Continúa y crece el debate sobre
el dilema de votar o no
votar; votar o anular el voto.
Crece rápidamente, tanto en el número como en la pasión de partidarios y opositores, lo que ya es algo en esta época de apabullante mediocridad política y conformismo ciudadano. ¿Tendrán algo que ver la caída del muro de Berlín, del socialismo real, de las ideologías, en la pérdida de rumbo, de definiciones claras, en el auge de ese neo–gatopardismo que, por lo menos en nuestro país, ha hecho que todos los partidos y candidatos se estén igualando, asemejando, cada vez más? Asemejándose entre sí, pero pareciéndose todos, y cada día más, a aquello que ya no queremos los ciudadanos.
Pero ahora tal parece que algo los ha unido para formar así una amalgama aún más extraña: la campaña en favor del voto nulo.
Los dirigentes de todos los partidos, políticos de todos los pelajes, los funcionarios del IFE, la Iglesia, todos están unidos en favor del voto. Aunque los argumentos que esgrimen no son muchos. Y tampoco muy inteligentes. Aún aquellos que hasta hace unos días se acusaban, se señalaban mutuamente de ser compradores de votos, aún aquellos que intercambiaban denuncias (que en ocasiones inclusive iban acompañadas de pruebas) de practicar la entrega de beneficios o regalos con cargo al erario para obtener votos a favor de su partido, hoy han olvidado sus diferencias para pedir respeto al voto; ahora exclaman “vota por el que sea, pero vota”. Aunque ya no votes por mí.
Pero, ¿qué rayos es el voto? Según el Cofipe votar es un derecho y una obligación de los ciudadanos, quedando (ojo) “prohibidos los actos que generen presión o coacción a los electores”. Están por igual prohibidos aquellos actos que pretendan obligarlo a votar por un candidato en particular como aquellos que pretendan obligarlo o coaccionarlo a emitir su voto en favor de cualquiera de los partidos o candidatos. Está prohibida, ojo, cualquier tipo de coacción.
Tal parece que ante la falta de definición clara de lo que es un voto y que es lo que obtiene o debe obtener el ciudadano al utilizarlo en favor de un partido o un candidato determinados, este se ha convertido en una mercancía sin valor, porque pierda o gane su candidato o partido, no existe para el ciudadano forma de obligar a estos a cumplir sus promesas de campaña o su ideario o su plataforma política. Muerto –o emitido– el voto, se acabó la rabia. No hay vuelta, ni venganza, hasta la próxima elección, y vuelta a lo mismo.
Bueno, por lo menos aquí, porque me dicen que en algunas dictaduras odiosas como la del tal Hugo Chávez sí existe el referéndum y el plebiscito, y hasta vigilados por la OEA, la ONU, etcétera.
¿Pero qué estoy diciendo? ¿Cómo me atrevo? En Puebla sí puede hacerse un referéndum para poner a prueba una ley; y que sea el pueblo soberano quien decida mediante su voto, ese que ahora está tan de moda, si es de aceptarse o rechazarse. Y hacer esto es de lo más fácil: según el artículo 68 de la constitución local solamente se requiere que lo solicite el 15 por ciento de los ciudadanos poblanos, debidamente identificados, e inscritos en el IFE. ¿Si los ciudadanos poblanos somos el 50 por ciento de todos los habitantes, y estos son como 5 millones 200 mil, entonces resulta que somos algo así como 2 millones 200 mil ciudadanos con derecho a voto, y así, para obtener el quince por ciento de estos, significa obtener nada más 390 mil firmas y sus respectivas copias de la credencial de elector para que se inicie un referéndum derogatorio, ¿Fácil, no? Y como el término para hacer esto es de treinta días naturales después de su publicación, entonces nada más hay que conseguir 13 mil firmas e identificaciones al día.
Y después de logrado esto, y en caso de aprobarlo el Instituto Electoral del Estado, deberá votar cuando menos el 40por ciento de los ciudadanos inscritos en el padrón, y que “de estos más del cincuenta por ciento emita su voto en contra”.
¿Qué le parece, amigo lector, no se le antoja que se les exija exactamente lo mismo para que cualquier elección sea declarada válida? ¿O acaso hay dos varas y dos medidas?
Menos mal que no vivimos en una odiosa dictadura como la venezolana. Ah, pero... como siempre hay, un pero. Solamente se puede lograr lo anterior para derogar algunas leyes, porque también se establece que “las leyes trascendentales... con excepción de las reformas o adiciones a esta Constitución,.. las fiscales, etcétera... no están sujetas a lo anterior”. Tan, tan.
Es decir, suponiendo que el 50 por ciento de los ciudadanos solicitara que se derogue ese engendro mojigato llamado “Ley de la Familia”; y aunque el 60 por ciento de los ciudadanos votara por su derogación, esta resultaría imposible porque se trata de modificaciones a la Constitución.
Estamos enterados también de que la soberanía radica en el pueblo y que el “instrumento único de expresión de la voluntad popular es el voto universal, libre, secreto e intransferible”. (artículo 3 de la constitución del estado). Pero que este solamente nos sirve para comprar en la tienda de raya de los partidos registrados. Y tal parece que algunos, o muchos, ya no quieren comprar nada.
Tal vez por eso sea tan importante para algunos que éste (el voto) sea utilizado o emitido en favor de alguien, sea quien sea, y no se piense en la anárquica, nihilista, inútil, perniciosa, disoluta, odiosa, anulación del voto.
Porque siguiendo con la línea del clientelismo, esto resulta casi, casi como en aquellas tiendas de raya del porfiriato: a ti ciudadano te doy un valecito que se llama voto pero que solamente puedes usar en mi tiendita para adquirir cualquiera de los seis productos que tengo en exhibición. No puedes usarlo en ninguna otra tienda, canjearlo, destruirlo, o negarte a utilizarlo, ad ovum tienes que comprar algo de lo que yo vendo, aunque ninguno de los seis te guste ni te sirva. Que si uno te huele a incienso, el otro a corrupción, otro más a populismo y los demás a revoltura de los anteriores, y ninguno de ellos te agrada, pues aquí se te aplica la muy conocida ley de Herodes, y me compras a fuerza.
Y ahora, hasta la iglesia católica nos advierte de los peligros de la anulación, mediante el semanario “desde la fe”, asegurando que en caso de insistir en hacerlo así corremos el grave riesgo de que nos gobiernen “los otros”.
Esperaremos el próximo número para saber quienes son “los otros”, quienes representan la otredad, ¿serán acaso estos “otros”, otros otros que ya no serán los mismos otros de antes? Ojalá. Eso es lo que desean varios millones de votantes.
¿O acaso, y dada la homofobia rampante que parece aquejar a cierto sector de la sociedad, esos “otros” tan temidos son de aquellos, es decir son de “los otros”, como se les solía llamar en los tiempos de mi juventud a quienes parecían tener preferencias sexuales diferentes a las de la mayoría? ¿Entonces, por fin, quienes son esos, los “otros” tan temidos?
Porque el clientelismo partidista, de los otros o de los mismos, no lo inventaron los ciudadanos sino los partidos, Y aunque hay quienes ya sugerían que México había pasado del “clientelismo autoritario” al “clientelismo democrático” después de la fallida transición del 2000, hay algunos otros, sociólogos y politólogos, que piensan que ese clientelismo sigue vivo y actuante, a pesar de sus pobres resultados electorales. (Ver: El voto es nuestro. Cómo los ciudadanos mexicanos perciben el clientelismo electoral.) Para entender mejor lo que está sucediendo actualmente y el por qué del pánico de nuestra clase política, conviene ilustrarse en este interesante estudio escrito hace ya cinco años por Adreas Schedler, del Centro de Investigación y Docencia Económica.
Hay quienes consideran que los ciudadanos todavía seguimos siendo clientes de un sistema político que no ha cambiado. Pero su mercancía, sus espejitos, camisetas, gorras, sacos de cemento, promesas, todo aquello que nos quieren vender solamente adquiere valor real a través de la legitimación del voto. Si pocos compran ya sus ofertas o supuestos regalos, sus promesas de cambio, si los millones de espots carentes de contenido no llevan compradores a las urnas, sus ofertas pierden todo su valor, como si se tratara de vender televisores en blanco y negro o teléfonos de disco; tal vez por eso les ha producido pánico la popular campaña en pro de la anulación del voto. Porque tendrían que adquirir mercancía nueva, y ni siquiera saben donde.
Votar o no votar: votar o anular el voto, e ahí el dilema.