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Martes, 9 de junio de 2009
La Jornada de Oriente Puebla SUPLEMENTO
 
 
PERFIL
JULIO GLOCKNER A SUS 100 AÑOS
 
 Julio Glockner Lozada fue y es una figura indispensable para la historia de la ciudad de Puebla y de la universidad mexicana. Este mes cumpliría 100 años de haber nacido. Quermos hacer no un bosquejo biográfico, sino un racimo de recuerdos para este hombre entrañable. La recopilación de anécdotas y sucesos en la vida del doctor Glockner que ahora presentamos fue posible gracias a las aportaciones desinteresadas de sus amigos y conocidos Antonio Cruz López, Édgar Bello, Alfonso Yáñez, Enrique Montero, Alejandro Soto, Alfredo Figueroa Ayala, Manuel Cano, de su hijo Julio Glockner Rossainz –que asimismo nos proporcionó el material fotográfico–, y al trabajo de Alonso Fragua y Horacio Reiba.

Aproximación a un anecdotario

En la imagen, durante la toma de protesta como rector de la Universidad Autónoma de Puebla de Julio Glockner en mayo de 1961 / Foto Archivo familiar Glockner


En la gráfica, el doctor Glockner en una reunión con estudiantes de la máxima casa de estudios en el Paraninfo del Carolino, en donde obligaron al Consejo Universitario a nombrarlo rector / Foto Archivo familiar Glockner


El doctor Glockner tomando la palabra en un acto sindical / Foto Archivo familiar Glockner

 

Consejo paterno. Así como Julio recibió de su madre, doña Clara Lozada, tantas lecciones de amor a la vida como días y horas tiene el año, de su padre es bien poco lo que al paso del tiempo recordaba. Pero hubo una frase que no olvidó: No dejes nunca de leer y pensar, solía decirle. 

 

Línea recta. El académico Julio Glockner ya era temible cuando cursaba la primaria en las inciertas condiciones de la Revolución Mexicana. Cierto día, en clase de geometría, el maestro le pidió que definiera la línea recta. Es aquélla que se prolonga indefinidamente sin cambiar nunca de dirección, respondió con suficiencia el rubio mocetón que era entonces Julio. Represéntela en el pizarrón, ordenó el mentor. Y allá va resueltamente el muchacho, y ya está trazando una recta que empezó por un extremo del pizarrón para llegar con excelente pulso hasta el otro, invadir la pared inmediata sin apartar el gis de la superficie, pasar por la puerta –que quedó igualmente marcada– y continuar con los muros exteriores del aula hasta perderse de vista por el corredor...

El chistecito le costó una reprobación instantánea, pues el maestro no quiso saber más de aquel provocador que le dejó la clase sacudiéndose a carcajadas y por tanto lo ridiculizó vergonzosamente, pues cosas así eran absolutamente inusuales en las silenciosos salones de una época donde, todavía, la letra y la geometría con sangre entraban, y quien rompía el orden y la compostura cuasi conventuales se las tenía que ver con la inquisición interna de las escuelas. Se dice, sin embargo, que cuando el tal Glockner volvió a presentarse para cursar de nuevo la asignatura, el profesor –no sabemos si el mismo u otro– no tuvo más remedio que aprobarlo con nota sobresaliente.

 

Pionero en educación sexual. El tema sexual, que todavía es terreno minado dentro de los programas escolares de este país, en los años 50 y 60 no le ofrecía mayor problema al titular de la clase de biología en la prepa de la universidad y algunas otras como la del Cenhch. Y para los alumnos era un momento largamente esperado aquél en que el doctor Glockner, al llegar a esa parte del programa de la materia, tenía que hablarles de la reproducción y sus riesgos, que no son pocos. Como tan singular académico tuvo siempre muy claro que la enseñanza debe aportar conocimientos prácticos al estudiante, y el asunto bien lo ameritaba, sus explicaciones de experto se apartaban un tanto de la mojigatería de la época. Sin embargo, por respeto elemental a las damas, solía dividir la clase en dos, y exponer por separado el tema a alumnas y alumnos. Sin morbo pero sin tapujos. Y en un lenguaje que todo mundo entendiera.

 

Consultorio “casi” sentimental. El consultorio del doctor Julio Glockner estuvo muchos años ubicado en una vieja casa de departamentos del Centro Histórico, sobre la 4 Oriente, entre 4 y 6 Sur. Nuestros informantes no coinciden en si el letrero que lo anunciaba hacía alusión o no a que don Julio se especializara en el tratamiento de enfermedades venéreas. Pero el caso es que allí acudían estudiantes “premiados” en algún antro, agentes viajeros habituados a aliviar la soledad en tierra extraña y hasta padres de familia en apuros. Todos ellos –y desde luego también las guajolotas, como llamaba Glockner cariñosamente a las “mujeres de la calle”– eran imparcialmente examinados, tratados y aliviados por la generosidad de aquel médico que casi nunca les cobraba, y en los peores tiempos de la lucha entre carolinos y fúas era motejado por sus enemigos políticos de “espantacigüeñas”.

 

El Tacos. Le decíamos así en la facultad de medicina –refiere el doctor Antonio Cruz López– porque su papá vendía tacos y él a veces lo ayudaba, y si el señor se descuidaba, hasta nos fiaba (para siempre) la mercancía. Eran años en que la iniciación sexual resultaba difícil para todos, y era casi obligada la visita a las chicas de la vida, verdaderas maestras de varias generaciones. Un día, “El Tacos”, que me sabía amigo de Glockner, viene y me dice que lo habían dejado prendido –es decir, infectado de salva sea la parte–. Fuimos al consultorio del doctor, y enterado del caso le pide a “El Tacos” que se suba a un banquito y se baje los pantalones. Al ver la parte dañada me impresioné, pero también noté que el doctor no mostraba ninguna extrañeza. Pausadamente, como él hablaba, le indicó: a ver, exprímete eso. Ríos de pus le escurrieron bárbaramente, mientras don Julio organizaba en una charola médica su instrumental, produciendo al hacerlo un ruido considerable que le añadió suspenso a la situación. No, si estás bien amolado, le dijo; ¿desde cuándo notaste que tenías este problema? No me acuerdo qué le respondió “El Tacos”, pero estaba muy consternado y nervioso. Pues ni modo, te lo voy a tener que cortar. ¡Cómo doctor, no puede ser! ¡Yo vine a que me aliviara de mi infección! Pues sí, mano, te comprendo, pero ya la cosa no tiene remedio. Así es que prepárate. “El Tacos” se bajó de un brinco del banquito al tiempo que se subía y fajaba bien fuerte el pantalón. No seas coyón y pórtate como hombrecito, que nadie se ha muerto de eso y, además, te voy a dejar un hoyito para que puedas orinar sin problemas. Mientras “El Tacos temblaba”, el doctor seguía haciendo ruido con su instrumental. A muchas suplicas de mi amigo, pareció al fin aflojarse. Está bien. Voy a inyectarte. Pero si para mañana no has mejorado te lo voy a tener que cortar. Pálido como nunca, a pesar de que era moreno, el paciente volvió a descubrirse y soportó el piquete de 800,000 unidades de penicilina con los dientes apretados y sudando copiosamente. El doctor le dio un calmante y lo citó para el siguiente día.

Por la mañana, en la facultad, en cuanto tuve ocasión le pregunté discretamente cómo había amanecido de su infección. Bastante bien, respondió, aunque no muy convencido. Qué bueno, le dije, porque a lo mejor te salvas. Naturalmente nunca volvió a pararse por el consultorio de Glockner, y creo que durante muchos días ni siquiera se le ocurrió pasar por la 4 Oriente.

 

El “Zapaterito” Flores. Montero Ponce, reportero de la Cadena García Valseca, era por ese simple hecho enemigo natural de los comunistas de la UAP y no podía ver a Glockner ni en pintura. Pero cuando el “Zapatero” Flores, un muchacho boxeador que él ayudaba, cayó también en las garras de la gonorrea, no dudó en recomendarle que fuera a consultar al médico más versado y famoso en la materia. Aunque no sabemos si pasó por algún trance similar al de “El Tacos”, asegura Enrique que don Julio trató y sanó al joven púgil con su pericia acostumbrada. Y gratis, además. Pero no le evitó la consabida sesión de sorna: cuando el boxeador se acostó en el camastro de exploración, con la lesión expuesta y delante del periodista, Glockner le agarró el pene y se lo apretó con fuerza, al tiempo que le preguntaba “¿era güera o era prieta la que te hizo esto?”; con grandes gritos y lágrimas en los ojos el “Zapatero” le respondió “¡era prieta, era prieta!”, a lo que el doctor le respondió “¿no chillabas así en ese momento?”, “¡no doctorcito, le juro que no, pero ya suéltemelo!”

 

Músico en apuros. Los Soto Rojas fueron otra de las familias que han dejado huella en la sociedad poblana por su carácter libre y poco ortodoxo, impropio, en principio, de una ciudad con fama de conservadora. Gente dotada de talentos muy diversos, los Soto vieron cómo Jorge, uno de los mayores, estudiaba y se recibía de músico, luego de haber llevado sus inquietudes juveniles lo mismo a los cuadriláteros de boxeo que a los foros teatrales o la arena taurina. Pero la actividad musical no se distinguía, ni entonces ni ahora, por ser precisamente muy redituable, y en cierta ocasión Julio Glockner recibió la inesperada visita de su amigo Jorge, quien quejándose de su situación económica, le pidió de favor que le comprara el contenido de un voluminoso envoltorio que depositó con gran estrépito sobre la mesa del consultorio. Eran dos pares de guantes de boxeo, que Julio examinó sin gran interés, indicándole que esa tarde no habían caído pacientes, y por tanto estaba imposibilitado de ayudarle. Vamos a hacer una cosa, lo retó Jorge Soto, nos ponemos los guantes, y si te gano, me los compras. Ten en cuenta que con éstos me eché una vez a Juanito Yadeum, que andaba de hablador. Al doctor el reto le arrancó más bien una sonrisa: no iba a cruzar guantadas en pleno consultorio mientras los pacientes aguardaban en la salita de espera. Así que, entendiendo la urgencia de su amigo, que seguía agregando a las anteriores nuevas razones, que iban inflando el valor sentimental de las acolchonadas prendas, Glockner se dejó convencer. Y le dio un adelanto por los famosos guantes, pidiéndole que pasara después por el resto del dinero que no tenía.         

El baño de Colón. Manuel Labastida Muñoz era un rector sumamente católico, y a finales de los años cincuenta, en la facultad de medicina,  había un núcleo de médicos declaradamente izquierdistas que, por otro lado, eran muy populares y queridos por la tropa estudiantil –pese a su fama de severos en clase y durante los exámenes–. Formaban parte del grupo, entre otros, Ignacio Hermoso, Salvador Rosales, Gil Barbosa... y, desde luego, Julio Glockner Lozada. Pero en la facultad, todos estaban seguros que éste fue el responsable de la idea que le costó una buena empapada al rector. Resulta que a Labastida Muñoz se le ocurrió  presentarse a un acto en la Facultad de Medicina –en lo que se conocía entonces como Hospital General, sobre la 27 Poniente, frente al actual Hospital Universitario– vestido nada menos que de Caballero de Colón, con capa de vueltas rojas, espada al cinto y un sombrero con una pluma muy ostentosa. Parecía salido del carnaval. Pero claro, era el rector y nadie le dijo nada. Glockner tampoco porque encontró un remedio mejor. Desde el principio, nadie puso en duda que la idea fue toda suya. La idea de calcular el momento exacto en que el ostentoso funcionario pasaría bajo un barandal del primer piso, donde había ya cinco o seis chavos con sendas cubetas llenas de agua, listos para, todos a un tiempo, soltársela encima al caballero aquél y desaparecer en el acto. El rector Labastida tuvo que tragarse su coraje y escapar a tropezones de la asonada, más empapado que si lo hubieran lanzado a la fosa olímpica.

 

Hipnotizado. Descreído como era, Glockner no iba a transigir fácilmente con la exhibición de hipnosis que unos simples alumnos de primer año llevaron a cabo en un auditorio de El Portalillo –en realidad, era una especie de incómodo salón de clases, largo, alto y frío– allá por los finales de los años 50. Pero la anécdota merece un breve prólogo: resulta que un estudiante llamado Horacio invitó a su casa, en medio de mucho misterio, al más cercano de sus amigos de la clase, el futuro doctor Antonio Cruz López. Una casa del centro, en el segundo piso de un negocio de joyería, donde lo primero que hizo fue presentarlo a su papá. El señor, además de joyero, había sido hipnotizador de circo, y estaba seguro de que sus conocimientos, bien empleados, podrían ser útiles para la medicina, tal como indicaban algunos de sus manuales. De modo que se empeñó en transmitirles a aquellos dos jóvenes sus conocimientos en la materia –teoría y práctica didácticamente unidas–, hasta conseguir, en pocos meses, que éstos lograran un aceptable dominio de la técnica. Tanto que empezaron a emplearla con bastante éxito en la sanación de enfermos de asma, y también como auxiliar de extracciones dentales, pues tiene la hipnosis la característica de permitir incisiones sin sangrado. De eso iba el tema en El Portalillo y ya terminaba, con general aceptación y asombro, la demostración de Horacio y Antonio con sus respectivos conejillos de Indias –que eran dos muchachas allegadas suyas– cuando, irguiéndose desde el fondo de la sala, Julio Glockner dejó caer con tono solemne la palabra más temida: ¡Falso! ¡Esto es una vulgar farsa! Los estudiantes no supieron, de momento, qué responder, pero Horacio fue el primero en recobrar el aplomo e invitó al ameritado maestro a pasar al estrado... y enseguida, mientras Glockner se encaminaba decidido hacia ellos, susurró al oído de Antonio: te toca a ti.

Por alguna circunstancia casual, Antonio Cruz López tuvo conocimiento de que don Julio presumía de haberse aprendido al dedillo el contenido del Calendario Azteca cuando estudiaba preparatoria, pero se quejaba de haberlo olvidado por completo con el paso de los años. Pidió al doctor que se colocara de pie en mitad de la tarima y empezó a aplicar su técnica para dormir a las personas. Con alivio, comprobó que surtía un efecto inmediato. Ahora, doctor, le voy a pedir que recuerde lo que significan los signos del Calendario Azteca, y tome este gis para explicárnoslo en el pizarrón. Cuando haya terminado va a despertar. Y sucedió tal cual: el doctor Julio Glockner, uno de los mejores catedráticos de la facultad, trazó con absoluta seguridad líneas y figuras, al tiempo que se dirigía al auditorio para ofrecer una memorable clase sobre aquel tema ajeno por completo a la medicina. Cuando terminó, al cabo de un buen rato, hizo ademán de dirigirse de nuevo al centro, pero en ese momento –según se le había ordenado– despertó. Y dándose cuenta de la situación se dirigió hacia Antonio y le lanzó con furia amistosa el gastado gis que aún tenía en la mano, al tiempo que exclamaba: ¿Me dormiste, verdad, cabrón?

 

Sabor a mí. Hasta bien entrada la década de los 60, el Día del Estudiante se festejaba con una barbacoa en terrenos del antiguo bosque de Manzanilla, hoy desaparecido por la incontrolada expansión de la ciudad. Se hizo costumbre que el alumno Luis Flores –hijo del entonces célebre magnate pulquero, con fama adicional de lenón– aportara al festejo un camión con barricas de pulque, que usualmente se obligaba a consumir a los novatos, pues no era bebida del agrado de la juventud estudiosa. Uno de tantos años en que Glockner, como algunos otros maestros, llegó a celebrar con la turba estudiantil, notó que la tarde avanzaba sin que nadie le hiciera aprecio al rico neutle, que corría el riesgo de regresar por donde había llegado casi sin merma de su contenido. Eso no podía ser. Inesperadamente, y tras exhortar a los jóvenes a entrarle sin remilgos, al mexicanísimo néctar, vimos cómo el doctor se empezaba a quitar la ropa. Y en un santiamén quedaba desnudo. Lo que siguió fue hilarante: aquel hombretón colorado, güero y corpulento chapoteaba jubiloso metido hasta la cintura en uno de los barriles. Y no paró ahí la cosa. Enseguida pidió que le empezaran a pasar vasos, y los fue llenando uno a uno con el contenido del panzudo barril dentro del cual se encontraba. Fue así como materialmente los obligó a aceptar un brindis con pulque recién curado que, por supuesto, él sería el primero en compartir. 

 

El pendejómetro. Además de sus amigos médicos, gustaba Glockner de la compañía de los jóvenes, de los que decía le ayudaban a sentirse vivo y le enseñaban maneras nuevas de ver el mundo. La mayoría de ellas y ellos cursaban medicina, pero las luchas universitarias lo fueron acercando a estudiantes de otras carreras y disciplinas. Entre éstos, uno de los más brillantes era hijo de refugiados españoles, cursaba física y se llamaba Julio García Moll. Entre los dos resolvieron la conveniencia de crear un aparato para medir la pendejez humana, cuyo diseño y hechura estarían por supuesto a cargo de García Moll, con dinero de su tocayo Glockner. Pasó el tiempo y un buen día, el talentoso físico se presentó con una caja llena de foquitos y correas que se ajustaban a las muñecas del “paciente”: así, al ponerse en marcha el dispositivo, los focos se iban encendiendo intermitentemente, y un papel graficado surgía desde el interior de una ranura. Lo probaron y funcionaba. Pues ya estuvo, dijo Glockner muy contento. En lo sucesivo, lo aplicaría en medio del obligado suspenso y regocijo a sus pacientes y amigos de más confianza, luego procedía a “interpretar” lo que decía el papelito, e invariablemente se veía en la necesidad de informarles que la infalible máquina había dictado esta sentencia fatal: el examinado padecía de un muy elevado grado de pendejez.    

 

Rector por aclamación unánime. Su interinato fue forzado por las circunstancias y no duró más que 77 días, pero la UAP no ha tenido en toda su historia un rector más popular. Quien estuvo aquel día en el Carolino no ha podido olvidarlo. Ni la expulsión, con valla, empujones y denuestos de todos los calibres, de Armando Guerra Fernández, el rector que se había opuesto a la Reforma Universitaria y ese día fue obligado a renunciar, ni la entrada de Glockner al Paraninfo en hombros de una abigarrada multitud, mayoritariamente formada por los estudiantes amedrentados por los fúas que deseaban otro tipo de universidad, más democrática, crítica y popular, como se dijo entonces. Por eso eligieron estentóreamente al maestro que mejor representaba esos ideales.

 

La celada. Al triunfo de la Reforma Universitaria de 1961, –lograda contra viento y marea– le siguieron épocas cambiantes y diversas pugnas grupales. Cuando en el otoño de 1967, la Federación Estudiantil Poblana (FEP) fue ganada por el grupo del Partido Comunista –que no veía con buenos ojos al entonces directorfundador del Instituto de Biología e Investigación Médica–, la estrella de Julio Glockner definitivamente declinó. Glockner se la jugaba con el grupo contrario, al lado del rector José Garibay Ávalos, médico como él, y, marginado de la política, continuó dedicado a sus clases, al centro biológico y, a ratos perdidos, a escribir horrores de la FEP en un pasquín llamado El Látigo, que un tapicero amigo subvencionaba, pues a Glockner nunca le sobró dinero para dedicarlo a tales actividades. Como sus adversarios dominaban el Consejo Universitario (CU), se sabía sentenciado. Ya hasta los había mandado al diablo cuando, a través de terceras personas, le lanzaron el anzuelo de una jugosa pensión de retiro. Díganles que vayan muy lejos, fue su respuesta. En la sesión de noviembre, el CU tendría ocasión de mover ficha. Y fue implacable, cómo no. Primero, un grupo de porros recibió a Glockner con abucheos y mentadas desde que se encaminaba al Paraninfo para asistir como director del Instituto de Biología a la sesión. Entre los primeros puntos del orden del día estaba su caso, consistente en la lectura de algunas de los textos de El Látigo rubricados con su firma. El doctor Roberto Pliego Pastor fue el encargado de la lectura, pero se anduvo mucho por las ramas y terminó negándose por puro “asco a comprobar cuán bajo puede caer alguien que se dice universitario y mancilla a su alma máter en estos indignos pasquines”. Llamado a leer sus propias líneas, el cuerpo del delito por el que estaba siendo juzgado, Glockner empezó por manifestar que “ese dignísimo cuerpo universitario” acababa de recibirlo a mentadas de madre. Y por ahí siguió, ironizando, devolviéndoles la oración por pasiva y ganándose poco a poco al auditorio con su inteligente y corrosivo sentido del humor. A tanto llegó la cosa que mejor le pidieron que se sentara, nadie se atrevió ya a leer el “sucio pasquín”, pero eso sí, la sentencia de expulsión, votada por mayoría, fue inapelable. Julio Glockner –nombre del actual auditorio de la Facultad de Medicina– dejó la universidad a la que con tanta pasión había servido con el mismo paso firme de siempre y la cabeza bien alta. Y con la dignidad y el humor intactos.      

 

Fotógrafo aficionado. Hombre sensible y emprendedor, el maestro Glockner le tomó gusto desde joven a la fotografía hasta convertirse en un estimable fotógrafo amateur, que, cuando alcanzó puestos directivos en la universidad, continuó adquiriendo equipo y rollos en el céntrico negocio de su amigo Alejandro Soto, el cual todavía sobrevive en su ubicación de siempre. Cuando, cercana ya la muerte, sus problemas de circulación se agravaron y tuvo que serle amputada una pierna, y como el cirujano del Sanatorio Guadalupe que lo intervino –y que había sido discípulo suyo– se negara a cobrarle un solo peso por la intervención, el doctor Glockner zanjó la situación con su estilo directo de siempre. Simplemente le reiteró su agradecimiento, y alargándole su mejor cámara se la obsequió.

 

15 uñas. Tanta era la popularidad y tan querido era Glockner que, cuando se supo de su hospitalización y gravedad, una verdadera romería de poblanos, universitarios o no, desfiló por su cuarto del sanatorio. Y nadie, naturalmente, estuvo a salvo de sus bromas, envueltas en el sarcasmo malicioso de costumbre. Alguno de ellos, de confianza, recuerda muy bien que al entrar en la habitación, Julio lo recibió con una leperada, según era habitual en él. Y al preguntar retóricamente el visitante que cómo se encontraba, le respondió secamente: Pues aquí me tienes, con 15 uñas nomás.

 

Ganarle a Franco. En sus últimas semanas de vida, hospitalizado y aquejado de agudos dolores, hacía apuestas con quien tuviera a mano sobre quién iría a morirse primero: si él o el odiado generalísimo Francisco Franco, que simultáneamente agonizaba en el mejor sanatorio de la capital española. Por fin, el 20 de noviembre de aquel 1975, entre chanzas y veras, pudo enterarse del fallecimiento del dictador. Pues ahora sí me ganó; o más bien ya le gané yo, que siquiera tengo algo bueno que celebrar aunque esté en estas tristes condiciones.

Julio Glockner Lozada murió el 20 de diciembre del mismo año. Pero a sus amigos y alumnos nos consta que sigue vivito y coleando y que las anécdotas aquí contadas son un pálido reflejo de las cientos que circulan todavía por la ciudad...

 
 

Carta a papá*

JULIO GLOCKNER R.

 

Papá:

Qué tal que han pasado ya 100 años desde que naciste, un siglo no es poca cosa y por eso hoy quisimos acordarnos de ti. Sesenta y seis años viviendo en este mundo y treinta y cuatro en otro, que sigue siendo este. Porque la vida de toda persona se divide en dos partes, una, mientras su corazón palpita y su presencia es un acto cotidiano, otra, cuando su sangre y su voz se han suspendido y su presencia repentina sólo se revela en recuerdos, sueños y conversaciones.  En esta segunda condición estás ahora, querido Julio, y estamos aquí reunidos, cumpliendo una milenaria tradición humana que congrega a la gente que se quiere, para recordarte.

Hay dos características tuyas que mucha gente tiene presentes: una es tu generosidad y la otra tu buen humor. Dos cualidades, desafortunadamente, no muy comunes. Creo que la primera tuvo que ver con que fuiste un estudiante pobre, y cuando te fue bien económicamente no dejaste de apoyar a quien se acercó a pedirte ayuda. Y el buen humor, pues es una consecuencia del bien estar y me parece que en la vida tú siempre te sentiste a tus anchas. Recuerdo aquella escena que nos contaste un par de veces, que ocurrió con tu mamá. Eras joven y estabas estudiando en la casa cuando ella salió a comprar algo para comer. Al rato regresó con muy poco, el dinero no había alcanzado para gran cosa, entonces la abuela Clara te dijo: “mira hijo, apenas y me alcanzó para la comida, pero compré un cancionero, vamos a cantar.” Ese entusiasmo y ese sentido gozoso de la vida quedaron alojados en tu personalidad.

Por otra parte, tu interés en el conocimiento fue estimulado por el abuelo Enrique. Hace años encontré entre tus papeles un obsequio un tanto extraño: en una docena de hojas tamaño oficio, escrito a máquina por él mismo, tu padre te regaló una historia del sistema métrico decimal con esta nota al pie: “Julio querido, lee y medita…” y vaya que lo hiciste, quienes heredamos tu biblioteca sabemos de la diversidad de tus intereses intelectuales, no sólo en medicina, biología y ciencias exactas, sino también en literatura, filosofía y humanidades.

El mito de que eras un comunista come–niños te lo inventó el clero y la prensa local cuando encabezaste el movimiento de reforma universitaria, que terminó por expulsar a un grupo de conservadores retardatarios que se oponían al desarrollo del conocimiento científico y propiciaban un anacrónico y ridículo elitismo en la universidad. Siempre fuiste un hombre de izquierda, pero tu pensamiento no estuvo sujeto a un adoctrinamiento ideológico y esto te acarreó también problemas con los comunistas de credencial y dogma bien peinado. En la estantería de tu biblioteca tenías, por ejemplo, el Manifiesto del Partido Comunista, en una voluminosa edición con estudios de Antonio Labriola y Wenceslao Roces, había libros de Lenin y Stalin, pero al lado estaba el Ensayo sobre las libertades, de Raymond Aron; La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper, y el Viaje a la URSS, de André Gide, y la autobiografía de Artur Koestler, donde se denunciaba el autoritarismo criminal del régimen soviético. Una biblioteca es una buena pista para rastrear los senderos intelectuales de una persona, para asomarnos a sus pensamientos y a sus actos, y lo que sacamos en conclusión de ti es que fuiste un humanista lúdico de izquierda. Y que en buena medida tu actitud frente a la vida se nutrió con Henry Miller y Ortega y Gasset, con Bertrand Russell y Unamuno, con Freud y Jung, con Papini, Huxley y Lawrence Durrell.

Tu otra gran pasión fue la música ¡Cómo hubieras disfrutado los modernos equipos de sonido! Te recordamos recostado en la sala, escuchando música clásica frente a dos enormes bocinas, y después de un rato, roncando a todo volumen. Tere siempre recordaba que la cortejabas no sólo con palabras cariñosas sino con ideas inteligentes, tenían el gusto de leer tumbados en la hierba en las afueras de la ciudad, o viajando juntos a la ciudad de México para asistir a algún concierto. 

Como es tu centenario sólo vamos a hablar bien de ti. Algo que siempre nos gustó a Clara a Fidel y a mí fue tu capacidad para disfrutar los años sesenta. Una prueba de fuego de la que no todos salían bien librados. Nos entusiasmó que te gustara la música de los Beatles, que apreciaras el teatro de Jodorowski, que comieras hongos con Napo y July, que comprendieras y respaldaras la protesta juvenil de aquellos años, no sólo la estudiantil vinculada a demandas políticas, también la contracultural del movimiento hippie. Esto sucedía porque estabas atento a la época desde un cuerpo de cincuenta y tantos años pero habitado en muchos sentidos por el espíritu de un joven. De ahí la excelente relación que siempre mantuviste con tus alumnos.     

Comprenderás que no se trata de abrumar a los invitados con un largo discurso, así que aquí le paramos. Como ahora vives en nuestro pensamiento, te queremos imaginar acompañado de tus amigos: Nacho Hermoso, el ingeniero Saldívar, el gordo Vera, Toño Sáenz de Miera, Renato Leduc, el güero Téllez, Pedro Garfias… y también, por supuesto, de Tere, Nuby, Napo, Mini, July, Ligia, la Monchis y la abuelita Rosaura, que hoy habrá guisado algo para ustedes. De modo que no nos queda más que alzar los vasos y brindar por ti y por todos ustedes.

¡Salud!

 

*Texto leído en la sobremesa del viernes pasado con familiares y amigos para conmemorar al doctor al cumplirse 100 años de su nacimiento.

 
 
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