerca de sus formas de culto y estilos de vida, su agricultura, comercio y modos de producción, y también sobre su peculiar aprovechamiento de los ecosistemas de la zona y, en definitiva, sobre las características de su interacción con el medio ambiente. Todo ello integrado en una visión del mundo rigurosamente irrepetible. Es decir, en una cultura. Capaz de contener e informar acerca de esa larga aventura de nuestros ancestros en su intercambio con la naturaleza, con otros grupos étnicos y con el devenir de una ciudad que se calcula ha permanecido poblada durante tres milenios. Aunque el INAH promete que en unos siete meses habrá información detallada con los resultados de su investigación de los objetos recuperados y el contexto arquitectónico, lo cierto es que, en aras de la pronta terminación de una obra pública que lleva ya considerable retraso, se ha preferido echar tierra –literalmente– sobre un trozo de historia incalculablemente valioso. Y por desdicha, ya irrecuperable. Y todo esto sin apenas conmover a la opinión pública, ni suscitar más protestas que las vertidas en las páginas de este diario por representantes de organizaciones minoritarias, abocadas al conocimiento y rescate de la cultura local en medio de la indiferencia de las mayorías.
En eso también hay semejanzas con el destino aparente de otros problemas ambientales, críticos para la supervivencia de infinidad de especies, entre las cuales bien pudiera estar la nuestra. Y es que el cambio climático, absolutamente cierto y comprobado a estas alturas, no es sino compendio de toda una serie de fenómenos ocasionados por el desarrollo, entendido en sus términos actuales, absolutamente depredadores de la naturaleza sin que los beneficiarios del progreso y políticos a su servicio se preocupen por ello, ni la educación formal y medios de difusión masiva contravengan el adormecedor designio que aquéllos les imponen, más allá de alguna mención aislada y fuera de contexto que a nadie ni a nada compromete. Exactamente igual que ahora, con motivo del descubrimiento y posterior destrucción de los basamentos de la antigua Cholula.
Y es que mientras no se nos explique por qué sociedad, naturaleza y cultura forman un todo integrado, inseparable y dinámico, la problemática ambiental seguirá siendo para la gente un asunto vacío de significado. Al menos hasta que algún evento verdaderamente catastrófico llegue y se lo dé.