El “asesino silencioso”, ese es el nombre que se le ha dado a la hipertensión arterial. Este calificativo tan agresivo se debe a la ausencia de síntomas obvios; la gente se da cuenta de su hipertensión cuando las consecuencias son catastróficas. La hipertensión afecta al 25 por ciento de la población adulta del mundo; se estima que su prevalencia aumentará en un 60 por ciento para el año 2025, cuando un total de 1.56 billones de personas estén afectadas. Esta condición de salud es el mayor factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares, y es la responsable de la mayoría de las muertes a nivel mundial.
La presión sanguínea proporciona la fuerza impulsora para mover la sangre a través del sistema vascular. Esta función es esencial para la vida, proporciona la sangre necesaria a todos los órganos y a la mayoría de los tejidos del cuerpo. Además, juega un papel clave en la maximización de las funciones de los órganos del cuerpo. Por ejemplo, el sodio total corporal y el equilibrio del agua están regulados parcialmente por el flujo de sangre que atraviesa las arterias renales.
La regulación de la presión sanguínea es una de las funciones fisiológicas más complejas; depende de las acciones integradas de los sistemas cardiovasculares, renales, neurales y endócrinos. Su regulación es flexible y responde a los requerimientos de la perfusión local de órganos. El nivel con que se regula la presión sanguínea cambia a lo largo del desarrollo natural de la vida.
La hipertensión es un trastorno de los mecanismos de regulación de la presión sanguínea en el cuerpo. Ésta se deriva de la hipertrofia de las arteriolas y la disfunción de la pared arterial (endotelio). La hipertensión sin tratamiento es una condición que se autoacelera. Por esta razón, los daños que sufre el sistema cardiovascular facilitan el incremento posterior de la presión sanguínea.
Se postula que el origen de la hipertensión es un desajuste entre nuestros genes antiguos y el medio ambiente moderno. El hecho indiscutible de que los genes contribuyen a la hipertensión en seres humanos implica un papel de adaptación para esos genes. El estilo de vida moderno, con un consumo de calorías por arriba de las necesidades y un exceso en el consumo de sodio (sal de mesa), resulta un aumento en la grasa corporal. El aumento de peso asociado con poca actividad física es un factor ligado al desarrollo de la hipertensión.
Una modificación en la dieta que mantenga mayor consumo de potasio, gracias a la alimentación con frutas y vegetales, puede ser favorable en el manejo de la hipertensión. Las dietas ricas en frutas y vegetales son bajas en calorías y tienen un alto contenido de potasio. La sustitución de unos alimentos por otros facilita el control alimenticio que la mayoría de las personas con hipertensión debe llevar.
La recomendación actual, para el tratamiento de personas con alteraciones tempranas en su presión arterial ofrece tratamiento farmacológico si la terapia de cambios en el estilo de vida no reduce los niveles de presión sanguínea por debajo de 130/80 mm Hg. Esto se aplicaría sobre todo en personas que presentan una presión alta dentro de los límites normales, acompañada de otras condiciones de salud, como lo sería la diabetes o enfermedades crónicas del riñón. Para el tratamiento de presión alta dentro de los límites normales se recomienda hasta el momento, cambios en el estilo de vida junto con dieta baja en grasa y sal. La prehipertensión es definida, en muchos estudios, como un presión sistólica de 130 a 139 mm Hg y una de menor o igual de presión diastólica de 89 mm Hg.
Los estudios clínicos han demostrado que el tratamiento farmacológico antihipertensivo disminuye el riego de episodios cardiovasculares. De las muchas sugerencias que se han hecho, la que ha tenido mayor aceptación en muchos países es que las personas de alto riesgo deben tratarse más agresivamente y extensamente que los de bajo riesgo. El tratamiento debe ser personalizado, con un diagnóstico correcto y el tratamiento indicado.
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