Casi siempre, en nuestro cotidiano ir y venir, ensimismados en los problemas y las preocupaciones que implica alcanzar niveles de vida óptimos, en que si el pago de colegiaturas, en que si ya se elevaron los precios de los alimentos, que si los zapatos de los hijos, que si tenemos la infortuna de enfermarnos, que si ya no alcanza para nada, que si hubo recorte de personal, en fin todas aquellas pequeñas tragedias que nos recuerdan que hay esfuerzos que no nos suficientes, derechos que no son vigentes y una compleja desarticulación institucional.
Entonces, precisamente en la búsqueda de la tragedia personal perdemos de vista la tragedia social, nos apartamos de las cuestiones públicas y nos volvemos egoístas, o peor aún aplicamos la ley de la selva, y no percibimos que al hacerlo precisamente obstaculizamos o nulificamos la solución de nuestros problemas en un largo aliento. Y entonces es fácil observar que los valores como la solidaridad, el respeto, la tolerancia y la honestidad se diluyen inevitablemente.
Lo mío se vuelve prioritario, lo mío se vuelve urgente, lo mío merece ser atendido, lo que le duele a los demás, lo que los aflige realmente no tiene relevancia. Entonces es válido hacer trampa, manipular, avasallar al de a lado. Si todos volviéramos la vista hacia lo que le sucede a los otros, si nos atreviéramos a reconocer que hay infinidad de coincidencias en esas tragedias tan comunes, entonces tal vez empezaríamos a dar soluciones viables a las mismas.
Hoy por hoy, no podemos negar las cifras escalofriantes que detallan que en México 26 millones de mujeres viven en situación de pobreza y pobreza extrema, que el 46.3 por ciento de los hogares encabezados por una mujer son pobres, el Índice de Desarrollo Relativo al Género (IDG) en el estado de Tlaxcala implica una merma en desarrollo humano que ha sido calculada en alrededor de 1.5 por ciento, debido a la desigualdad entre hombres y mujeres. Y son escalofriantes porque implican algo más que miseria y marginación, implican que como sociedad estamos encerrados en lo mío.