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Viernes, 26 de junio de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

La rebelión de los colgados

 
ISRAEL LEÓN O’FARRILL

Hay temas fáciles de tratar y otros que de tan bizarros y sinceramente sórdidos, son difíciles por las implicaciones que tienen. Tal es el caso del tráfico de personas, sea para su explotación en trabajos generalmente denigrantes o simplemente para extraerles órganos que en el mercado negro pueden valer varios miles de dólares. Más allá de las guerras, la diáspora ha sido el signo que pudiera representar el siglo pasado, e indudablemente el que comienza, y claro está, como cualquier actividad del ser humano, se ve determinada por la posibilidad de encontrarle la vuelta a las leyes. Derivado de la agreste situación económica que envuelve al globo, numerosos contingentes de personas se encuentran a merced de grupos de facinerosos que aprovechan la necesidad para medrar, sin importarle gran cosa a gobiernos de cualquier denominación o partido.

En alguna ocasión, alguien me comentó que en la zona cafetalera de Puebla se contrataban contingentes completos de familias guatemaltecas para la recolección del grano, y que les pagaban 25 pesos el kilo. No cuesta mucho trabajo imaginar que mientras más integrantes de una familia participan, más recursos ganan, de manera que hasta los niños le entran al quite y ni pisan la escuela. Cualquiera que haya leído a Bruno Traven podrá percatarse de la similitud con lo que narró en La rebelión de los colgados, novela que relata la explotación de la que fueron objeto los indígenas chamulas y muchos otras etnias en los aserraderos de maderas preciosas en Chiapas y Tabasco previo a la Revolución Mexicana. El procedimiento era que un “enganchador” los contrataba por medio de engaños o aprovechandola, al parecer perenne pobreza de estos indígenas; el engañado después de haber tranzado con estos individuos, generalmente quedaba condenado a servir por el resto de sus días hasta pagar la deuda; a la vez, sus hijos heredaban la deuda que se volvía eterna. Por si fuera poco, al igual que en otras haciendas contemporáneas –las henequeneras en Yucatán, o las cañeras en Morelos– las tiendas de raya eran excelentes para perpetuar aún más la deuda. Por tanto, los hacendados se volvían dueños de vidas y obras en esos lugares olvidados por gobiernos e iglesias. La novela recibe el nombre del castigo que aplicaban los simpáticos malandrines dueños del aserradero a todo aquel que se rebelara o que no cumpliera con la cuota establecida para el día: primero los maceraban a golpes y después los colgaban en la selva circundante para que fueran picoteados y mordidos por  todos los bichos imaginables. Después de unas horas, tenían permiso de bajarlos sus compañeros, y al otro día tenían que cumplir igual con la cuota. Tal barbarie era bien vista por la sociedad del momento, pues se justificaba con la cómoda idea de que estos “indios” no entienden de otra manera, “además de que son flojos, son taimados; de ellos no se puede sacar nada bueno, hay que arrearlos hasta que trabajen como dios manda”.

Hoy quizá no veamos a cientos de trabajadores colgados de los pulgares en los árboles por su falta de productividad; sin embargo, gracias a la sofisticación de la modernidad, miles de personas caen presa de todo tipo de abusos, como el hecho de que a empleadas de las maquiladoras del norte les pidan mostrar la toalla femenina usada para recontratarlas –evitando así pagar gastos por embarazo–, o la historia truculenta de los muchachos con capacidades diferentes que eran explotados en Nueva York haciendo llaveritos. Podríamos abundar en el particular y crea el amable lector que todo lo que se imagine será poco comparado con la realidad. Lo terrible es que estamos viviendo una nueva etapa de la humanidad en que la indolencia, la cosificación de las personas y la corrupción alcanzan niveles preocupantes. Si aparece en la televisión, con todas los reduccionismos estúpidos a los que llegan, es que existe; pero si no, caemos en el terreno de las contradicciones muy conveniente para el sistema en general.

Al final, Traven se deleitó de manera un tanto macabra retratando con lujo de detalle la venganza de los trabajadores una vez que se rebelaron. No sólo cuelgan los dueños del aserradero, sino que destruyen todo a su paso. Es quizá la justa retribución a cientos de años de abuso. Lo hemos visto en los cada vez más constantes linchamientos que realizan los habitantes de pueblos, juntas auxiliares o colonias, hartos de los abusos de criminales y autoridades; lo vemos en la descomposición social o en la lógica pérdida de sentido en la vida y sus mieles, que llevan a más y más jóvenes a lanzarse a actividades autodestructivas o ya de plano al suicidio. El ser humano ya no sólo es una mercancía más de manera metafórica en la televisión y la publicidad; ahora es literalmente un producto al que se le pueden obtener –y lo hacen– jugosas ganancias, pues en esencia, poco es lo que hay que invertir en su explotación.

Lejos estamos de un estallido social en toda forma como se dio hace ya casi 100 años, pero mal haríamos en no comprender los signos de los tiempos en que vivimos, sobre todo que algunos de esos simpáticos hacendados están de vuelta. Así es que dejemos de provocar a los “colgados”, el pueblo aguanta, pero no por siempre...

 
 
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