Casi siempre, en nuestro cotidiano ir y venir, ensimismados en los problemas y las preocupaciones que implica alcanzar niveles de vida óptimos, en que si el pago de colegiaturas, en que si ya se elevaron los precios de los alimentos, que si los zapatos de los hijos, que si tenemos la infortuna de enfermarnos, que si ya no alcanza para nada, que si hubo recorte de personal, en fin todas aquellas pequeñas tragedias que nos recuerdan que hay esfuerzos que no nos suficientes, derechos que no son vigentes y una compleja desarticulación institucional.
Entonces, precisamente en la búsqueda de la tragedia personal perdemos de vista la tragedia social, nos apartamos de las cuestiones públicas y nos volvemos egoístas, o peor aún aplicamos la ley de la selva, y no percibimos que al hacerlo precisamente obstaculizamos o nulificamos la solución de nuestros problemas en un largo aliento. Y entonces es fácil observar que los valores como la solidaridad, el respeto, la tolerancia y la honestidad se diluyen inevitablemente.
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