El tiempo pasa, las sociedades cambian, cada generación, grupo, nación vive procesos constructivos o destructivos particulares, mismos que las marcan; cada generación le teme a cosas distintas; por ejemplo, quienes nacimos durante la guerra fría y presenciamos la caída del socialismo (con las imágenes que se repetían en los noticieros: alemanes abrazados, gente de todas las razas tomándose fotos frente a los escombros, mientras otros guardaban un pedazo de muro como souvenir) dejamos de tenerle miedo a la tercera guerra mundial.
En cambio, crecimos con los enemigos bien identificados: el calentamiento global, la contaminación, el cáncer, el sida, el terrorismo y, sí, el desvanecimiento de las utopías.
Toda identidad es un proceso, una realidad transitoria, discursiva, relativa, construida por múltiples experiencias y lenguajes. Cultura e identidad son, pues, términos mellizos, los artistas, con sus narrativas, nos hablan de eso que viven, de eso a lo que le temen.
Ahí en la diversidad de sus discursos, cuadros, libros, partituras, es donde podemos aproximarnos al conocimiento–reconocimiento del mundo.
A pesar de que muchas de las narrativas actuales se difunden y validan por el mass media tendiente a homogeneizar el discurso (como si las experiencias que construyen el proceso de identidad fueran únicas), es reconfortante encontrarse con aquellos artistas que ejercen como dínamo su carácter crítico para mostrar y transformar su realidad, los que se aprovechan de la condición inquietante de su trabajo para permitir la ruptura, la revolución, el nuevo orden de las cosas. Porque a pesar de la belleza y del impacto emocional que produce el arte, esto por sí solo no es suficiente.