No sólo los pobres o débiles son clientes forzados en la compra–venta de voluntades. Tan mercenarios como los otros. Su ambición, en este caso, no es por supervivencia, sino por enriquecerse cosechando privilegios.
No canjean sólo su dignidad, medran su lealtad, financiando campañas, brindando apoyos y adulando a quienes accederán a los estratos políticos del poder.
En tiempos electorales abren una relación que ha tomado tintes de necesaria, pero que es perversa y que raya en el clientelismo, en el conflicto de intereses, en tráfico de influencias, las contrataciones de obras y servicios del Estado. Compromisos poco transparentes en beneficio de intereses particulares.
Son los mismos que pagan a los ...
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