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Jueves, 11 de junio de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

El Fondo

 
ISRAEL LEÓN O’FARRILL

El Fondo de Cultura Económica anunció nuevas estrategias para incrementar su cobertura y ventas este año. Resultaría poca cosa si no se tratara del Fondo, que de manera afortunada ha resistido los embates de un mundo cada vez más asquerosamente mercantil y absurdamente poco lector. Se habla de que las nuevas generaciones son visuales y auditivas, y que la suerte de los libros está echada de antemano; se habla también de que los libros se vuelven cada vez más objetos suntuarios, de lujo, destinados para unos cuantos que podrán hacerse de ellos. De por sí siempre se ha pensado en la cultura, el arte, la literatura, como elementos de consumo para bohemios y yuppies snobs que –se dice–, son los únicos que pueden comprender las mariguanadas que inventan dichos artistas. Lo cierto es que resulta cómodo para gobiernos perniciosos y ciudadanos huevones pensar lo anterior, es un pretexto perfecto para no propiciar la lectura o simplemente para no leer.

Pese a ser un organismo descentralizado, el Fondo cuenta con dinero gubernamentale en su haber, y se manifiesta como un ejemplo claro de que no necesariamente una empresa pública está destinada a ser nido de ratas y olla de grillos, además de ser ejemplo de que la privatización no es la panacea que se nos ha pretendido hacer creer. Independientemente de quien haya dirigido la editorial, o del gobierno en turno, el Fondo ha sobrevivido por más de 70 años y es una referencia obligada en la edición de habla hispana. Si por el clan Fox–Sahagún fuera se hubieran eliminado los libros –está claro que ellos no los consumían– y esos recursos se hubieran destinado para hacer bribiescos negocios.

La industria editorial no es otra cosa que eso: una industria. Más allá de entrar en asuntos de finanzas y economía, de lo que particularmente no entiendo ni pizca, es lógico que también los libros han de depender de los vaivenes del mercado. Y a partir de las fusiones o agandalles, como quiera verlo el amable lector, muchos sellos editoriales han desaparecido para formar parte de consorcios editoriales inmensos. Tales son los casos del Grupo Planeta que se devoró a la interesante Seix Barral, y a muchas otras como Espasa y Minotauro, y Joaquín Mortiz aquí en México, con lo que aumentó su creciente consorcio. Entiendo que existe cierta independencia por parte de los diferentes sellos, pero a final de cuentas, dependen de los convenios de distribución que tenga la dueña de todas ellas. Algo muy similar sucede con el Grupo Santillana, que maneja a las prestigiadas Alfaguara, Taurus, Santillana, Aguilar, y Punto de Lectura. De tal suerte, que sólo dos grupos editoriales cuentan con una buena cantidad de las ediciones dedicadas a la literatura y otros temas de habla hispana. A veces resulta difícil creer que el negocio no sea lo más importante para estas empresas, y la difusión de la palabra escrita y el gustoso vicio de la lectura pasan a segundo término. Lo mismo sucede con los premios literarios que se han visto envueltos en numerosas ocasiones en oscuras y sospechosas circunstancias. Para muestra baste ver el escándalo de Camilo José Cela ganador del premio Planeta en 1994 con la novela La Cruz de San Andrés, que fue querellado por la escritora María del Carmen Formoso acusando al autor y a la editorial de plagio. El caso ha sido reabierto recientemente por una juez catalana considerando que hay elementos suficientes que determinan el plagio. Cabe resaltar que Camilo José Cela recibió el premio Nobel de Literatura en 1989, por lo que, al tratarse de un prestigiado autor, se duda de la querellante. Lo cierto es que, independientemente del delito, la autora se enfrenta a un consorcio inmenso haciendo que aquello de David y Goliat se encarne en esta historia truculenta.

No obstante lo anterior, el hecho de que existan grupos tan grandes implica que alguien ve en la palabra escrita un negocio fenomenal, claro, en países como España donde en verdad se lee.  

El Fondo ha tenido que vérselas con estos monstruos editoriales y sigue presente ofreciendo colecciones variadas principalmente de literatura e historia. De hecho, una buena cantidad de textos con los que he trabajado en pesquisas recientes han sido editados por ellos, siempre con un compromiso directo con el trabajo serio y la divulgación. Si nos echamos una inmersión en la página virtual del Fondo, podemos encontrar los requisitos para publicar con esta casa editorial, y hay una advertencia muy clara: “El Fondo no publica manuales o instructivos, tampoco libros de autoayuda, de superación personal, de deportes, naturismo, crianza de los hijos, espiritualidad, recetarios de cocina, ni guías de viaje o turísticas”. Lo siento por los Carlos Trejo, los Jordi Rosado (de la Colina) y Gaby Vargas. Después de todo, hay numerosas editoriales pozoleras que para sobrevivir o simplemente para echarse unos centavos a la bolsa, no tienen el rigor suficiente y aceptan de buen grado el éxito que les proporcionan farsantes como los mencionados. Sin embargo, a la larga, ellos serán los que pierdan más.

 
 
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